El hombre que se libró de la pena de muerte

El hombre que se libró de la pena de muerte tenía un nombre corriente: William Johnson.

Aquello ocurrió en 2009. Yo no llevaba ni un año en el bufete de abogados del ilustre Felipe de las Casas, amigo de toda la vida de mi padre. Ambos mantenían, desde sus años mozos, una solemne tradición todos, absolutamente todos, los viernes del mundo. Ésta, comenzaba a la una en punto de la tarde, siempre en La Monumental, un bar rancio de Sevilla que heredó su nombre de una plaza de toros que estaba en ese lugar y que, antes de ser derribada para que se construyeran yo no sé cuántos bloques de piso, llegó a ser la más grande del mundo. Cuando acababan de almorzar, el dueño, un señor de ridículas patillas con la forma de Italia, las aquí conocidas como patillas rocieras, cerraba el bar para ellos y otros insignes parroquianos, y se sentaban todos alrededor de una mesa redonda a jugar a las cartas mientras bebían coñac y fumaban puros sin parar. Cuando caía la noche, completamente borrachos y casi sin un duro, llegaba el momento de hacer la siguiente parada de la tradición, aquella a la que se referían en clave como la última estación de penitencia, que no era otra cosa que la visita a su puticlub de confianza. Dios, tan hipócritamente presente para ellos en sus vidas, quiso poner a prueba a mi padre, y tanto mi hermana como yo vinimos al mundo en viernes. A ella la conoció al día siguiente de su nacimiento, pero conmigo hizo la de Jesucristo: resucitó al tercer día, y cuando salió de su habitación, todavía apestando a alcohol y listo para ducharse, yo ya estaba instalado en casa.

Nada más terminar Derecho, habiendo sido el primero de mi promoción –Premio Extraordinario de Fin de Estudios incluido–, mi padre habló con Felipe de las Casas, que me dio un puesto en su bufete, con despacho propio y secretaria, y como nunca fui yo de llevarle la contraria a mi padre, acabé rechazando ofertas muy importantes y suculentas para ser uno más en aquel despacho de abogados.

Mi vida estaba destinada a ser de lo más tranquila. Como era el protegido de Felipe de las Casas, los casos que me encomendaban eran los más sencillos, y en un año no había perdido ningún pleito, todos los ganaba sin despeinarme.

Fue entonces cuando me enfrasqué en lo imposible. Enrique Villegas y Rodrigo Escribano, naturales de Sevilla capital, veinticinco y veintiseis años respectivamente, salieron de sus casas un viernes noche. Vivían, cada uno con sus padres, en el barrio de El Porvenir, y eran vecinos y amigos de toda la vida. Dijeron en casa que iban a una fiesta de cumpleaños en un pueblo del Aljarafe llamado Palomares del Río, a unos veinte o veinticinco minutos en coche. Rodrigo Escribano llevaba un par de botellas de alcohol y refrescos en una bolsa de plástico, y Enrique Villegas conducía el monovolumen de su madre. Según los testigos, la fiesta transcurrió con total normalidad, y los dos muchachos estuvieron allí hasta las tres y cuarto de la madrugada. Su comportamiento no fue, en absoluto, anómalo, se emborracharon, como tenían previsto, al igual que todos, y nada más. A las tres y media pararon en una gasolinera self-service y repostaron diez euros de diesel, lo cual quedó registrado por las cámaras de seguridad. Cuando dieron las nueve de la mañana, ninguno de los dos había vuelto a su casa, y la madre de Enrique Villegas le mandó un mensaje de texto a la de Rodrigo Escribano para saber si su hijo había dormido allí, cuya respuesta fue “Yo pensé que el mío estaba en la tuya. Bueno, ya vendrán”. Supusieron que no les había pasado nada malo, pues no era la primera vez que dormían en el coche hasta que se les pasara el estado de embriaguez y así llegar a casa sin ser multados o causar alguna desgracia.

Cuando dieron las tres de la tarde, ya era muy extraño que no hubieran aparecido. Sus teléfonos móviles no daban señal, así que hicieron lo que todo el mundo suele hacer en estos casos, llamaron a la policía y a los hospitales. Según sus familiares, tanto Enrique Villegas como Rodrigo Escribano solían andarse con misterios cuando se juntaban, y casi nunca decían la verdad acerca del destino de sus salidas. No les gustaba estar localizados, por lo general, pero, según lo que se pudo comprobar, aquel día no mintieron, extrañamente, a tenor de las fotos que subieron algunos de los asistentes a la fiesta a las redes sociales y los testimonios que éstos dieron a la policía.

A las diez de la noche del sábado, dieciocho horas y media desde la última vez que se supo de ellos por las cámaras de seguridad de la gasolinera, en la jefatura de la Policía Nacional de Sevilla, se recibió un fax desde la comisaría del Condado de Boone, en Nebraska. Según la documentación que encontraron, los dos cadáveres hallados tras un granero de las afueras de Primrose, un pueblecito de poco más de cincuenta habitantes, eran los de Enrique Villegas y Rodrigo Escribano.

William Johnson llamó a la policía para entregarse a las once de la noche del viernes, hora local. Por lo visto, había matado a dos muchachos. Cuando le tomaron declaración, aquel hombre se deshacía en llantos. Su perra Laika, contó, una vieja pastora alemana de mirada dulcificada por culpa de unas inoportunas cataratas celestes, ladraba ruidosamente y respiraba con fuerza a través de la rendija inferior de la puerta trasera de la casa, como queriendo salir con urgencia. William Johnson vociferó algún que otro exabrupto, no se explicaba el comportamiento de su perra porque hacía poco que había vuelto de hacer sus necesidades, pero aún así le abrió. Laika corrió a toda velocidad hacia detrás del viejo granero, como si hubiera advertido una presencia intrusa, así que William Johnson cogió su escopeta de dos cañones y fue avanzando entre la hierba y bajo un cielo cubierto de estrellas pero sin luna, en dirección a los fieros ladridos de su fiel compañera. Allí se topó con un coche con el motor apagado, y, alrededor de él, a un muchacho con los pantalones a medio subir que corría perseguido por Laika. Cuando éste vio a William Johnson, se dirigió a él en un idioma extraño, y, al sentirse amenazado, como buen estadounidense, le disparó por si acaso. Tras la detonación, otro joven salió del coche y, sin pensárselo tampoco, le disparó el cartucho que le quedaba en la escopeta. Ambos murieron en el acto.

A instancias de la policía, las familias de Enrique Villegas y Rodrigo Escribano, en lo que pensaron que era un macabro e imposibilísimo error, enviaron muestras de ADN para cotejarlas con los cadáveres. No podían ser ellos. A pesar de las fotos que la policía les mostró de los rostros yermos de los dos muchachos, amén de los efectos personales que llevaban encima y el coche, que coincidía en modelo, color y matrícula –había, incluso, una foto del interior del vehículo, en donde podía verse el rosario que la familia de Enrique Villegas tenía por costumbre colocar en el retrovisor interior de cada coche que tuvieron desde el primero hasta ese–, aquello no podía ser otra cosa que una mala broma.

Quince días después, llegaron dos ataúdes, iguales y sin crucifijo, en un avión del ejército americano a la base de Morón de la Frontera. Lo único que los diferenciaba eran unos zafios folios que ponían sus nombres de pila y que, para colmo, estaban equivocados.

William Johnson pasó las setenta y dos horas posteriores a la llegada de la policía forense al lugar de los hechos en un calabozo y luego fue puesto en libertad sin cargos. No se celebró juicio alguno. Las autoridades competentes de ambos países determinaron que William Johnson no debió matar a aquellos dos muchachos, aquello no podía ser catalogado como un homicidio, aunque, rigurosamente hablando, lo fuera. Enrique Villegas y Rodrigo Escribano, de manera absolutamente inconcebible –los testimonios, fotografías incluidas, no dejan margen de error, y las cámaras de seguridad de la gasolinera aún menos–, se encontraban a más de siete mil kilómetros de Primrose sólo tres horas antes de que se registrara la llamada de William Johnson a la policía para confesar los hechos.

Las familias de Enrique Villegas y Rodrigo Escribano contrataron los servicios del bufete de Felipe de las Casas, y me encargaron el caso a mí porque sabían que yo no era capaz de llevarle la contraria a nadie fuera de un juzgado. Me costó mucho trabajo convencer a aquellas dos familias, desoladas por la tragedia, que aquel buen hombre de campo, sin antecedentes penales y que llevaba una vida solitaria desde la muerte de su esposa en los años ochenta, habría sido condenado a la pena capital por el Estado de Nebraska en cualquier circunstancia posible, pero en el caso de sus hijos no, pues la justicia no contempla las variantes de lo imposible.

A lo largo de toda mi vida, pensé, todos cometemos errores. Cada día se cometen fallos, tanto en el ámbito profesional como en la vida privada. El café que se derrama, la sopa que quema la lengua o el leve golpe con el coche de detrás al aparcar. Salir sin paraguas cuando las nubes amenazan con agua, no llevar ropa lo suficientemente abrigada o llegar tarde al trabajo pensando que da tiempo suficiente. Y así sucesivamente. Luego está lo que no se puede saber, lo que no puede ser considerado como un error, como cuando se elige el carril más lento en un atasco o se va a una tienda a comprar algo y ya no queda. Pero para lo que uno nunca puede estar preparado es para lo que no puede ser, por eso, cada vez que alguien hace un truco de magia las bocas de los testigos se desencajan, pero al fin y al cabo eso es inofensivo porque tiene explicación. El problema viene cuando te despiertas una mañana y la televisión del salón está dentro de la bañera como si nada, sin que haya signos de que nadie haya entrado a casa, cuando vas conduciendo por una carretera secundaria y te encuentras andando por el arcén a una silueta negra que mide cuatro metros de alta o cuando un coche con dos muchachos se volatiliza y aparecen instantáneamente a miles de kilómetros de donde desaparecieron. Y cuando ocurren cosas así –porque ocurren–, cuando las leyes de lo racional cometen errores, se suceden los acontecimientos irracionales.

Un mes después del fatal acontecimiento, William Johnson, el hombre que se salvó de la pena de muerte, se disparó en la cara con la misma escopeta con la que mató a Enrique Villegas y Rodrigo Escribano, cuyo primer cartucho fue utilizado contra su perra Laika, en un acto de abominable humanidad. No se encontró ninguna nota de suicido junto al cuerpo. Tampoco hacía falta.

Lo único que pude hacer cuando me enteré de aquello fue llamar a Felipe de las Casas para comunicarle mi dimisión irrevocable. Como era viernes, le dije también que, a partir de entonces, me uniría a la tradición, última estación de penitencia incluida, ya que, si la realidad puede equivocarse tan gravemente, ¿por qué no iba a fallar yo también?

 


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