Y si me quedo ciego, ¿qué?

“Lo que yo soy sería insoportable si no pudiese acordarme de lo que he sido”, decía Pessoa por boca de Bernardo Soares en el Libro del desasosiego. Y yo pienso que es verdad. Creo que, de sobrevenirme una amnesia retrógrada en este mismo momento, de sólo acordarme de quién soy hoy, no me quedaría otra opción que el suicidio.

En mitad de un parque cualquiera, que bien podría ser el parque de una gran ciudad, pero que no es más que la mía de siempre, la que me vio nacer y de la que nunca salí, resuena en mi cabeza otra cita, esta vez de Vila-Matas: “(…) el sentimiento de que ha fracasado, de que su vida de adulto no ha conseguido ninguna de las promesas de su adolescencia”. Esta frase equilibra la balanza con respecto a la de Pessoa. Es cierto que fui, que hoy no soy, ¿pero acaso es eso suficiente, a raíz de las expectativas que tenía sobre mi vida? Ahora que todo es pasado y presente, que todo son imposibilidades, que lo que no conseguí ya no será, por una razón u otra, me doy cuenta de que no me queda nada, que el ahora sólo puede convertirse en antes y que el luego…, bueno, el luego sólo puede ser muerte, en cualquier caso, pues ya he rebasado la edad media de vida de los hombres de este rincón del mundo.

Sentado en un banco del mismo parque cualquiera, frente a un estanque lleno de patos, no puedo evitar acordarme de aquel relato de Borges que se llama El otro, en el que de repente se le sienta al lado un joven que resulta ser él con cincuenta años menos. En un momento dado, declina aconsejarle nada porque, al fin y al cabo, su inevitable destino sería acabar siendo él mismo. Sé que el relato presenta, e intenta explicar, el fenómeno, universalmente recurrente, del doble, que lo que de verdad interesa es el artificio en sí, más allá de la manía suya de demostrar constantemente lo mucho que había leído y lo que la vida, a grandes rasgos, le había enseñado, y reconozco que me parece bastante original y entrañable incluso, pero aún no me puedo explicar cómo se sortea esa tentación. Cómo, en caso de que eso le pasara a alguien, podría uno evitar decirle a su yo del pasado qué es lo que no debe hacer, pues ya sabe lo que le acarreó, las consecuencias nefastas que siguieron a determinadas decisiones. Cómo puede alguien no pensar, de manera recurrente, en aquello que no hizo y que debió hacer, en todo lo que se perdió por haber estado, inútilmente, a otras cosas. En definitiva, ¿cómo es posible que, si ahora se me sentara a mi lado mi joven yo, no le dijera que la vida que tiene por delante no va a ser como espera? Que se vaya preparando. ¿Es mejor que no le avise del vacío que supone que un día ya no volverá a usar las palabras papá y mamá? ¿Que no va a tener hijos ni se va a casar? ¿Que nunca va a viajar a ninguno de los lugares que sueña con visitar o, incluso, quedarse a vivir? ¿Que los años que va a emplear en terminar sus estudios le va a servir para poco, o nada? ¿Que sufrirá diversas enfermedades graves? ¿Cómo no le contó, a su yo del pasado, qué le estaba por venir, señor Borges? ¿Tan orgulloso está usted de la vida que le ha tocado? Me enfada recordar el relato aquel, que tanto me gustó en su momento, quizá porque estaba en esa edad en que todos los caminos posibles se abrían ante mis ojos. Unos ojos sanos, por cierto, como los tenía el joven Borges, al contrario que su viejo yo, pero hasta eso parece bonito en el relato. “No te preocupes –le dice–, la ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano”. Recuerdo, a raíz de esto, una noche de mi feliz juventud en la que cenaba con un amigo en un restaurante que ya no existe. En la mesa de al lado se sentó un matrimonio con su hijo, y el hombre tenía sólo una oreja, y en el lugar donde debía estar la otra había una cicatriz. Recuerdo que pensé que, si me tuvieran que cortar una oreja, me suicidaría. Era un absoluto imbécil, supongo. Aquellos fueron los años de pararse a pensar cuál era mi color favorito, o qué tipo de mujer, físicamente, me gustaba. Como si aquello fuera determinante para la vida. Eran los tiempos de preguntarse si era mejor vivir en Nueva York o en Londres. Como si aquello fuera a pasar. Cuántas veces hablé con amigos íntimos, o conmigo mismo –el relato de Borges me ha traído a la mente este recuerdo– qué pasaría si me quedara ciego después de haber nacido con este sentido en perfectas condiciones. Después de ver aquellos ojos a un palmo de mí, brillando de amor. Después de ver amanecer, y atardecer, infinitas veces. Después de asimilar tantos colores maravillosos. Después, en definitiva, de ver la vida pasando por delante de mis ojos, con todo lo malo que me ha sucedido, incluso. “Y si me quedo ciego, ¿qué?”, imagino que se pregunta mi joven yo, sentado a mi lado en este mismo banco y en este mismo momento. “Pues visto lo visto –le diría después de presentarme convenientemente–, creo que es lo mejor que te podría pasar”.

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