Cuerdas

De camino al agujero no se hablaron. ¿Qué se iban a decir? Hacía frío, como siempre, y llevaban la boca y la nariz tapadas con unos sucios trapos de tela que ellos mismos se habían hecho con ropa vieja. Era el cumpleaños de Daniel, pero eso solo lo sabía Julián. Salieron de casa en cuanto sonó la segunda sirena, y antes de la tercera ya tenían, cada uno, una pala en las manos. Durante muchas horas sacaron tierra pura a la superficie. Ellos y unos cien hombres más. Ninguno hablaba. El oxígeno era limitado afuera, así que ahí abajo no se podían permitir el lujo de decir nada porque podrían desmayarse. Tampoco tenían mucho que contarse. Una cuarta sirena señaló la hora de volver a casa. Sin duda, el mejor momento del día.

–Qué cansado estoy –dijo Julián.
Silencio.
–¿Quién crees que llegará antes, mamá o nosotros?
Silencio.

Cuando enfilaron su calle, Julián la vio a lo lejos y la saludó con la mano. No hace tanto, piensa, esa era la señal para salir corriendo, a ver quién llegaba antes a la entrada. Ya no. A Daniel dejó de resultarle atractiva la simple complicidad familiar. Se había convertido en un hijo puro de su mundo y de su tiempo: si no hay premio, no hay esfuerzo.
Julián y María se besaron en los labios levemente. Habían llegado a la vez. Antes de separar las caras, su hijo ya había entrado.
–¿Has podido conseguirlos? –le preguntó Julián, casi susurrando.
–Sí, pero no sé si es buena idea –contestó cerrando tras de sí y señalando el interior de la cesta que tenía cogida con la mano derecha–. Se va a dar cuenta de que es por su cumpleaños.
–Le diremos que se han equivocado y ya está. Esto es más por nosotros que por él. ¿Cuánto nos va a costar?
–Lo mismo que el año pasado.
–Bueno, tampoco nos vamos a morir por no comernos el huevo del domingo.

Después de la quinta sirena, María sopló su vela y miró muy seria a Julián. Lo tenía muy adentro. Cariño, le dice él, ¿hasta cuándo esto? Pero ella no contesta. La última vez que no lo hizo se levantó vomitando y estuvo enferma cuatro días. Casi se muere. Apaga la tuya, por favor, le dice. Ahora hablamos todo lo que quieras. Sin dirigirse ni una palabra más, se fueron quedando dormidos.

Julián siempre se despertaba el primero. Ya no había tiempo, en el sentido en el que él lo conoció. No existían las horas ni los días, ni por supuesto los meses ni los años. Se había acabado haciendo a esa descompensación a base de costumbre. Las guardias de noche, al principio, y despertarse con la sirena del alba, más tarde, terminaron por domesticarlo. Sentía, eso sí, que poco a poco se iba despertando antes. Día tras día parecía que le robaban un minuto. Él sí conoció ese constructo invisible que organizaba el caos del ser humano hasta el mismo día en que el ser humano se convirtió por sí mismo en el caos y ya no importó tanto la delimitación exacta. Julián, de pie en la cocina, buscaba algo que echarse a la boca que le diera un poco más de fuerza que el trocito de rábano que masticaba cada mañana e intentaba no pensar en lo que él llamaba los viejos problemas. Nada. Ni una cosa ni la otra. De haber encontrado algo, probablemente tampoco se lo habría comido. No le había podido dar a su hijo una buena vida, pero sí que era capaz de dejar de comer por él. Era lo menos que podía hacer un padre después de cometer un acto tan irresponsable como era obligar a una criatura inocente a pudrirse en este mundo. Metió su vaso en el cubo que había llenado de agua la tarde anterior y pensó en lo que había soñado. ¿Un perro? Sí. Soñó que había un perro ladrando fuera de casa, como avisando de un peligro o una presencia extraña. Se sonrió. Hacía más de veinte años que no veía uno. Pensó en el verbo ladrar y ladró en voz baja, como cuando jugaba de niño. Estoy perdiendo la cabeza, se dijo mientras reía y la risa se convertía en la tos de cada vez que hacía un mínimo esfuerzo con la garganta. Una tos que pinchaba como cien agujas. Bebió un poco más y pensó en su padre imitando a un elefante, imitando a una vaca o a un gato, algo a lo que Julián no pudo jugar con Daniel porque habían desaparecido todas las referencias. ¿Cómo se explica lo imposible? ¿Cómo contarle que él, su propio padre, vistió ropa limpia y comió las veces que quiso al día y en grandes cantidades, hasta que tuvo la edad de su hijo? ¿Cómo explicarle que hubo criaturas de todo tamaño y a todo color repartidas por el mundo? ¿Cómo le cuenta que, más allá de donde le alcanza la vista, existen otras cosas que, aunque ahora sean parecidas, son completamente diferentes? La primera sirena del día devolvió a Julián a la realidad, algo peor que sus propios pensamientos.
–Buenos días, Daniel.
Silencio.

María siempre se iba un poco antes, tenía que ir más lejos, a la zona de las plantaciones. Padre e hijo apuraron un poco, Julián en el porche del patio trasero, desde donde se veían los bosques quemados al sur de la comuna, y Daniel apoyado contra la puerta delantera comiéndose las uñas. Llevaba un tiempo actuando de esa forma. Solo compartían los trayectos al agujero y los breves momentos de las comidas, el resto del tiempo estaban separados. No sabía qué hacer para tener algún acercamiento. Temía que ese silencio estallara algún día en forma de tormentas, así que cada vez que tenía que decirle algo apelaba al humor o al sentimentalismo.
Sonó la sirena y se pusieron en marcha. Era una mañana húmeda y oscura, y Julián probó suerte:
–¿Sabes? El día que naciste me desmayé –le dijo mientras se señalaba una pequeña marca en la parte derecha de su frente–. ¿No te lo he contado nunca? Me mareo con la sangre. De verdad, si ahora mismo te cayeras y te hicieras una herida, probablemente no podría ayudarte.
Silencio.
Eso pasó, pero la historia no era del todo suya, sino de su padre, y Daniel sabía que era mentira. Ya no era un niño, percibía con facilidad los cambios en su tono de voz. ¿Quién no sabía esas cosas con quince años? Julián a veces pensaba en ello y practicaba cómo contarle, sin que se notara, cosas que le pasaron a su padre. A él no le había ocurrido nada bueno ni destacable en muchísimo tiempo, por eso recurría a las historias ajenas.
Llegando al agujero, unos doscientos metros antes, escucharon la campanita de Miguel el mudo. Hacía tiempo que nadie lo veía y eso bien podía significar que había muerto. No se habló, pero todo el mundo lo pensaba, incluso Julián, que no solía creerse nada, pero era evidente que solo era un rumor, porque ahí estaba, acercándose despacio. Nadie le tenía especial cariño, estaban convencidos de que atraía la mala suerte. Llevaba colgado, al pecho y a la espalda, sus carteles de siempre. Julián no recordaba haberlo visto sin ellos. Decían: ÉL NOS HA DEJADO, en el envés, y PERO ALGÚN DÍA VOLVERÁ A POR NOSOTROS, en la parte trasera. Por suerte, pensaba, ya no había demasiada gente que pudiera leerlo. Apenas nadie más joven que él sabía interpretar lo que llamaban los extraños signos que aún quedaban en algunos sitios u objetos. Aprender a leer había dejado de ser una prioridad. Cuando estuvo a la altura de Daniel, Miguel el mudo se paró en seco, obligándolos también a ellos a pararse para no chocar. Miró seriamente a los ojos al chico y agitó la campanita mientras hacía la señal de la cruz. Julián tiró del brazo de su hijo y lo apartó del camino de aquel viejo loco, que siguió andando con su mensaje a cuestas.
–No te preocupes, está mal de la cabeza, ya lo sabes.
Silencio.
Cuando sonó la sirena, Julián dio la primera palada y se preguntó si alguna vez le había explicado a su hijo qué era estar mal de la cabeza.

¿Tú también lo oyes? María notó que Julián se había despertado y le preguntó. Estaba lloviendo con fuerza. Eso es buena señal, dijo él, la lluvia ácida nunca cae con tanta fuerza. Con eso tendremos algo más de agua esta semana. Y para los cultivos viene muy bien, añadió ella. Puede que este mes toquemos a más por cabeza, ya veremos.
No le había contado a su mujer el episodio con el viejo. Para qué, pensó, pero en el fondo le daba miedo que fuera verdad lo de la mala suerte. Sí, mejor no decirle nada. ¿Sigues despierta? Sí. ¿No estás teniendo sueños raros últimamente? Estoy teniendo sueños, contestó ella, y eso me pone muy contenta. ¿Sabes cuánto tiempo hacía que no soñaba nada? Pero, ¿no son raros? Bueno, todo es raro, Julián, todo es muy raro. Que llueva mucho es raro, pero también lo era que dejase de haber incendios. Y antes de eso era raro que ardiera todo. Soñar, al final, es algo inofensivo, qué más da. ¿Acaso te da miedo tener pesadillas? Por lo menos eso ocurre solo en tu cabeza. ¿Recuerdas? Yo sé que no te gusta hablar de antes, pero hubo un tiempo en que las pesadillas eran reales. Ahora que todo está más o menos tranquilo y estable, un poco de emoción, aunque sea en sueños, no está nada mal. Julián quedó en silencio por unos minutos. ¿Tú crees que nuestro hijo sueña cosas como nosotros? Supongo, dijo ella. Quiero decir, ¿cómo serán sus sueños? Nosotros vivimos un mundo lleno de alicientes, alimentos mentales. El cerebro no dejaba de funcionar en todo el día y eso se reflejaba durante la noche. La vida de Daniel ha sido una auténtica calamidad. Sin colores, sin creatividad. Imagino sus sueños dando palada tras palada hasta el infinito, como cuando yo soñaba con que metía la canasta con la que mi equipo ganaba un partido. No sé. No entiendo por qué tienes que pensar así, la verdad. ¿Quién te dice que nuestro hijo no tiene algún sueño? Una meta, un anhelo. Seguimos siendo humanos, lo que pasa es que ahora hacemos las cosas para sobrevivir al día y no para ver si nos compramos una casa en la playa o el campo, como lo fue esta, pero no quiere decir que no pensemos en más allá de lo que vivimos cotidianamente. Y tu hijo, igual.
Julián se calló de una vez por todas. No quería decirle que él no pensaba en nada que no fuera ellos y el pasado. Que no veía salida y que le daría igual morirse si no fuera porque, ahora más que nunca, tenía la certeza de que no volvería a verlos en ninguno de esos sitios que prometían antes las religiones y ahora algún que otro loco. Llevaba treinta años en una pesadilla real y le molestaba soñar, pero para qué hablar de eso. Tampoco iba a llegar a ninguna parte.

Al despertar, Julián se sintió un poco desorientado. Supuso que se debía al hecho de haberse desvelado, al peso de la conversación con su mujer, al runrún hasta quedarse dormido. Se puso la ropa de todos los días y bajó con las botas del trabajo en la mano para no despertar a nadie. Disfrutaba de ese momento de silencio de cada mañana, antes de que la realidad empezara a exigirle precauciones de todo tipo. Bebió agua y sintió un escalofrío en los dientes. El ambiente estaba cargado. La lluvia de anoche, pensó. Gracias a ella, el pesado olor a almizcle se había disipado un poco. Clareaba, no faltaba mucho para que la sirena despertara a todo el mundo, y Julián salió al porche trasero. Se sentó junto a la puerta a atarse los cordones. La niebla era tan espesa que parecía que estaba justo en la base de un alud de nieve. Le gustaban esos días porque no había muchos. La diferencia podía ser considerada como un lujo. Se puso de pie y bajó los escalones de madera hacia el patio. Quería sentir el agua en la cara mientras avanzaba a ciegas. Era lo más parecido a nadar. El patio era un rectángulo de cuatro metros de ancho por diez de largo rodeado por una valla de metal oxidada de medio metro de alto. Lo que había sido tierra y había acogido un huertecito humilde y un hermoso limonero, se convirtió, como en todas partes, en puro polvo. No quedaban ya ni señales de aquello, so lo tristeza, pero esa mañana, al menos, el suelo que pisaba no se levantaba en cenizas que iban a parar a su nariz y su garganta. Durante algunos instantes Julián avanzó lentamente con las manos extendidas hasta que sintió un leve roce en su mano derecha. Entonces se encontró con lo imposible: ante él, en el centro de su patio, había una gruesa cuerda pendiendo de la nada más absoluta.

Al no encontrar a su marido en la cocina, donde solía esperarla, María se asomó por la ventana y salió rápidamente al patio. Cuando vio que el inicio de la cuerda se perdía en las perennes nubes grises del cielo, se llevó la mano a la boca. Parecía querer evitar que sus dientes salieran corriendo ante la visita de lo extraordinario. Julián estaba sentado en una silla mirando la cuerda de espaldas a su casa cuando notó su presencia. Giró la cabeza y la miró con cara de resignación, pero no se dijeron nada. Ella se acercó a él, le puso una mano en el hombro y alargó la otra en dirección a la cuerda.
–No la toques –dijo Julián– ¿Has visto eso?
María levantó la mirada para ver lo que él le señalaba. La niebla ya había desaparecido.
–Pero…, ¿cómo es posible? ¿Qué clase de broma es esta?
Daniel apareció de repente. Escucharon cómo frenaba sus pasos justo al borde de los escalones de madera. Lo miraron esperando que les dijera algo, por fin. Se humedeció los labios.
Silencio.
Se dio la vuelta y entró en la casa. María lo siguió adentro. Julián se metió las manos en los bolsillos y se acercó al final del patio. Hasta donde le alcanzaba la vista, cada cincuenta, cien, doscientos, cuatrocientos metros había otra cuerda igual a la que le caía desde el cielo hasta su casa. Se metió dentro. La segunda sirena estaba a punto de sonar.

A la entrada del agujero, los hombres y los chicos que trabajaban allí hicieron el amago de reunirse, pero el condicionamiento de años de avisos obligatorios les hizo dejar el intento de forma abrupta. Tampoco podrían haberse dicho gran cosa. Los más veteranos, como Julián, cavaron más serios que los jóvenes. La experiencia de haber vivido lo de antes y lo de ahora no les servía más que para tener aún más miedo que los que solo habían visto pájaros cruzando el cielo. Sabían que se trataba del más rotundo de los imposibles, de la mayor de las locuras. A la salida nadie se paró a hablar con nadie. Se fue cada uno por su camino esquivando las mismas cuerdas que a la ida. Julián, por su parte, volvió a no ser capaz de decirle nada a su hijo. Cuando llegaron a casa, María ya estaba dentro.
–¿Qué? –le preguntó en cuanto la vio.
–Nada. Qué va a ser.
Daniel no subió a su habitación, como de costumbre. Se quedó a escuchar mientras miraba la cuerda por la ventana.
–¿Habéis hablado algo?
–No podemos hacer nada –dijo ella–. Si mañana siguen ahí, habrá que acostumbrarse. Como a las nubes, a la ceniza, a no comer. Venga, lavaos las manos, por favor.
La cocina se quedó en silencio. Ninguno de los tres se movió. Ni se miraron, siquiera, durante un buen rato. De repente, Daniel abrió la puerta y salió al patio con paso decidido. Sus padres lo siguieron.
–¿A dónde vas, cariño? –le preguntó su madre.
Silencio.
–No te acerques mucho, por favor –le dijo Julián.
Silencio.
Daniel se colocó a centímetros de la cuerda, que giraba casi de manera imperceptible en pequeños círculos, y miró hacia arriba con los ojos entrecerrados. Julián quiso acercarse, ponerle la mano en el hombro y decirle algo que lo tranquilizara, pero no fue capaz de dar un solo paso. Unos interminables segundos después, Daniel se dio media vuelta y pasó entre sus padres chocando contra sus hombros con fuerza. Subió las escaleras y pegó un portazo en su habitación.
Cuando sonó la quinta sirena, la sopa de apio del hijo hacía ya tiempo que se había enfriado. María dejó su propia vela encendida en la cocina y se fue a la cama a oscuras, donde Julián se hacía el dormido.

Unas horas después, como si fuera un castigo divino, Julián aún no se había dormido. Bajó y vio que la cena de su hijo seguía entera. Le rugió el estómago, pero evitó la tentación de probarla: la comida de otro era sagrada, fuera quien fuera. Mirando de pie por la ventana, intuía el baile mudo de la cuerda en la oscuridad mientras recordaba un episodio muy concreto de su infancia: tiene seis años y su padre duerme la siesta en el sillón, a su derecha. En la televisión, una aburrida prueba ciclista. Los ronquidos se oyen por encima de la narración. Su madre aparece en la escena y le susurra al niño que es hora de hacer los deberes. Él ya sabe que, si nadie la está viendo, debe apagar la televisión, así que pulsa el botón rojo del mando a distancia. De forma súbita, su padre cambia los ronquidos por preguntas desesperadas: ¿qué pasa? ¿Qué ha pasado? ¿Qué? ¿Qué? Y después del pequeño susto, la risa de todos.
–¿Qué significa esa cuerda?
La rotunda voz de Daniel, desde la escalera, devolvió a su padre al presente. No la recordaba tan grave. Miró hacia donde debía estar, pero no lo veía, la casa estaba a oscuras y ninguno de los dos llevaba su vela.
–Qué susto, hijo. Ven, ¿no quieres comer? Te caliento la sopa en un momento.
Silencio.
Julián no tenía claro si Daniel seguía allí, pero tampoco había escuchado el suelo crujir o su puerta cerrarse.
–¿Daniel?
Silencio.
Encendió la vela de María y se acercó con ella hasta la escalera, pero volvió tras sus pasos cuando vio que allí no estaba su hijo. Sentado en la cocina, esta vez alumbrado, Julián chasqueó los labios cuando volvió al final del recuerdo interrumpido y rememoró la frase que su padre empezó a decir como un mantra a partir de entonces: Pocas cosas más extrañas y misteriosas hay en la vida que despertarse por culpa del silencio si te apagan el televisor. Ojalá pudieras ver esto, papá, se dijo levantándose para subirse a la cama a seguir rumiando el pasado.

La sirena sonó más tarde y eso quería decir que era sábado. Allí llamaban sábado y domingo a los dos días posteriores a los cinco seguidos de trabajo, que, en vez de nombre, ahora tenían números. María besó en el hombro a su marido y se levantó. A los pocos minutos, llamaron a la puerta, algo verdaderamente extraño. Julián se incorporó en la cama y empezó a vestirse rápidamente. Se asomó a la ventana que daba a la calle, pero no pudo ver nada, el cristal estaba demasiado sucio por fuera. Bajó y se encontró a Benito al pie de la escalera.
–Vengo a hablar con vosotros, ¿cómo está Daniel?
La pregunta les extrañó. Ya no estaban acostumbrados a las palabras de cortesía de los otros.
–Bien –dijo María con cierta tensión–, ¿por qué?
–No, nada, nada. Por preguntar. ¿Vosotros?
–¿Cómo vamos a estar, Benito? Pues como tú –le contestó Julián.
Benito era mayor que él y, por supuesto, que María. Llevaba toda la vida en el pueblo y había contribuido mucho a que las cosas fueran más o menos dignas. Todo el mundo lo tenía en cuenta porque él solía tener en cuenta a todo el mundo. El encanto de las viejas costumbres.
–Estoy yendo a casa de algunos, ya sabes, para ver qué piensan de esto. Nadie dice gran cosa. He visto que tenéis una ahí, ¿no?
María le hizo un gesto para que la siguiera y abrió la puerta del patio.
–Os ha caído una de lleno.
Los tres rodearon la cuerda, pero solo Benito miraba hacia arriba, ella y él se miraban los pies, como esperando un veredicto. Con toda naturalidad, le pegó un tirón que los sorprendió mucho, incluso se asustaron, pero no pasó nada, se tensó, sin más.
–Es que no sé. Esta es más rígida que otras. Enfrente de mi calle tengo una que acaba un poco más arriba que esta. Y Enrique, mi vecino, ha tenido la mala suerte de que una le cae por la chimenea.
–Bueno, mala suerte…, no sabemos –interrumpió María.
–Se tuvo que subir al tejado para cortarla porque, si no, ya no podría calentarse la comida.
–Madre mía, eso sí que puede ser mala suerte. No me lo puedo creer.
–Peor sería prenderla, digo yo. No sabemos qué hay al final. ¿Y si explota algo ahí arriba? Podría ser el desastre de los desastres.
María puso sus manos en posición orante y sopló la yema de sus dedos con los ojos cerrados en cuanto oyó esas palabras. Benito hizo lo mismo automáticamente y añadió:
–Hablando de mala suerte, ¿sabéis quién ha vuelto a aparecer?
Julián sí lo sabía.
–Miguel el mudo –se contestó el propio Benito.
–No me lo puedo creer –dijo María.
–¡Y dicen que ha hablado!
–Eso sí que es imposible. ¿Será una señal?
Se quedaron callados. Julián estaba convencido de que no tenía nada que ver, pero de los tres era el único que no creía en nada que no fueran las sirenas, la tierra que sacaba del pozo, los mínimos alimentos y su familia. Sobre todo su familia.
Benito, sin que se le hubiera despintado la incertidumbre que trajo en el rostro, se despidió y se fue a seguir quién sabe qué ruta de casas, a ver si alguien era capaz de decirle algo coherente. Desde la puerta lo vieron pararse en dos cuerdas que había en la misma calle. Tiraba de ellas un poco y se alejaba negando con la cabeza.
–¿Crees que será verdad? –le preguntó María.
Julián cerró y echó el pestillo.
–El qué.
–Da igual.

Un buen rato después, María se fue a la iglesia, como cada sábado, y, por primera vez en mucho tiempo, Julián pensó que a lo mejor aquello no era ninguna tontería. Tú a tus cosas y yo a las mías, recordó que le dijo ella la primera vez que se lo cuestionó en serio. ¿Qué daño te hago yo a ti yendo los sábados un ratito a la capilla? Si me dices una sola, me quedo aquí y no vuelvo a ir. Pero fue. Aquel día y todos los sábados hasta entonces, incluso después de los mayores desastres. Sea como fuere, pensó, al final siempre hemos salido adelante, así que, quién sabe ahora con esto.
Lo poco que sabía del asunto religioso, después de treinta años de colapso, era lo que María le contaba que hacían. Como no había cura para dirigir el rebaño, nadie llevaba la voz cantante. No había hostia consagrada ni vino. No había velas para pedir milagros ni tampoco rosarios. Ni padrenuestros ni avemarías ni credos. Cada uno rezaba a su manera durante un ratito y luego se colocaban en círculo y hacían ejercicios de respiración. Después, si alguien quería compartir algo, una inquietud, por ejemplo, lo hacía. Habían cambiado también los gestos, ya nadie se santiguaba ni se arrodillaba ni nada por el estilo. El cambio más significativo, sin embargo, tuvo que ver con la imagen del Crucificado, que llevaba ahí toda la vida. Cuando empezaron las pequeñas hecatombes, la iglesia permaneció cerrada por un tiempo. Durante muchos meses, nadie pudo salir a la calle porque era muy peligroso exponerse al aire, pero cuando por fin salieron, muchos fieles fueron directamente a la iglesia en acción de gracias. Cuando abrieron el portón se la encontraron intacta, sorprendentemente limpia, pero había un detalle que espeluznó a todos: la imagen del Cristo estaba en el mismo sitio, sí, pero del revés, dándole la espalda a los fieles. Nadie se pudo explicar por qué alguien, en ese tiempo en el que la gente moría en sus casas y los cuerpos se pudrían allí mismo, haría algo así por su cuenta, sobreviviendo, incluso, y sin dejar un rastro. Desde entonces se creyó que, avergonzado de los hombres, que habían destruido la Divina Creación de su Padre, el mismísimo Jesús les había retirado la mirada. Les había dado la espalda. Solo cuando nos lo merezcamos, volverá a mirarnos a los ojos para mostrarnos el camino al cielo, le resonaron en la memoria a Julián las palabras de su madre. Él tenía veinte años entonces. Todo, incluso los desastres más horrorosos, le parecía fascinante. Su padre llevaba cinco años muerto y, que otros murieran, incluso él mismo, de la manera que fuera, le daba lo mismo. Su vida era como una película de esas que, por entonces, no se había planteado siquiera que jamás volvería a ver.
El camino al cielo, se repitió sentado en el patio y mirando hacia un infinito repleto de guías. ¿Será?

–Lo he visto –dijo María en mitad de la cena.
–A quién has visto.
–Al mudo.
Daniel miró fijamente a su padre, pero este no le devolvió la mirada. Quería disimular.
–Bueno, ¿qué más da? ¿Te ha dicho algo? –intentó hacerla reír.
–Estaba raro.
–Siempre ha sido raro.
–¿Siempre? ¿Qué recuerdas de él? ¿Cómo era antes?
–¿Me estás llamando viejo? –se notaba que Julián no quería hablar de eso. Su hijo no le había quitado los ojos de encima– Sí. Siempre fue raro. Tendrá diez o quince años más que yo. No recuerdo haberlo visto de pequeño, cuando venía con mis padres, ya sabes. Solíamos venir cada dos semanas y en verano. Lo que sí tengo claro fue el momento en que se distinguió, ¿sabes? El momento en que se convirtió en el loco del pueblo. Una noche, tendría yo poco más que tu edad –señaló a Daniel con la cuchara, que lo miraba atentamente, con el rictus relajado–, se escucharon unos gritos terribles en la calle. No sabía qué podía estar pasando, pero, quienquiera que fuera, lo estaba pasando muy mal. Eran los años de los saqueos, a veces pasaban cosas así, pero solo se escuchaba a una persona gritar. No había golpes ni otras voces. Nadie salía a la calle después de la última sirena porque entonces no era como ahora: no era una recomendación sino una prohibición. No pude pegar ojo. Los gritos iban y venían por todo el pueblo. Me asomé por la ventana y no se veía nada más que negrura. Por la mañana nos enteramos de que el de los gritos era Miguel, pero no le había pasado nada. Nadie le había atacado, ni nada por el estilo. Cuando le preguntaron, no supo responder por qué había dedicado la noche a asustar a todos.
–¿Entonces hablaba?
–Hasta ese día. Le dieron una paliza tremenda. Lo de las calvas es cosa suya, por tirarse de los pelos como el loco que es, pero lo de los dientes fue cosa de los mayores de entonces, en paz descansen. Desde ese día no ha vuelto a hablar.
–¿Mi padre también participó? –le preguntó María.
–Seguramente. Eran los tiempos de ser duros, y tu padre era muy duro. Pasaron cosas. Pero mira cómo estamos ahora. Le debemos mucho a todos ellos. A tu padre, en concreto, le debo muchas cosas, como nuestra familia. Así que da igual. Lo hecho, hecho está. Bueno, cambiemos de tema: ¿hay alguna cuerda por allí, por la iglesia?
–Claro. Están por todas partes, ¿cómo no? Hay una enfrente de la puerta. A unos veinte metros.
La última sirena los sorprendió a los tres a la mesa. Julián no recordaba cuánto tiempo hacía que eso no pasaba. Recogieron todo y se fueron a dormir. María llevaba un par de noches sin soplar la vela con prisa. Daniel no había dado un portazo. La vida nos da un respiro a todos, pensó.

Por la mañana salieron los tres juntos de casa. Daniel seguía sin hablar, pero a sus padres les pareció notar una clara mejoría en su ánimo, cosa que, a su vez, les mejoraba de manera ostensible el suyo. Las cuerdas con las que se cruzaron de camino a la plaza bailaban, silenciosas, al compás del viento, brindando un extraño espectáculo para los habitantes del pueblo, que iban, como cada domingo, en busca de lo que ellos llamaban el banquete.
Una vez allí, observaron un pequeño grupo de vecinos reunidos en corro.
–¿Qué pasa? –preguntó Julián.
–¿Tú qué crees?
Después de recoger la parte que les correspondía por el adelanto del cumpleaños de Daniel, se acercaron a enterarse de lo que estaban hablando.
–Aquí están Julián y María, hacedle hueco. ¿Qué opináis? ¿Habéis hecho ya algo con la vuestra? –Benito llevaba la batuta, como siempre.
–No hemos hecho nada, la verdad –contestó María–. No sabemos lo que son ni para qué sirven.
La tregua en casa les había hecho olvidar, por unas horas, la inquietud que todos sentían respecto a los últimos acontecimientos. Un joven intervino:
–Deberíamos meterles fuego. Cuando era pequeño, mi padre me decía que eso era lo que había que hacer con las visitas indeseables. Estas cuerdas pueden ser peligrosas, mejor actuar contra ellas antes de que nos hagan algo.
–Pero ¿qué nos van a hacer? ¿No habías visto una cuerda antes? Por sí solas son inofensivas –respondió otro.
–Yo propongo cortarlas. Cogemos una escalera y las vamos cortando a una altura de cinco metros. Así no molestan.
–Pero ¿tú has visto cuántas son? Eso es imposible.
Cada uno tenía una idea u opinión sobre ellas.
–Calma, calma –Benito medió para rebajar la crispación–. Sean lo que sean, que no nos dividan. Debemos pensar en conjunto y actuar en consecuencia. ¿Qué sabemos de ellas? Nada. Están ahí y no hacen nada. Al menos, de momento. Ya está. Realmente pueden ser cualquier cosa, pero alguna razón de ser tendrán.
Algunas personas murmuraban algo a los que tenían al lado, pero nadie dijo nada durante unos segundos.
–¿Y si es una maniobra de distracción para quitarnos todo lo que tenemos? –dijo otro joven.
–Pero ¿quién? Eso es imposible. ¡Vienen del cielo! ¿Quién podría hacer algo así? ¿Quién puede ser capaz de algo así?
Ese era el terror en lo más profundo de cada uno de ellos: ¿qué? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién? Lo imposible se mecía, callado, ante sus ojos, y no podían hacer nada. Julián tosió para aclararse la voz, pero, aunque quiso, finalmente eligió no interrumpir lo que otros se decían. Su edad le daba autoridad, igual que a Benito y a otros pocos que andaban entre los cuarenta y los cincuenta años, pero él era mucho más tímido que ellos. Vámonos, le dijo finalmente a María. Miró a su hijo, en cuyos ojos apareció una mezcla de rabia y decepción. Cuando llegaron a casa, el portazo en su cuarto confirmó el final de la tregua.

Diez sirenas después, las cuerdas seguían en su sitio. Y el aire viciado, la irritación en los ojos, el hambre, el cansancio y, sobre todo, el desasosiego. La única diferencia era que, durante esos dos días, comenzaron a circular algunas posibles teorías acerca de su origen. Los corros se hicieron frecuentes a la puerta del agujero, en las plantaciones y en los diferentes pozos. Unos decían que había que tirar de todas las cuerdas a la vez para mover el cielo y alejar así las nubes que tapaban eternamente el sol; otros, que aquello era una pista –Dios, dioses, quien quiera que viviese allí arriba– que marcaba el camino hacia donde debían dirigirse para escapar de un mundo en violenta extinción. Julián había llegado hasta el instituto antes del colapso, así que la primera teoría le pareció demencial. La segunda la tenía que descartar por ateo, pero le pareció incluso más lógica que la otra. Él pensaba que las cuerdas quizá se irían tal y como vinieron. Que una mañana despertarían y habrían desaparecido, pero la verdad era que casi no le importaba si tenía que convivir con ellas por el resto de sus días. Ya tenía bastantes más cosas a las que prestar verdadera atención y, en vista de que por lo menos parecían inofensivas, se recordaba otra de las frases que utilizaba frecuentemente su padre para así sentirse más tranquilo: si no tiene solución, para qué preocuparse.

Faltaba un rato para que todos se despertaran y, como de costumbre, bajó intentando no molestar a María y se sentó en la silla raída del patio. No lo había pensado en años, pero tenía su gracia: mucho tiempo atrás, había sido una silla de playa. Recordó, entonces, el mar, y eso le provocó una sonrisa. Aquello era devolver a la vida a sus padres, verlos no como concepto sino en imágenes mentales exactas. Era traer a su boca palabras caducadas, como vacaciones o bañador. Rememorar el sonido de las olas rompiendo en la orilla, el frío de la crema protectora en su espalda, en fin, todas esas cosas tan imposibles y dolorosas que a veces se le arremolinaban en el pensamiento. Para su desgracia, ese camino siempre acababa desembocando en la parte más oscura de su cabeza, ese segundo plano donde, mientras él vivía su vida sumido en otros problemas más tangibles, se fraguaban sus preguntas más amargas. La más recurrente, la que peor llevaba de todas ellas, había cumplido quince años unos días antes y no paraba de formularse una y otra vez. Cómo es que pasó, se dijo, y, en vez de evitarlo, como solía hacer, afrontó el dolor de seguir pensando que lo último que quería en esta vida, esta nueva, terrible y asquerosa vida, era ser padre. Y es que Daniel nació sin querer. María, tan cabal, no quería ser madre en un mundo así. Siempre había dicho que traer un niño aquí no era nada sensato, y no entendía cómo aún había mujeres exponiéndose al riesgo de un parto en esas condiciones; Julián era más egoísta: no quería ser padre por no poder hacer abuelo al suyo. Le daba mucha pena pensar que su hijo no iba a poder conocer, ni imaginar siquiera, lo increíble que había sido ese hombre que tantas veces dijo, durante el último año de su vida, que el único sueño que le quedaba por cumplir era tener nietos; Daniel, visto lo visto, probablemente tampoco habría querido aparecer por ahí de haber podido elegir, pero ya era tarde para todos: la vida era absoluta exigencia.
Allí sentado, justo antes de la primera sirena, Julián escuchó la campana de Miguel el mudo a lo lejos. Aguzó el oído alzando la cabeza y apretando los ojos. Puto loco, pensó, a dónde irá. Al volver la mirada hacia el campo negro, observó a lo lejos cómo una persona del tamaño de una hormiga cruzaba lo que un día fue el trigal más grande de toda la comarca en dirección al norte.
–¿Y eso?
–Qué susto, María, por Dios. ¿Tú también lo ves?
–¿A dónde irá esa persona por ahí sola?
–Por lo menos no viene hacia aquí.
–Menos mal –dijo María soplándose la yema de los dedos, como ahuyentando el mal fario.

Cuando llegaron del agujero, María ya estaba en casa. Hoy hemos terminado la faena mucho antes, les dijo, llevo aquí un buen rato. Besó a Julián y le hizo un gesto para que se sentara. Daniel notó que debía quedarse, que iban a hablar de algo importante. A su madre no le importó.
–Miguel se ha instalado en la cuerda que hay frente a la iglesia.
–¿Qué quieres decir con eso?
–Ahora vive ahí.
–Pero…
–Ha encendido una gran hoguera alrededor de la cuerda.
–Es un pobre demente, ya lo sabes, pero es inofensivo. Aprendió la lección.
Se miraron a los ojos. María parecía asustada de verdad.
–Y está…hablando.
–¿Cómo que hablando?
–Está diciendo muchas cosas raras. Hay que pararlo como sea. Si no me crees, ve a comprobarlo.
Julián soltó una pequeña risa nerviosa. María notó que pretendía quitarle importancia al asunto y se quedó mirándolo con gesto serio durante unos segundos que se hicieron eternos. Balbuceó algo, pero fue interrumpido inesperadamente por un grito de rabia:
–¡¿Por qué no quieres ir?! ¡¿Acaso te da miedo?! ¡Seguro que dice más cosas que tú!
Daniel no pudo reprimir su ira ni un segundo más. Explotó, de repente, contra su padre, que se quedó mirándolo mudo, con la boca un poco abierta. Nunca le había gritado. Ni a él ni a nadie. En su casa nadie chilló nunca, salvo en los juegos y las risas, muy lejano todo en el tiempo. En la misma mesa, María rompió a llorar, desesperada, y Julián, al verla, no pudo evitar tampoco las lágrimas. Lloraron sin decirse nada durante un rato. Parecía que cada uno lo hacía por una cosa diferente, y quizá fuese así. Era como si estuvieran en una sala de castigo, esperando cada uno el suyo. Ninguno parecía atreverse a dar el primer paso para abrazarse porque todos se sentían obligados a esperar que otro fuera a pedirle perdón o a consolarlo, al menos. Daniel, de pie, miró a su madre y sus ojos se encontraron casi de forma instantánea. Le alargó la mano, callosa y sucia, y se acariciaron las muñecas, los nudillos, como en un enjuague sin agua. Julián, por su parte, lloraba como avergonzado mirando a sus pies. María se levantó y se acercó con Daniel hasta su silla. El abrazo pudo durar una hora. El perdón, si es que tenía sentido, se sobreentendió. Ninguno pronunció una palabra. Se había hecho tarde para ir a ver qué pasaba con Miguel el mudo, pero tampoco se les pasó por la cabeza. Poco a poco se separaron. El abrazo se aflojó. Sorbieron los mocos acumulados, tosieron, en fin, todo el ritual que sucede al llanto, y volvieron a la normalidad, como si no hubiera pasado nada. Julián recogió la cocina con María y Daniel salió al patio e ignoró la cuerda. A sus padres les pareció que hacía el amago de jugar. No habló más ese día. Tampoco dio ningún portazo. Poco a poco, susurró María ya en la cama, poco a poco.

Por la mañana apareció el cuerpo de un chico desbaratado por completo a los pies de la cuerda más cercana a su casa. Era el hijo de Manuela. Tendría unos cinco años más que Daniel. Al ver la cabeza, Julián pensó que parecía una sandía que alguien había tirado con todas sus fuerzas contra el suelo. Los huesos de las piernas y los brazos se le habían salido de la piel, unos intactos y otros completamente machacados, y en el charco de sangre que rodeaba el cuerpo se podían ver flotando tendones y dientes, algunos aún sujetos a pedazos de encía. Nadie se atrevía a echar mano de los trozos de aquel pobre muchacho. Todo el que llegaba, avisado por el boca a boca, torcía el gesto de inmediato. Ni los insensibles al desastre, por haberlos visto todos, hicieron ademán de empezar a recoger, cacho a cacho, los restos para ir a enterrarlo, o lo que su madre quisiera. Mi niño, decía, ay, mi niño. Pero la verdad es que no era ningún niño ya. Allí a los diez años se acababan los juegos abruptamente. Este chico llevaba toda una década de trabajo desagradecido a sus espaldas. Una espalda reventada, ahora, contra el suelo.
–Le dije que así no. Le dije que así no.
Todos giraron la cabeza. Nadie reconocía su voz de anciano sin dientes: era Miguel el mudo, que agitaba su campanita al ritmo de las viejas iglesias cuando sonaban a muerto, pasando de largo sin mirar a nadie mientras hacía la cruz. Al ver el gesto, Julián miró instintivamente a su hijo, que ya lo estaba mirando, y apartó los ojos de su trayectoria para evitar tener que decirle algo sobre eso.
Aquel día nadie trabajó. Enterraron al muchacho a las afueras del pueblo y quedaron en reunirse al día siguiente para hablar de manera oficial en una asamblea. ¿De manera oficial?, le preguntó María a Julián por lo bajo. La última vez que se hizo fue hace mucho tiempo, le susurró él. Serías muy pequeña. Es obligatoria la asistencia. ¿La de Miguel también? Tampoco creo que a nadie le importe si no viene.

En cada calle había alguien encargado de hacer el recuento. El pueblo no era muy grande, pero tampoco había ningún censo, ni nada parecido. Como todos cuidaban de todos, cuando ocurría algo se sabía rápidamente. A la asamblea solo faltaron dos personas: Miguel el mudo y Marina.
–He llamado a su puerta mil veces, pero no ha abierto. Es muy raro.
Nadie recordó haberla visto el día anterior en el barullo del chico. Tampoco se le echó de menos en el trabajo, pues se suspendieron todos. Marina vivía sola, era huérfana y no tenía pareja ni hijos. Tendría, más o menos, la edad del chico muerto y trabajaba en los pozos.
–¿Quién trabaja con ella? –preguntó Enrique, uno de los mayores.
Un hombre y una mujer levantaron la mano tímidamente.
–¿La visteis el día anterior? ¿Fue a trabajar?
Dijeron que sí, claro, si no, ya se sabría. Y era cierto. Algo así no podría pasarse por alto. El hombre y la mujer se ofrecieron a ir a su casa a llamarla de nuevo, pero todos intuían que volverían sin ella, que estaría muerta. A veces pasaba que alguien se moría en casa, sin más. La madre de esta chica, recordaron durante la espera, había muerto después de pegarse tres días tosiendo sin parar. ¿Y si le ha pasado algo así? Nada. Volvieron de vacío al cabo de unos minutos. Benito tomó la palabra y propuso que entraran en la casa. ¿Por dónde? Por el patio, dijo, si esto es un malentendido, si está enferma y no puede moverse, lo menos sería no ocasionar ningún desperfecto. Así que nada de echar la puerta abajo ni romper una ventana. En el taller hay una escalera, ¿quién se ofrece? Miró a Julián, esa tarea era para alguien de fiar, pero este se hizo el loco: giró la cabeza como buscando una mano alzada. María le dio un codazo y entonces levantó el brazo. ¿Alguien más? Muchos bajaban la mirada para no cruzarla con la de Benito, nadie quería, después de lo del chico, encontrarse con otro cuerpo sin vida.
–Daniel, ¿vienes tú?
Pero antes de que nadie dijera nada más, se coló el tintín inconfundible de la campanita de Miguel el mudo. Se hizo el silencio. El escalofrío sobrevoló toda la asamblea, que se estaba celebrando en el patio de lo que antes fue el Ayuntamiento, en la Plaza del pueblo. Una mujer rompió la tensión del momento preguntando a gritos si nadie iba a hacer nada con ese loco.
Silencio.
–Bueno, ya está bien, vamos.
Julián le dio un toquecito en el hombro a su hijo para que lo siguiera y se abrieron paso entre la gente.

Al pasar por la plaza se encontraron con la mismísima representación del infierno: Miguel el mudo había encendido una gran hoguera alrededor de la cuerda, su nuevo hogar, frente a la iglesia. De vez en cuando hacía sonar su campana, pero parecía estar a lo suyo, no se percató de que Julián y Daniel pasaban por allí aligerando el paso y procurando no mirar, tampoco.
Cuando salieron de la Plaza, Daniel sorprendió a su padre con una pregunta:
–¿Por qué está loco este hombre?
Julián titubeó. Era una pregunta demasiado complicada, incluso parecía mal formulada. ¿Qué sabe mi hijo de la locura?, se preguntó.
–Hay mucha gente así –dijo–. Los locos ven las cosas de otra manera, y para ellos nosotros somos los que estamos locos, ¿sabes?
–Entonces, ¿quién tiene razón? A lo mejor son ellos, ¿no?
–A lo mejor.
El resto del camino hacia el taller lo hicieron callados. Julián pensando que su padre no acabaría así una conversación y Daniel golpeando con la palma de sus manos cada cuerda que se cruzaban.

La puerta de la casa de Marina no tenía la cerradura echada. Tampoco los pestillos. Aquí no hay nadie, dijo Julián en voz alta, pero vamos a asegurarnos. La joven debió salir, cerró de un portazo y ya está. En efecto, la casa estaba vacía. También estaba perfectamente recogida. Vámonos. ¿Y la mujer?, preguntó Daniel. No está. ¿Se habrá ido?, preguntó de nuevo el chico. Julián lo entendió todo de golpe. Era ella, dijo.
–¿Quién?
–Nada, nada. Vámonos.
Salieron por la puerta de la calle y, sin recoger la escalera, anduvieron a paso ligero de camino a la asamblea.

Llegando a la Plaza, oyeron un murmullo. Algo pasa, dijo Julián, vamos, corre. Desde lejos, vieron cómo la reunión se había desplazado hasta la cuerda de Miguel el mudo. Apretaron el paso. Las llamas de la hoguera sobrepasaban en altura las cabezas de todos. Había un gran alboroto. Pero, qué está pasando, dijo, y al fin lo vio. Nadie sabía cómo, pero el viejo loco había sacado el Cristo de la iglesia y lo había colocado tocando la cuerda. Ya nadie podía hacer nada. El fuego llegó a los pies del crucificado justo cuando Julián tuvo mejor perspectiva para verlo. En cuestión de segundos las llamas subieron por las piernas, el cuerpo y la cara hasta llegar a la cuerda, que se fue incendiando rápidamente hasta desaparecer, convertida en cenizas, mientras la escultura se rompía, crujido a crujido, ante el llanto y el grito impotente de todos los testigos. Durante la cremación, por encima de todo el escándalo, la voz de Miguel, como nunca nadie la había oído, repetía la misma frase:
–¡Así se llega hasta el cielo! ¡Así se llega hasta el cielo!

Tres días lo tuvieron amarrado hasta que se les ocurrió qué hacer con él. No le dieron ni comida ni agua. Miguel el mudo no se quejó tampoco cuando lo amordazaron para que dejara de proclamar disparates relacionados con el supuesto mensaje que tenía de parte del Altísimo. Él iba a lo suyo. Era inútil preguntarle por qué había hecho lo que había hecho, por qué no se supo de él durante tanto tiempo, por qué apareció de nuevo en público poco antes de que llegaran las cuerdas, por qué, por qué, por qué. Sus respuestas eran advertencias que nadie quería escuchar, avisos que a nadie importaban, historias que solo asustarían a los niños de antes, pero ahora había llegado demasiado lejos. Los más viejos, entre los que se encontraba Julián, decidieron que había que quitarlo de en medio. Que sea lo menos traumático posible para todos, sugirió Benito.

Durante aquellos tres días, se suspendieron los trabajos. Ni siquiera sonaron las sirenas, todos se encontraban en un compás de espera. Julián, en el patio de su casa, miraba hacia el infinito, por donde vio a aquella persona caminando, lamentándose de no haber dado la voz de alarma. Tal vez fuera ella, le dijo a María, que se sentaba a su lado. Tal vez, pero qué importa ya, le contestó. No podemos ir a buscarla. A saber qué se le habrá pasado por la cabeza. No lo pienses más.
–Y tú cómo estás.
María apretó los labios.
–¿Sabes? No recordaba su cara, no me acordaba de su expresión. Parecía que estaba sufriendo de verdad, con el fuego.
Cada uno se comía la cabeza a su manera.
Por detrás del patio apareció David, uno de los más mayores.
–He tocado a la puerta, pero no abría nadie y me he asustado.
–¿Se lo llevan ya?
–Sí. Venía a preguntarte si querías ir. ¿Cuánto hace que no sales del pueblo?
–No, no quiero. No quiero saber más nada de todo esto, la verdad. ¿Va mucha gente?
–Qué va. Los cazadores, solamente. Creo que a todo el mundo le da miedo salir de aquí.
–Bueno, a la chica esa no –repuso María.
–A saber. Me cuesta mucho creer que alguien se vaya de aquí por decisión propia.
–¿Por qué no?
–Pues porque no, María. Estamos muy bien. Nuestro trabajo nos ha costado, pero hemos creado un lugar seguro donde vivir dignamente. Julián, tú lo sabes mejor que yo, que llevo toda la vida aquí. Tú viniste con tu madre desde la ciudad, cuando empezó todo.
Julián no dijo nada. Se limitó a mirar al suelo, serio.
–Pues por eso mismo, David –dijo María levantando un poco la voz–, por eso mismo. Julián, tú y yo vivimos en un mundo que hoy ya no existe, pero Marina o mi hijo o el muchacho que intentó subir la cuerda a peso, por el amor de Dios, solo saben que de aquí no se puede salir porque las cosas ahí fuera son muy feas. ¿Qué significa eso? Piénsalo. Miran más allá de los límites, ahí mismo, a tu espalda, y ven el infinito. ¿Quién puede no sentirse atraído por eso? Aquí no tenemos casi qué comer, nos sabe la boca a sangre, nos pican los ojos todo el día. Mira –María cogió un puñado de ceniza del suelo y lo levantó–, esto es lo que respiramos. Ni lo vemos, pero aquí está. El viento lo trae de a saber dónde y lo deja caer aquí. Esto parece un cementerio. Tal vez la vida se esté viviendo ahí fuera, pero no podemos saberlo porque estamos muertos. Envidio a esa chica, de verdad. La envidio mucho.
Unos segundos después, adentro se escuchó un portazo. Julián cerró los ojos, levantó las cejas y respiró con fuerza hasta que tosió y dijo:
–Espera, David. Voy si tú vas.

En el pueblo los seguían llamando cazadores pese a que hacía ya años que no había nada que cazar. Quedaban cuatro, solamente, estaban en clara extinción, pero ese era su oficio y no hacían nada más que estar preparados para salir a buscar alguna presa durante una semana al mes. Nadie recordaba la última vez que volvieron con alguna pieza contundente, pero tampoco se lo echaban en cara. Hacían lo que podían. El compromiso de Antonio, el mayor de todos, era incuestionable. Tendría unos sesenta años, uno de los más veteranos de todo el pueblo, y llevaba toda su vida con la escopeta al hombro, igual que los que completaban el cuarteto, su hijo Manuel y sus nietos Abel y Alba. Por supuesto, fueron más, pero algunos se quedaron por el camino entre tormentas, incendios y emboscadas de los primeros años de abominable desastre.
–Os aviso que va a ser duro. Ojos abiertos y paciencia. En dos días estamos de vuelta.
Antonio era un hombre de pocas palabras, pero sentía un gran afecto por David y Julián, los llevaba viendo toda la vida. Cuando se superaba con creces la media de años de los demás, reconfortaba no ser el único.
Se dirigieron hacia el norte, camino de lo que había sido un bosque de eucaliptos del que no quedaba más que ceniza. Miguel el mudo iba atado y con la venda en los ojos, sin oponer resistencia. Tenía la boca ensangrentada, no hacía falta preguntar por qué, y andaba a buen ritmo pese a no haber ingerido nada en los últimos días. Si se muere de hambre por el camino, casi que mejor, dijo Manuel, así volvemos antes.
Silencio.
Desde lejos, el viejo bosque parecía estar renaciendo con altísimos y escuálidos arbolitos, pero no eran más que las cuerdas, más juntas que en otras zonas, algo que sorprendió incluso a los cazadores, que no habían salido del pueblo desde que cayeron.
Cuando llevaban medio día de camino, cambiaron el rumbo hacia el este, en dirección a una zona escarpada, llena de barrancos, para pasar la noche. Antonio informaba de vez en cuando a los dos novatos:
–Tenemos que pasar la noche lo más escondidos posibles. Lo más seguro son los terrenos ásperos, ya habéis visto que no queda más que mierda, por ahí. ¿A dónde habrán ido las piedras? Los árboles se quemaron todos, pero ¿las piedras? ¿Adónde se fueron? Es absurdo.
Escupió y aligeró el paso para ponerse al frente de la expedición, de nuevo. Muchos pasos atrás, Alba tiraba de Miguel el mudo. Julián la miró un momento, ¿qué tendrá, veinte años? Ni ella misma lo sabrá, le dijo a David.
–¿Y el chico? Hace demasiado tiempo que perdí la facultad de encajar a los más jóvenes en un rango de edad.
–Y qué más da. Como si no tuvieran bastante con un trabajo tan peligroso e inútil como para que encima tengan que estar pendientes del paso del tiempo.

La noche se les echó encima con todo su peso justo cuando tuvieron el campamento montado. Julián se había ofrecido voluntario para hacer la primera guardia, pero los cazadores se rieron al unísono ante su propuesta. No se molestaron en explicarle cuán absurdo era dejar a alguien como él, que no sabía ya nada de la noche, con toda la responsabilidad. Pese a lo improbable de un ataque, tanto animal como humano, no dejaba de ser peligrosísimo. Aprendieron mucho de los años duros y esta era una misión muy importante para ellos. Tenían que demostrar que podían aportar algo a los que los alimentaban a cambio de nada.
–Será mejor que descanséis todo lo que podáis. Mañana va a ser un día desagradable y os empezarán a fallar las fuerzas.

Pero Julián no pudo pegar ojo en toda la noche. Hacer una hoguera era una temeridad y el frío dolía como navajazo, así que puso todas sus fuerzas en recordar cuando su madre le ponía una estufa bajo el escritorio de su habitación en el invierno de esa otra vida que tanto daño le hacía rememorar. Para que no se te agarroten los dedos mientras haces los deberes, le decía, y le daba un beso en la cabeza que podía sentir en el presente. Pero Daniel, en vez de los deberes del colegio y una estufa con la que calentarse, lo que tenía era trabajo y frío, y eso era algo que no podía soportar como padre.
En alguna parte de la oscuridad que le rodeaba, se escuchó una risilla. Julián abrió los ojos, pero era como tenerlos cerrados. Daba miedo ese infinito.
–¡Calla, perro! –gritó Manuel.
Un tiempo indeterminado después, alguien le tocó el hombro. Era Antonio. Estaba amaneciendo y había que ponerse en marcha.
–A mediodía nos deshacemos de este. Hay que darse prisa, vamos a un embalse que hay a unos veinte kilómetros de aquí.
Julián no dijo nada. David le preguntó si había podido dormir algo y negó con la cabeza. Echaba de menos la rutina de estar solo durante un buen rato por la mañana, pero se consoló con la idea de que, quizá, y sólo quizá, su hijo habría hablado mucho con su madre en su ausencia, que el silencio era por él. Tal vez soy yo, se dijo. Pero no pudo poner en pie una situación similar vivida con su propio padre, lo cual lo sumió en una tristeza aún mayor. Que el pasado fuera tan bueno, en comparación con el presente, que su hijo no tuviera la posibilidad de ser la mitad de lo feliz que fue él, era algo que dolía más que el frío. ¿Será eso? ¿Cómo puede imaginar que fui feliz, si nunca he hecho alusión a ello? Sin querer llegó a la clave, pero también habían llegado al embalse y había que acabar lo que habían ido a hacer allí.

Fue rápido. Los chicos lo colocaron en la orilla, sin quitarle la venda y Manuel le dio un golpe con la planta del pie en la parte trasera de las piernas. El viejo, con las manos atadas a la espalda, dio con sus rodillas en el suelo.
Silencio.
Al fondo, algunas cuerdas se mecían con suavidad rozando la superficie del agua sucia. Parecían inocentes, ajenas a su culpabilidad, testigos extra. Manuel se quitó la escopeta de la espalda y lo golpeó con la culata en la nuca. Un golpe seco y efectivo. El pobre loco quedó tumbado boca abajo.
–Vámonos –dijo Antonio.
–¿Y si vuelve? –preguntó David al aire.
Silencio.
–En serio. ¿Y si vuelve?
Los chicos se rieron.
–Es imposible –dijo Manuel–. Lleva más de tres días sin comer nada. Si despierta, para empezar, no creo que sepa volver al pueblo, hemos dado muchas vueltas de camino hasta aquí, pero lo que es seguro es que no sobrevivirá.
Silencio.
Para el camino de vuelta tomaron una ruta diferente, más sencilla, según Antonio. La cuestión era despistarlo, por eso no era el trayecto más corto hasta ese sitio, dijo. Tenemos que evitar otras zonas que sabemos, bueno, mejor dicho, intuimos que pueden estar habitadas, que pueden ser peligrosas, pero vamos a tardar menos en llegar a casa.
Los cazadores volvían con otro ánimo, sobre todo los dos mayores, Abel y Alba eran risueños de por sí. Saboreaban la vieja sensación del trabajo bien hecho, por fin. Julián, en cambio, seguía de viaje, del pasado al presente y viceversa, pensando cómo hacer, como padre, para que su hijo no estuviera sumido en esa bruma constante. Le vino a la cabeza un episodio de cuando Daniel aún era un niño puro, inocente. Tendría unos seis años y se encontraba jugando en el patio con unos viejos muñecos que aún conservaba Julián de su propia infancia. Él estaba en la cocina haciendo cualquier cosa y el niño entró corriendo con la barbilla levantada y gritando: un hilo de sangre brotaba de su nariz. ¿Con qué te has dado? Con nada, papá, te lo prometo. Esa fue la primera vez que le entristeció, súbitamente, no poder usar aquella frase de su padre, la de pocas cosas más extrañas y misteriosas hay en la vida que despertarse por culpa del silencio si te apagan el televisor. La ocasión perfecta pasó por delante de sus narices, pero requería de tanto contexto, un contexto tan imposible, que lo único que hizo fue ponerlo boca arriba durante un rato y le dijo, de la manera más aséptica posible, que aquello era algo que ocurría a veces. Y ya está. ¿Estaba cansado? ¿De mal humor? Las preguntas que se hacía eran desagradables, pero no podía contener el flujo de pensamientos. ¿Y si me hubiese esforzado en inventar algo parecido? ¿Qué habría pasado si me hubiera dedicado a inventar juegos durante la infancia de mi hijo? Para, se dijo. Tragó saliva, se tapó media cara con el trozo de tela que siempre llevaba anudado al cuello y agachó la cabeza. Lo último que quería era que los demás pensaran que le daba pena lo que habían hecho con Miguel el mudo.

Todavía faltaban muchos kilómetros para llegar al pueblo cuando vieron una silueta minúscula que caminaba en paralelo al horizonte. ¡Mira!, gritó Alba, ¡otro! Julián recordó a Marina, pero no la nombró. ¿Cómo que otro?, preguntó David.
–Ni te imaginas la de gente que vemos caminando a solas. Llevamos varios años viendo esto, pero debe ser una alucinación, puro cansancio.
–Pero cómo va a ser una alucinación –dijo David–. Si lo estamos viendo todos.
–Es más fácil pensar eso. ¿Quién va a ser tan valiente de viajar solo por cualquier parte? No seas inocente, anda.
Silencio.
Todos estaban de acuerdo en eso, al menos. Nadie iba solo a ningún sitio fuera de los núcleos de población, estuvieran donde estuvieran. ¿Entonces? Julián era incapaz de llegar a una conclusión al respecto. Ni él ni nadie, así que no había por qué preocuparse.
–Dos sí serían otra cosa; y cuatro, un problema. No hay demasiados sitios donde esconderse o cubrirse, ya lo habéis visto. Ahora están las cuerdas –Manuel se paró en seco y tiró de una de ellas mientras pasaba por su lado–, pero esto no te esconde de nadie.
Quien quiera que fuese, desapareció en la lejanía y no volvieron a pensar en ello hasta que apareció otro que se alejaba en la dirección opuesta.
–No será el mismo, ¿no? –preguntó David.
–No le habría dado tiempo –contestó Antonio–. Ojos bien abiertos, ¿vale? Tampoco queda tanto para llegar. En un par de horas debemos estar viendo las casas altas y el campanario. Vamos, buen ritmo.
–Pero ¿no era una alucinación?
Siguieron adelante, pero de repente Alba, que no perdía de vista la presencia, se paró en seco:
–Venga, sigue, ¿qué te pasa? –dijo Abel, que iba un poco detrás de ella.
–Mira –dijo Alba señalando–: él también se ha parado.
Aquella silueta, efectivamente, se había detenido junto a una cuerda. ¿Qué hace? Atentos. ¿Es una trampa? ¿Qué hace? Todos se detuvieron a ver qué hacía. No había opción de emboscada, el llano blando por donde iban no daba pie a nada así. ¿Vamos? Vamos, es solo uno. A la mínima se le pega un tiro, ¿de acuerdo? Pues claro, por quién me tomas. Pero no hizo falta dispararle para que la vida de ese muchacho se acabara. Antes de que pudieran acercarse a quinientos, ochocientos metros, era difícil calcularlo, esa persona hizo algo que no pudieron discernir en un primer momento y que luego resultó ser un nudo perfecto con la cuerda. Cuando llegaron no había nada que hacer. Se había ahorcado tranquilamente.

–¿Lo bajamos? –preguntó David, que no quería ni mirarlo.
Antonio asintió. Abel y Alba hicieron ademán de descolgarlo, pero Julián se sorprendió a sí mismo y a todos tomando la palabra:
–Si esta persona ha caminado hasta aquí, desde a saber dónde, para hacer esto, para quitarse la vida, ¿quiénes somos nosotros para deshacer su voluntad? Vámonos de aquí. Necesito llegar a casa.
Silencio.
Silencio tenso. La euforia de los cazadores se había diluido ante los giros del cuerpo sin vida de ese chico. De qué tiene miedo alguien que es capaz de hacer algo así, se preguntó Julián, ¿de que un viejo le pegue un tiro?

La luz se estaba yendo cuando llegaron, derrotados, al pueblo. Nadie salió a recibirlos, no había nada que celebrar. Cada uno para su casa. Julián cayó rendido en la incómoda silla de la cocina y María le puso por delante una infusión de borraja para reponer fuerzas. Daniel bajó a sentarse a la mesa, también, pero no lo miró.
–Os he echado de menos –dijo.
–Y nosotros a ti, ¿verdad, Daniel?
Silencio.
–Me vais a perdonar, pero necesito acostarme. Estoy agotado física y emocionalmente. Mañana os cuento.
–¿Lo habéis matado? –le preguntó Daniel de forma inesperada.
–Eh… No. No exactamente. No teníamos que matarlo, pero ahora mismo seguro que está muerto. Así que, lo mismo es.
Silencio.
Daniel le clavó los ojos a su padre como si fueran uñas, no le bastaba con eso, quería saber más. Está bien, dijo Julián, y les contó, en bruto, sin anestesia, todo lo que había sucedido desde el mismo momento en que dejaron el pueblo. Ni siquiera se ahorró los detalles del muchacho ahorcado. Y ya está, aquí estoy, concluyó.
Silencio.
Pese a ello –su padre solía decir que la ausencia de respuesta era tan respuesta como una respuesta–, sintió como alivio. No fue consciente hasta ese momento de lo mucho que le había afectado todo lo que había visto desde que salieron, y compartirlo así era como repartir responsabilidad, quitársela de encima.
–Me voy a dormir, no puedo más –dijo levantándose de la mesa.
Pero a Daniel seguía sin parecerle suficiente o satisfactorio, sus ojos ahora tiraban mordiscos. Julián lo miró fijamente. Qué más quiere, se dijo, pero a él tampoco le parecían satisfactorias las preguntas mentales. Ya no. El miedo de los últimos tiempos a aumentar el enfado o la tristeza de su hijo desaparecieron de momento y por primera vez en años le hizo la pregunta más simple y más importante que puede hacer un padre:
–¿Qué te pasa? –pero no se quedó ahí– ¿Qué te he hecho yo?
Silencio.
–¿Por qué me odias? ¿Qué culpa tengo yo de lo que está pasando? ¡Estamos juntos, pasamos por las mismas cosas! ¡Yo también me muero de hambre! ¡Yo tampoco puedo más! ¿Qué es?
A Daniel le rebosó un ojo en ese momento, con el yo tampoco puedo más, pero en un gesto rapidísimo, sin dejar de mirar a su padre, de pie frente a él, recogió la lágrima dejando un churrete en su mejilla. Junto a la pared, María perdió la fuerza en las piernas y deslizó lentamente la espalda por ella hasta quedar sentada en el suelo. De entre sus dedos brotaba el sonido del llanto.
–Por favor, necesito saber por qué te importa más ese loco que tu propio padre. ¿Qué ha hecho él por ti?
Y Julián rompió a llorar también. Esta vez, nadie abrazaría a nadie. No podían, o no querían, era difícil saber qué cosas concretas pasaban por sus cabezas.

Por la mañana sonó la primera sirena, pero Julián no se despertó. Estaba muy cansado. No se dio cuenta de que María se había levantado ni que con la segunda sirena se había ido de casa pese a que el trabajo ese día era voluntario. Se había comunicado a todos los del pueblo que durante una semana sería así para rebajar la fatiga psicológica, aunque el verbo usado fue descansar. Quien quiera puede ir a su trabajo, si es que así se relaja, se dijo, pero nadie está obligado a nada. Aun así, retomaremos las sirenas para ir poco a poco volviendo a la normalidad.
¿Qué es la normalidad?, se preguntaba Julián sentado en su patio a solas. La normalidad fue otra cosa. Fue ir a clase, jugar con los amigos, los cumpleaños, papá y mamá. ¿A dónde fue todo eso? Queda tan lejos que parece una invención. Treinta años son demasiados para según qué cosas. Sobre todo, para que dejen de estar. Dentro de ese tiempo yo ya no estaré aquí tampoco. ¿Estará María? ¿Estará Daniel? El vértigo de la desaparición se le atravesó en mitad de la garganta. Estaba demasiado sensible y no sabía qué hacer para dejar de pensar en esas cosas. Normalmente, todo salía de su cabeza a golpe de trabajo, cansancio o hambre. A golpe de sirena. Pero estaba en casa entre la segunda y la tercera y se encontraba un poco descolocado. Intuyó que Daniel estaba encerrado en su habitación. No lo sabía, pero pensaba que sí. Entró en casa y afinó el oído desde la base de la escalera.
Silencio.
No creo que haya ido a trabajar sin mí, se dijo, sería la primera vez. Si supiera que no está, abriría su puerta para comprobarlo. De otra forma no me arriesgaría.
Julián salió de casa y empezó a caminar sin rumbo. Podría acostumbrarme a esto muy fácilmente, pensó.

Por la calle se cruzó con algunos vecinos a los que saludó con timidez. No acertaba a comprender por qué se sentía señalado. Su aventura, quizá, lo había destacado más de la cuenta, pero lo que le pasaba tenía otro nombre y, sobre todo, otro peso. Y de fondo las cuerdas. Siempre las cuerdas. Julián las miraba con resignación. Los problemas, al menos para él, no habían empezado con ellas. ¿O sí? He salido a dejar de pensarlo, se dijo, he salido a dejar de pensarlo.
Al cabo de un rato observó que de vez en cuando había cuerdas cortadas, como algunos sugirieron, para evitar tropezar constantemente con ellas, cuerdas cercanas atadas entre sí, cuerdas de las que colgaba ropa o casi cualquier cosa. La gente se había conformado, tal vez, había hecho como consigo misma y les había buscado una utilidad. Esto sí es la normalidad, se dijo Julián, que de repente se paró en seco, espeluznado. A pocos metros de donde se encontraba, un grupo de niños, niños de verdad, de menos de diez años, se morían de la risa jugando con una cuerda que quedaba colgando justo encima de un gran charco de barro. Por turnos, a veces de uno en uno, a veces de dos en dos, cogían carrerilla asidos de la cuerda con el objetivo de saltar de un extremo a otro sin caerse y ponerse perdidos, cosa que no conseguían demasiadas veces. Aquella era una imagen tan bonita que Julián se quedó mirando extático durante un buen rato. Ah, la normalidad, suspiró. Los niños, cómo no. De todas las ideas posibles, de todo lo que había visto hacer a alguien con las cuerdas, esa era sin duda la más luminosa, la más esperanzadora, y pensó por un instante que no se había perdido todo. Un instante que duró lo que tardó en acordarse de que la infancia era un terreno inestable, ahora más que nunca, y que probablemente esos niños y niñas correrían la misma suerte, si no peor, que su hijo. No hay salida, pensó. Agachó la cabeza y caminó de vuelta a casa.

Abrió la puerta y se encontró todo tal como estaba al irse. El trozo de rábano que le correspondía a Daniel seguía intacto sobre la mesa. Quizá no tenía hambre cuando se fue, si es que se fue, Julián seguía sin tenerlo claro. Por la ventana de la cocina miró hacia el patio y pensó en lo imposible: su hijo jugando ahí con la cuerda, como esos niños. Durante la ensoñación, sonó la tercera sirena y se recompuso. En cuestión de minutos llegarían María y Daniel. O María sola. Y entonces, pensó, bajará él. Tiene que estar muerto de hambre. Seguro que no quiere estar conmigo a solas después de lo de ayer. Hablaremos luego. Ojalá encuentre las palabras. Pero allí no llegaba nadie. Julián estaba un poco inquieto. Será la falta de costumbre, las ganas de dejar de estar solo, quién sabe. Se levantó de la silla y recorrió la cocina de un lado a otro como veinte veces. En su cabeza, anduvo el camino de vuelta de las plantaciones por las calles por donde había de estar volviendo María, pero no llegaba. ¿Y si salgo a buscarla? En ese momento se escuchó la puerta. Era ella. Venía sola.
–¿Y Daniel?
–No lo he visto, lo habría esperado, como os espero a los dos, siempre. Estará en su habitación.
Julián suspiró. Estaba seguro de que su hijo no había ido a trabajar solo.
–¿Cómo has echado el día? ¿Has descansado? –le preguntó ella.
–Sí –mintió.
María parecía seria. La noche anterior les había pasado factura a todos.
–¿Y tú? –le preguntó Julián al cabo de unos segundos.
–¿Yo? He ido a trabajar, no he descansado.
–No quería decir eso. Me refería a…
–Ya, ya –le interrumpió.
Estaba claro que no tenía muchas ganas de hablar.
–Si quieres, ve a avisar al niño mientras caliento la sopa –dijo Julián.
–Ya vendrá cuando tenga hambre. ¿Esto es suyo? –señaló el trozo de rábano– No te preocupes, vendrá solo.
Cuando terminaron de cenar, Daniel aún no había bajado. María recogió su plato vacío en silencio, subió las escaleras y se metió en la cama. A Julián le llegó el olor a vela apagada hasta la cocina y se quedó esperando a que sonara la última sirena del día para subir. De camino a la habitación, puso la oreja en la puerta de su hijo.
Silencio.

Julián no pegó ojo en toda la noche intentando oír algo más que la respiración de María. Bajó tan temprano como siempre, pero cuando a la segunda sirena Daniel aún no había salido, supo que algo iba mal de verdad. Volvió a poner la oreja en su puerta y volvió a no oír nada. No sabía qué hacer. Le daba miedo entrar y encontrarse lo que fue a buscar unos días atrás a casa de Marina, solo que ahora se trataba de su propio hijo. Tampoco estaba preparado para encontrárselo como al muchacho del pueblo que intentó subir por una de las cuerdas ni como a aquel que se colgó en mitad de la nada. Mientras estaba paralizado, pensando en todas las variables, incluso las más optimistas, apareció María, con decisión, y abrió la puerta de golpe.
Silencio.
María y Julián se miraron más o menos con la misma cara que cuando aparecieron las cuerdas: con la amarga mezcla de la sorpresa, el horror y la resignación. No se dijeron nada. ¿Qué se iban a decir? Bajaron las escaleras y se separaron. María se sentó en la cocina y Julián salió al patio. Allí, mirando a las nubes, a donde nacía su cuerda, se le vinieron tantas cosas a la boca que tuvo que apretar los dientes para que no se le escapara el vómito. Era insoportable pensar que la memoria sería a partir de ahora la única relación que podría mantener con su hijo.

Julián salió de casa con la misma decisión con que María abrió aquel día la puerta de Daniel. Habían sonado ya demasiadas sirenas desde entonces, y la vida, incomprensible, seguía adelante. Todos los que se cruzaron con él, sabían que iba a casa de Antonio, pero no tenían mucho más que decirle. Por si acaso, Julián se cuidaba de mirar a nadie a la cara. Estaba cansado de las palabras de ánimo, los ojos de pena, la maldición de Miguel el mudo, el Cristo quemado y todas las supersticiones mil veces repetidas en todos los rincones del pueblo. Qué más le daba a él todo eso, si la cuerda seguía ahí, en el patio, ondeando el recuerdo de todos los problemas. De qué servían las palabras de los demás si María no había vuelto a decir las suyas y a él se le estaba olvidando hasta su voz de tanto esfuerzo en recordar la de su hijo, por cuya habitación, y eso sí que era insoportable, tenía que pasar dos veces al día.
–Lo siento, Julián. Esta vez tampoco ha habido suerte.
Y Julián volvió a casa una vez más sabiendo que, si lo hubieran encontrado ahorcado, tampoco se lo habrían dicho.

*Este texto salió en el primer número de Calle del Aire, revista dirigida por Juan Bonilla y editada por Renacimiento.

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