Tenemos llamada

Hasta ahora no me he visto capaz de contarte lo que me pasó aquel verano, en esa casa a varios kilómetros de Tossa de Mar, cuando intentaba escribir la novela que debía consagrarme definitivamente como escritor. Algunos desistieron, cómo no hacerlo, y otros jamás imaginaron nada raro. Solo fui olvidado, sin más, y la poca fama que había cosechado se diluyó después de haberme mantenido tantos años sin salir de esta habitación, como si fuera un fantasma. Pero tú seguiste ahí, como el buen amigo que siempre fuiste, quizá porque ya estabas antes de todo, y por eso te hice llamar, para contártelo a ti. Solamente a ti. Nadie más va a comprenderme.

Para que te hagas una idea, la casa era un cubo inmenso y perfecto en mitad de un bosque tan espeso como mi mente. Parecía un dado gigante extraviado por un titán al que el tiempo había borrado los puntos numéricos. Después de kilómetros de caminos serpenteantes de tierra, su imagen se alzaba, imponente y extraña, como símbolo de la conquista humana de la naturaleza. Nada más llegar, me sorprendió que el muro que rodeaba todo el terreno estuviera perfectamente pintado de blanco y sin ningún desconchón, ya que la dueña me había dicho que nadie había pasado por ahí desde el verano anterior, y desconocía su estado puesto que nadie se encargaba siquiera de ir a ver si la habían desvalijado. Aun así, al bajar del coche, pude percibir el fresco aroma a césped recién cortado y regado del jardín. Respiré hondo, recordé los veranos de mi infancia y juventud durante un segundo y cuando abrí los ojos reparé en que había muchas plantas, todas vivísimas, y no pude más que pensar que la dueña, a la que había visto un rato antes, me había engañado para que cualquier cosa que me encontrara superara mis expectativas. Eso o que tal vez ahí realmente había alguien, un familiar con una copia de la llave que vivía en la casa sin que ella lo supiera, yo qué sé. Tampoco me quise poner en lo peor. Abrí con cierto temor, pero, tras entrar por la puerta principal, comprobé que allí no podía haber nadie porque ni siquiera estaba conectada la luz. No había ninguna zapatilla por medio, ni cojines fuera de lugar, platos por fregar o comida en el frigorífico. Ninguno de esos rasgos que cualquiera puede percibir y que le dan a una casa la condición de habitada. Tras la primera batida superficial, pensé –iluso– que podría empezar a disfrutar del idilio conmigo mismo en mitad de la nada.

Lo primero que llamó mi atención fue que no había paredes en toda la planta baja y por lo tanto tampoco había puertas. Constaba de una sola estancia, limpia, con lo que un profano como yo llamaría arte moderno. Ni rastro de esos típicos cuadros, fabricados en serie, de los pisos de playa que todos hemos alquilado en algún momento de nuestras vidas, donde se reproducen mares ficticios con barquitos veleros surcando sus turquesas y tranquilas aguas, playas idílicas con casitas de cal lindando con la arena y acantilados donde las olas parecen romper pacíficamente. Nada de eso. Ese lugar, por un momento, me hizo sentir como si fuera un galerista famoso o un marchante sofisticado en su escondite de fin de semana, pero me crucé con mi propia imagen en un espejo repentino y me vi tan simple como siempre.

Vi que la escalera estaba situada en una esquina de la estancia, así que subí, aún sin descargar mis cosas del coche, a la primera planta. Encontré una sola habitación enorme, con una cama de dos por dos y un cuarto de baño, todo entre las mismas cuatro paredes. Lo más interesante de esa planta era que constaba exclusivamente de eso. Metros y metros cuadrados para una cama en todo el centro, un váter un poco más allá, un lavabo algo más acá, un espejo colgado por dos cuerdas que caían del techo y una bañera que parecía muy antigua y que no tenía ninguna cortinilla para evitar que el agua salpicara el suelo de madera. Ni siquiera se miraban entre sí, como en los cuartos de baño que cualquiera ha visto a lo largo de su vida. Y ya está. No sabría explicártelo, pero me pareció, tal fue la impresión que me dio aquello, que el resto de la humanidad vivía en casas donde se habían cometido errores flagrantes de construcción y disposición de las estancias, pero tampoco soy arquitecto, qué voy a decir yo de esas cosas.

Aunque para impresión, no sé si decir que desagradable, la que me produjo la pared que daba al bosque. Me lo he guardado hasta ahora, pero debes saber que fue lo primero que vi, ahora entenderás por qué. Para ser exacto, aquello no era una pared –o sí, quién soy yo para hablar de estas cosas otra vez–, sino un cristal, una ventana. Pero con ventana no me refiero a una cristalera, no. Eso era un cristal que parecía, o era, finísimo. No quise comprobarlo, así que no lo toqué en ningún momento. No tenía ninguna abertura, e iba de extremo a extremo de la habitación y desde el suelo hasta el techo. Tuve que sentarme en la inmensa cama, de cara a eso, para intentar reflexionar un poco. Supuse que sería un capricho de libertad. Vivir allí, en mitad de la nada, te permitía el lujo de estar sin ropa o ducharte sin miedo a que ningún vecino pudiera descubrir ninguno de los misterios de la desnudez y los modus operandi de máxima intimidad, y la mezcla de todo esto con el bosque que rodeaba la casa, digo yo, debió inspirar a quienes perpetraron aquella obra tan peculiar. Ya que como especie hemos perdido la capacidad de habitar la nada más absoluta y necesitamos unos mínimos, pensé entonces, aquello debía ser como una aproximación sostenida al animal primitivo que fuimos. Te prometo que, en el preciso momento en que estaba pensando eso, la espesura en la que reposaban mis ojos se agitó a la contra y con más fuerza de lo que lo venía haciendo por la brisa. Me temí lo peor, pero no salió de ahí ningún animalillo adorable. Nada. Ni siquiera un oso, si es que hubiera en esa zona. Recuerdo que me entraron escalofríos al pensar que, en mitad de una noche –esa misma, la de la primera que iba a pasar en una propiedad ajena sobre la que no controlaba la totalidad de las llaves–, podía mirar sin querer hacia el bosque y encontrarme con yo qué sé qué imagen terrorífica. No me voy a poner sobrenatural, vale: los dos ojos brillando en la absoluta oscuridad de un zorro o cualquier otro animal que habitara ese bosque y que sería igual de desagradable por inesperado.

Con la incomodidad a horcajadas sobre mi espalda, pensando que acababa de llegar y ya me estaba arrepintiendo de haberme ido allí a solas, subí el tramo de escaleras que me llevaban a la segunda planta y, cuando la vi, se me pasaron de golpe el desencanto y el enfado conmigo mismo. Sentí que ya podía deshacerme de las culpas, porque para buscar el alojamiento solo me había impuesto dos requisitos: el precio más asequible y kilómetros de soledad a la redonda. De hecho, no vi ni una sola foto de la casa, por eso me estaba llevando todo tipo de impresiones. Aunque era una auténtica maravilla, tú sabes mejor que nadie que yo soy de esas personas especiales para todo, en el sentido negativo de la expresión. Bien, en la última planta, en los mismos metros que las otras, estaba todo lo que yo necesitaba, una mesa y una silla, pero simplificarlo así sería un crimen. Aquello era como si me hubieran leído en el pensamiento mi ideal de espacio dedicado a la escritura, la lectura, la reflexión. Durante todo este tiempo he tenido en mi cabeza, no sé si porque los recuerdos se domestican cuando llegan a la parte del cerebro en donde se quedan a vivir, que era exactamente igual al famoso despacho de André Breton. Lo he visto muchas veces en fotografías y es tal cual, pero quién puede saberlo a estas alturas y en una situación desesperada como la mía. Había, también, una enorme terraza separada de aquella maravilla de sala por un ventanal con una puerta corredera de grandes dimensiones, y el elefantiásico escritorio de madera estaba colocado de tal forma que el que se sentara correctamente en él tendría ante sí la preciosa imagen de las copas de los árboles de todo el bosque que rodeaba la casa y, solo con ponerse de pie, podría ver los miles de millones de litros cúbicos del mar Mediterráneo sin gran esfuerzo. Aquí es, me dije mientras olía la sal que el viento me traía desde la Costa Brava, aquí es. Y entonces sí, bajé al coche a por mis cosas para instalarme.

De la civilización me separaba medio kilómetro de camino de tierra, y luego kilómetro y medio más de carretera hasta el pueblo. No parece mucho, pero créeme que no es nada sencillo orientarse para llegar, y eso daba aún más sensación de aislamiento. Estuve un mes allí, como bien sabes. El reloj jugaba en mi contra. Mi primera novela llevaba dos años publicada, y la editorial me presionaba para que sacara una segunda en la que metiera masones y templarios, habrase visto. En fin, me pasé toda mi estancia a razón de paquete y medio de tabaco al día. El bañador de flores, con el que no llegué a bañarme, pues no hice excursión alguna a la playa, fue mi más fiel compañero. No tenía teléfono en la casa, ni tampoco ordenador. Se me tenía que ocurrir una trama histórica y yo no la terminaba de encarar. El problema no era el sitio, como yo pensaba, la inspiración no escoge horas ni lugares. Las hojas que acababa tachando y tirando al suelo de lo que yo pensé que era mi sueño parecían ser equivalentes en número a todos los árboles de la región catalana en la que me encontraba, y yo seguía fumando y pensando que algún cactus del jardín ya podría ser peyote.

Escribía exclusivamente por la noche porque era el único momento en el que parecía que podía encadenar dos renglones seguidos y cuando el peso de la soledad se me echaba más claramente encima. Igual que me pasaba cuando escribía en mi propia casa. El único sonido que oía era el de las cigarras rugiendo afuera en el bosque, además de alguna que otra ola rompiendo al fondo, muy al fondo, una y otra vez, como si fuera una letanía. Demasiado típico hasta para las películas de miedo. Había tomado la decisión, también, de que, aunque refrescara, debía tener el ventanal abierto, porque el escritorio miraba hacia él y, si cerraba la puerta de la terraza, veía todo el despacho a mis espaldas. Me aterraba la idea de levantar la vista de los folios y ver lo mínimo –una sombra, un error por culpa del cansancio, yo qué sé– tras de mí en el reflejo, así que lo mejor era evitar las posibilidades de que se abrieran otras dimensiones o mundos paralelos terroríficos por mi propia salud mental.

Había allí una radio vieja sobre el escritorio que, sorprendentemente, funcionaba. La programación era lamentable, como suele ocurrir en verano, pero empecé a necesitar compañía más allá de mí mismo. Giraba el dial del aparato en busca de una voz grave, que pareciera hablar de forma continua, hasta que encontraba algo más o menos así. Era una medida desesperada en pos de la ansiada concentración, también. La noche que me tiene hoy aquí encerrado, en una de las veces que salí a la terraza a envenenarme con una monodosis de nicotina y a tomar el aire puro a la vez, como si contrarrestara, observé cómo se iluminaba el mar unas cuantas veces. Había una pequeña tormenta eléctrica a varios kilómetros, un espectáculo de luz impresionante que me mantuvo un tiempo absorto. Parecía como si alguien, desde el cielo, estuviera echando cables, al azar, para quien los necesitara. Como siempre en esta vida, las coordenadas de la suerte eran inexactas. No creo que nadie necesitara más que yo que le cayera un rayo encima y le encendiera la bombilla.

Me volví a sentar en el escritorio, la radio de fondo, sin sueño, con el termo de café solo al lado.

«Un único caballero sabía qué activaba el mecanismo de poleas que giraba el muro que llevaba a la cripta que guardaba el secreto que la logia andaba buscando desde su fundación secreta hace dos siglos y medio.»

Toda la bazofia que salía de mi bolígrafo negro me parecía tan lamentable, tan usado y reusado, que sentía auténticas náuseas. Había logrado vivir de lo que siempre quise, pero no como habría querido. Aunque supongo que merecía la penuria moral que estaba pasando. Recordé en ese momento aquella entrevista, después de ganar el premio amañado que tanta alegría le dio a mi madre, en la que me preguntaron qué influencias tenía a la hora de escribir. Qué imbécil fui, que dije autores que ni siquiera había leído, ni de lejos, solo para hacerme el interesante.

El caso es que yo seguía allí, escribiendo por encargo y fumando sin parar. Aquel premio me había traído hasta ese lugar, no paraba de darle vueltas. Me llamaron un mes antes del fallo y me dijeron que me querían en su editorial. Firmé donde me dijeron, me hice las fotos y fui feliz durante, al menos, un tiempo. Qué iba a saber yo. Sólo deseaba que mis amigos me tomaran en serio. Deciros, a ti y a estos, «y ahora, ¿qué? ¿Quién se ríe de mí?»

En la radio, mientras tanto, seguía hablando el señor serio, que fumaba, como yo, pero con más pausa. Se notaba perfectamente cada vez que expulsaba el humo de sus pulmones. No prestaba mucha atención al tema, era el típico programa de las madrugadas que nadie escucha, sin interés, o eso creía, pero en un momento dado, el locutor lanzó una pregunta al aire:

¿De qué murió Richard Bachman?

Eso fue lo que oí cuando cogí el hilo de sus palabras, y justo después dijo que iba a regalar un libro, firmado por el autor, al primero que llamara y diera una respuesta correcta, pero me pareció una pregunta demasiado complicada para un programa de verano a altas horas de la noche. ¿Era una redifusión? Sabía la respuesta. Pensando en que no me había llevado el móvil ni allí había teléfono, me había perdido el título y el autor del premio. Daba igual.

Seguía la tormenta eléctrica a lo lejos y me acordé de la tramontana por el cuento que escribió García Márquez –como una mujer abominable–, pero caí en la cuenta de que de los vientos que nublan los sentidos solamente saben los marineros y los lugareños, y yo no era ni una cosa ni la otra, así que no tenía claro si aquel iba a venir a arrancarme de la silla o a traerme las palabras que necesitaba.

Tenemos llamada. 

Alguien tenía una respuesta para la pregunta que había formulado el locutor. Estamos hablando, tú lo sabes, de un momento en el que no era tan fácil como ahora acceder a cualquier información. En internet no estaban todas las cosas aún, y para saber lo más específico había que tener una enciclopedia en casa, leer mucho, en fin. Pobres vendedores de enciclopedias, por cierto. Qué habrá sido de esos mercaderes del saber. Hoy eso es algo prostituido, cualquier imbécil puede hacerse el listo, si se lo propone.

Richard Bachman murió de cáncer, de cáncer de pseudónimo.

Era correcto, para mi asombro. Para mi más absoluto asombro porque, quienquiera que llamó, respondió con las palabras exactas que me dije en mi cabeza nada más acabar el locutor de formular la pregunta, tan solo unos minutos atrás. Para mi máximo asombro, sobre todo, y es el punto clave en este asunto de locos, porque la voz al otro lado de la línea era, y lo digo sin miedo ya, para que sepas de qué trata esto, la mía. Mi voz.

Era la mía.

¿Entiendes? Y aunque todo el mundo suele extrañarse de su voz cuando la escucha, yo sí que sé muy bien cómo es la mía de tanto que puso mi madre aquella infame entrevista a todas las vecinas del barrio, puesto que por entonces seguía viviendo con mis padres.

Quise apagar la radio. La habría tirado por la terraza, pero pensé –qué tonto– que no me devolverían la fianza del alquiler. Quise apagarla, repito, porque no la apagué a tiempo. Con mi dedo índice apuntando hacia el botón, el locutor le preguntó su nombre al oyente.

Y eso que parecía mi voz pronunció su nombre.

No cuelgue, mi compañero ahora le toma los datos y en unos días recibirá su premio.

Ya había escuchado suficiente. La tormenta había desaparecido del horizonte de la terraza. Bajé a la habitación, recogí todas mis cosas y me fui de allí tan rápido como terminé de subirlas al coche. Lo único que dejé en aquella casa del demonio fue lo que me había llevado hasta ella. Adiós a la novela que no quería escribir, adiós a la literatura por completo, adiós a todo: no me quedó otra alternativa.

Hace más de ocho años que llegué y no he salido para nada, eso lo sabes tú mejor que nadie. No he ido ni a los entierros. Y tú dirás lo que quieras, me contarás, con la mejor de las intenciones, cualquier teoría sobre los misterios insondables del cerebro o me intentarás convencer de que probablemente no me encontraba lúcido cuando aquello. Me parece muy bien todo lo que digas, viejo amigo, pero yo no me puedo mover de aquí, bajo ningún concepto, porque en cualquier momento me puede llegar el libro y necesito saber, de una vez por todas, cuál es.

*Este texto fue publicado en marzo de 2020 por Triskel Ediciones en Atrasis vol. 3 Cuentos de nueva fantasía. Poco después, la editorial quebró. Hoy es imposible encontrarlo en ninguna parte.

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