Tres palabras

Tres palabras de mi hermano habían bastado para volver a casa después de tanto tiempo: mamá ha muerto.
Atravesé la cocina y el pasillo y llegué a mi habitación. En el colchón desnudo sobre el que dormí toda mi infancia encontré ocho calendarios de adviento –de esos en los que debajo de cada día se esconde una chocolatina– como recordatorio salvaje de cada uno de los años que llevaba sin aparecer por casa. Si no me derrumbé en ese momento fue porque temía que mi padre apareciese de repente y me viera así, aunque la verdad es que él no quería saber nada de mí. Poco antes, cuando me vio llegar cargando el mismo macuto con el que me marché, estaba en la puerta fumando uno de sus puros finos, con la cabeza envuelta en humo, casi como lo recordaba, sin facciones. Me reconoció, escupió un gargajo al suelo y se metió dentro: las cosas entre nosotros seguían donde las dejamos. Daban igual el tiempo y las circunstancias. Sabía que no era bienvenido, pero ¿qué esperaba? Yo tenía que estar allí.
Mamá te siguió comprando uno todos los años, como siempre, escuché que me decía una voz de hombre. Me giré y vi a mi hermano Leopoldo, que antes de que me diera la vuelta del todo me estaba abrazando como nunca lo había hecho. Estaba enorme, tan alto como yo, y se lo dije, al final saliste también como papá, con el miedo que tenías de quedarte chico, ¿cuánto mides ya? Yo me quedé en uno noventa y tres. Por ahí ando yo, me tuvieron que cambiar la cama y todo. ¿Sigues viviendo aquí? Qué voy a hacer, si trabajo con papá en el campo. No me da para más. ¿Te quedas mucho? Pasado mañana me vuelvo. Bueno, a ver cómo duermes con los pies colgando. Oye, ¿dónde están mis cosas? Las vendimos. ¿Todo? Todo. Lo único que mamá no dejó salir de aquí fue tu cama. Se había estropeado el aire acondicionado viejo del salón y tuvimos que poner otro. Entiendo, no me acordaba de este calor. Ahora te saco un ventilador que tenemos guardado, espero que funcione. Ah, espera, te doy ropa de cama. Y desapareció por el pasillo.
A excepción de mi cuarto, por lo que había podido ver, la casa no había cambiado nada. Seguía siendo tan oscura y simple como yo la dejé, aunque no sé qué esperaba. ¿Por qué tenía que haber cambiado en mi ausencia? Al fin y al cabo, esa era la casa de mi padre, siempre se encargó de hacerlo saber, incluso varias veces al día. ¡Esta es mi puta casa y aquí se hace lo que yo diga! ¡Y quien no quiera, a la puta calle! Así que eso hice en cuanto pude y no volví hasta aquel día a ese lugar que estaba –acababa de caer en la cuenta– hecho a su imagen y semejanza.

Después de arreglarme fui hasta el salón y me senté lo más cerca posible de mi madre. Había mucha gente. Para mi espanto, las viejas de mi pueblo aún seguían con vida. ¿Cómo era posible? Fueron viejas siempre, desde que las vi por primera vez, cuando era pequeño. Habían sobrevivido a mi madre, que, aunque no era muy mayor, había muerto, según el médico, por causas naturales. No comprendía esa naturaleza. Esas viejas, en cuanto me vieron, se me acercaron y besaron mi cara, cada una mil veces en cada mejilla, con labios húmedos y asquerosos, y me dijeron qué pena más grande, pero qué alegría que estés aquí acompañando a tu madre, que tanto te quería y te extrañaba, todo eso a centímetros de mi nariz, disparando balines de saliva con sus alientos decrépitos de poza séptica. También fueron llegando familiares, tíos y tías y primos y primas, en un goteo interminable, y me saludaron con afecto, o no, o no tanto, ya no sé. Algunos –se notaba mucho– venían envenenados por mi padre, pero yo ponía cara de afecto –o de afectación, ya no sé– mientras las horas se deslizaban lentamente entre susurros de rezo y alguna risa sostenida de gente que había venido por compromiso y contaba los minutos para irse.
A la noche, los bostezos se volvieron contagiosos. ¿Acaso es necesario pasar por eso? ¿De verdad hay que esperar veinticuatro horas a los pies de un muerto por si acaso despierta de golpe? Imaginé, durante aquella madrugada eterna, que pasaba exactamente eso, que mi madre volvía a la vida como si le acabaran de hacer una ahogadilla inesperada, respirando fuerte y con ojos de espanto, y que todas esas viejas, las únicas que quedaban aparte de nosotros, se iban a sus casas corriendo o se morían ahí mismo del susto. Pero no pasó. Tampoco parecía que pasaran las horas, quizá por ese calor tan horrible, que lo empeoraba todo, y eso pese a que el aire acondicionado por el que cambiaron mi cuarto entero estaba encendido todo el tiempo. No sé cómo no morimos todos por alguna cosa u otra, fue un auténtico milagro.
Por fin dieron las doce de la mañana y empezó la misa. El cura dijo, entre otras muchas cosas irreproducibles, que mi madre estaba tomando el descanso eterno, un descanso que deseé, incluso –qué suerte la tuya, le dije mentalmente al féretro–, mientras el pueblo entero pasó a darnos el pésame por segunda vez. Salimos de la iglesia y acompañamos al coche fúnebre hasta el cementerio. Funeraria La Esperanza, ponía en el cristal trasero del Mercedes azul marino que a saber a cuántos muertos habría llevado. Funeraria La Esperanza, repetía para mis adentros. ¿Qué esperanza puede albergar el cliente? ¿La de resucitar?  Era completamente absurdo. Todo el entorno parecía empeñarse en que yo no llorara por nada del mundo.
Pensando en todo esto, enfadado, en definitiva, me vi sorprendido por los desagradables sonidos del cementerio. Yo pensaba que aquel era un lugar silencioso, que los entierros eran algo solemne, pero a mi madre la iban a meter en uno de los nichos de arriba, el quinto empezando por el suelo, y para ello pusieron el ataúd en una especie de andamio que subía poco a poco accionando un botón. Aquel ruido me recordó al de la licuadora con la que me hago mis zumos de pera y plátano, pero multiplicado por un millón, y me acordé del detalle de quien maquilló a mi madre, que debía ser una persona muy sensible ya que había tenido el detalle de ponerle unos tapones de cera en las orejas. Aparte de ese sonido como de cadenas arrastrando piedras gigantescas, acompañando a la orquesta de los horrores había una zafia hormigonera haciendo mezcla para tapar, provisionalmente, el agujero donde estaban metiendo a mi madre. En las películas era todo tan bonito que había llegado a pensar que morirse no era para tanto, pero supongo que no he visto nunca ninguna sobre gente tan humilde como nosotros. Lo último que vi, por fin, de todo aquello, fue cómo el empleado del cementerio, que tenía un cigarro encendido en la comisura de sus labios, ponía con su dedo el número 83 sobre el cemento fresco, pero me negué a buscarle una explicación lógica. Ya no podía más. De vuelta al mundo de los vivos, no hablé con nadie. Ni con mi hermano ni mucho menos con mi padre. Tampoco se me acercaron los amigos de siempre a decirme nada ni a ofrecerme algún plan por los viejos tiempos –y menos mal– porque, yo qué sé, lo mismo pensaban igual que yo, que a mí a dónde me iban a llevar en aquel lugar inmundo.

Entré a casa y me fui directo a mi habitación. Estaba muerto. Me tumbé en la cama donde tanto miedo pasé durante tanto tiempo y me sumí en el calor de toda la vida. Toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc. El ventilador parecía estar sufriendo más y más por cada vuelta, y todo para nada. Llevaba dos días sin pegar ojo y me seguía resultando imposible dormir. Supongo que fueron las viejas las que infundieron en mí todas las ideas homicidas que albergaba en ese momento. Eso y la rabia por haberle dado el sofocón a mi madre, que tanto me quiso, y que siempre me esperó de vuelta. Mi hermano había crecido bien, era evidente, pero le veía gestos similares a mi padre, sobre todo en cómo miraba a las personas, de forma desconfiada, como hacen los que se saben para siempre muy pobres, y eso me daba tanta pena. Me quería, y yo a él, pero la distancia que puse de por medio en los días cruciales de su vida, el haberlo dejado solo para que mi padre lo convirtiera en su viva imagen y en su vivo espíritu, le pasó factura conmigo. Agotado de recorrer tantos años a través de recuerdos tan dolorosos, acabé cayendo, supongo, por fuerza mayor y a pesar del miedo a que en mitad del sueño me despertara mi padre a golpes por cualquier historia que no tuviera que ver conmigo.

Pero no ocurrió nada ni parecido. O sí. Estaba dormido y la prueba fue que me desvelé repentinamente después de sentir algo. Qué extraño, pensé. Fue un leve –levísimo–, contacto. Como el roce de una mano. No, más concreto: como el dorso de una mano que acariciaba mi cuello de abajo a arriba y continuaba, de manera natural, hasta que el último de los supuestos dedos pasaba por la arista de mi picuda barbilla. Abrí los ojos y me incorporé un poco asustado, pero no veía nada. Toc, toc, toc, toc, toc. Apagué a tientas el ventilador y encendí la luz: la puerta de mi habitación se mantenía cerrada. No había nadie allí, menos mal. Sentado al borde de la cama concluí que, o bien lo había soñado o, por imposible que pudiera parecer, el ventilador había movido la sábana desde mis pies hasta mi cara y la punta me había acariciado, así como lo sentí, para luego volver ipso facto al lugar donde estaba cuando la miré. Ya está, me dije, tu madre se ha muerto, estás cansado, eso es todo…, pero no logré tranquilizarme ni dormir ni un segundo más.

Esperé a que se hiciera de día para salir, con la maleta hecha, incluso, y desayunar algo antes de irme. Me asomé a la cocina y vi a mi hermano mojando una galleta en la leche, mirando a la nada. ¿Y papá?, le pregunté en voz baja. Se ha ido temprano al bar. Mejor, no quería encontrármelo aquí desayunando, qué incómodo, ¿no crees? No se ha ido para no verte, lo hace siempre, ¿no te acuerdas ya? Se toma el aguardiente y así todos los días, allí metido, hasta que llegue la siembra. Por cierto, ¿has dormido bien con los pies colgando? Bueno, más o menos, por un día no pasa nada.
Se hizo el silencio. Leopoldo volvió a mirar a la nada con la galleta deshaciéndose en la leche. ¿En qué pensará?
Oye, me dijo como volviendo en sí, anoche viniste a mi cuarto, ¿no? Me acabo de acordar. ¿A tu cuarto? No salí en toda la noche, cerré la puerta y hasta ahora. ¿Cómo que no? Te vi. ¿Cómo que me viste? Pues eso, te vi: estaba durmiendo y me desperté porque sentí como que me tocaban la barbilla, qué raro, ¿no? Y cuando abrí los ojos vi tu silueta, o más bien tu sombra, larga y canija, saliendo de mi cuarto y yendo hacia el tuyo.
Rompí a llorar; salí de allí; y hasta hoy.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.