Domingo y Pepa: historia de una pintada

Hace un tiempo, en uno de los muros del instituto Julio Verne de Sevilla, me encontré una pintada que me llamó la atención. Con una destreza más que digna para lo que suelen ser esos grafitis, alguien había pintado dos nombres y un corazón entre ellos como símbolo inapelable del amor que los unía. Aparentemente no tenía nada de raro, todo el mundo ve a diario algo así, pero había un detalle que me intrigaba: aquellos no eran los nombres que uno está acostumbrado a ver, entre dibujos obscenos e insultos varios, en ese tipo de paredes. Para ser más concreto en lo que quiero decir: los nombres en cuestión eran Domingo y Pepa, pero los niños y las niñas ya no se llaman así. Saqué el móvil, le hice una foto como si se tratara de una pieza más del museo de la curiosidad que guardo en mi galería y me fui con cierta sensación de extrañeza a seguir con mi vida.

Pasaron un par de años, quizá –la pandemia me ha hecho perder un poco la noción del tiempo–, y el azar me llevó a realizar unas gestiones cerca del lugar. No diré que aquello me robara el sueño, pero reconozco aquí que de vez en cuando me sorprendía pensando en ello. El mismo día que fotografié la pintada lo comenté en mi entorno, pero no era algo que le interesara a nadie por más de un minuto, aunque insistiese. El paisaje lingüístico es llamativo, a veces, pero no da mucho más de sí. Cuando terminé lo que fui a hacer por la zona, decidí acercarme a comprobar si seguían los nombres y el corazón. ¿Por qué? Todavía no lo sé. Ya tenía una foto, y tampoco es que la hubiera mirado mucho, siquiera. Me acordaba a veces, ya está. ¿Buscaba algo más? Mientras pensaba en todo esto, aparqué en la puerta delantera del instituto. Giré la esquina para avanzar por uno de los laterales y allí me di de bruces con una realidad que no esperaba: ese largo muro junto al que estaba caminando había sido decorado con grafitis increíbles, auténticas obras de arte urbano, como lo llaman en la tele. Ya está, me dije, alguien ha decidido optar por el viejo truco de encargar a grafiteros de verdad que llenen las paredes con sus piezas para que los niñatos no lo ensucien todo de firmas horribles, insultos y palabrotas. De toda la vida, a quien le da por esto último se le suele encoger el dedo a la hora de pulverizar la pintura sobre una pared que ha sido pintada por un verdadero genio del spray. El respeto a los maestros, supongo. La lógica, en ese momento, indicaba que todos los muros estarían así, pero si no me di la vuelta fue porque, por mi estúpida inseguridad, me da mucha vergüenza girarme en mitad de una calle, sin más, y que un observador externo piense que estoy loco o se ría de mí imaginando que he olvidado algo importante. Antes de aparcar, había una parte de mí que temía que estuviera pisada por el spray de un verdadero vándalo, pero lo que estaba viendo, en realidad, no estaba tan mal. Lo prefería, puestos a elegir. Prefería que, en caso de estar tapada, fuera por algo que mereciera la pena. Pero cuando giré la esquina, para mi sorpresa, vi que el presupuesto no había llegado para cubrir todos los muros: allí seguía, incólume, la pintada de Domingo y Pepa. Un poco menos brillante, eso sí, pero entera, con su misterio intacto, sin la maleza de aerosoles extraños por encima. En ese momento volvieron algunas preguntas de la primera vez, preguntas absurdas que me surgen a menudo cuando veo una pintada similar, de menores proporciones, en el cristal de un autobús o en un cuadro eléctrico en mitad de cualquier calle, que a veces vienen acompañadas por una fecha; preguntas acerca de la duración de los amores: ¿seguirán juntos? ¿Se acordarán de dónde pintarrajearon el anuncio de ese amor? ¿Habrá alguien que, una vez rota la relación, vuelva a esos sitios para tachar su nombre? Una imagen desagradable que se me viene a la cabeza al respecto: esas pintadas, generalmente a rotulador, son iguales que las lápidas, que en los cementerios proclaman que entre un día y otro hubo una vida de la que ya sólo queda eso. Si se pudiera comprobar de alguna manera, estoy convencido de que casi todas esas inscripciones hacen referencia a un amor que ya murió. Sea como sea, mi pintada, pues ya era un poco algo que yo atesoraba para mí solo, estaba ante mis ojos de nuevo y yo no quería pensar en este tipo de cosas. Domingo y Pepa tenían que seguir juntos, construyendo su vida en común para siempre, aunque fuera sólo en mi cabeza, que es donde ocurren todas las cosas que existen, sean verdad o no.

Es en este momento donde todo empieza a torcerse, no hay otra forma de decirlo. En muchas ocasiones he creído recibir la visita de lo extraordinario –incluso una vez, lo juraría bajo tortura, fui testigo de la aparición de un fantasma–, pero esto es demasiado. Yo estoy en la acera de enfrente de la pintada, observándola en silencio, cuando aparece un señor cargado con bolsas de la compra que viene en mi dirección. Me bajo a la calzada para que pase y darle la distancia de seguridad recomendada en estos tiempos que corren, pero cuando está a mi altura noto que se para. Lo tengo exactamente a mi espalda cuando escucho cómo suelta las bolsas en el suelo. De nuevo entra en juego mi inseguridad: hago como si nada, me parece de mal gusto girarme a mirar a esa persona a la cara, ¿por qué no puede pararse ahí, sin más? Los segundos corren despacio, no resulta agradable que alguien desconocido se pare detrás de ti junto a un descampado, esa es la verdad. Sin que pueda hacer nada para evitarlo, el hombre me apuñala con un cuchillo invisible de cinco palabras: eso-lo-hizo-mi-padre. Me giro, es obvio que es a mí, pero no le digo nada. El qué, pienso, ¿el instituto? ¿El muro? Ese señor, que tiene unos sesenta años, el pelo totalmente blanco y los ojos azules, parece que sabe leer las mentes confusas y me especifica con un tono de voz sin fisuras: Domingo y Pepa son mis padres. El cuchillo penetra un poco más en mí, sangro:

–¿Cómo? –logro balbucir.

–Eso lo pintó mi padre –me dice señalando con la barbilla.

Domingo y Pepa pasan de estar pintados en un muro a sentarse conmigo en la mesa camilla de un salón inundado por el riquísimo olor de un puchero que se está cocinando. La secuencia de los hechos que van desde Manuel Jesús, el hombre de las bolsas que decía ser su hijo, hasta este momento ha sido la siguiente: PCR negativa, autoconfinamiento estricto de diez días y timbrazo. Y muchas preguntas que me hice durante todo este tiempo y que ahora que los tengo delante no voy a hacerles. No hace falta. «Yo estaba tristona», dice Pepa. «Nos casamos en el 67, es que hace nada que éramos unos niños. Ya ves, de eso hace toda una vida. No quería saber nada de bodas de oro ni de la leche que mamó». Domingo se ríe y yo intento aguantar el tipo: la estampa me tiene sobrecogido. Él lleva mucho mejor que ella lo del paso del tiempo, aunque, me confiesa, a veces lo piensa y se le saltan las lágrimas. «La verdad es que la historia no tiene mucho, ella no quería celebrar los cincuenta años, tenía un disgusto con eso. Pero yo cómo voy a dejar pasarlo, después de todo lo que hemos luchado en esta vida hasta llegar aquí. Como me advirtió que no quería regalo, tuve que pensar qué hacer para tener un detalle, aunque sea. Ya está, le escribo una carta, pero claro, cartas mías tiene muchas de cuando éramos novios y de sus cumpleaños, que tengo la costumbre de escribirle. No, no. ¿Unas flores? Vale, unas flores, pero algo más, algo más. Cuando faltaba una semana, mira tú qué cosa, le dije que quería bailar, me apetecía en ese momento porque mi hijo me había regalado hacía poco un cacharro y me había metido ahí nuestras canciones favoritas, a Pepa eso de la música de nuestros tiempos no le hace gracia, pero ese día estaba yo contento y quería que bailásemos aquí en el salón. Y ella me dijo que no, que ya no éramos unos chiquillos, que le dolía no sé qué, en fin, yo me enfadé y dije: ¿no? Y me vino una revelación». Ella lo interrumpe de repente: «¿Te puedes creer que no me separo de él para nada, para nada, y aun así la que me lía?  Mira, nosotros pasamos todos los días por ese colegio para hacer los mandados. Ahora con el virus no salimos de casa, apenas, pero por ahí pasábamos dos veces al día, y yo se lo decía: hay que ver los niños cómo son pintando las paredes estas, ¿no les da nada? Tú imagínate mi cara, que cuando estamos llegando vemos en la esquina a un muchacho con un ramo de flores grandísimo. ¿Yo qué me iba a esperar? Mira ese, le dije a mi marido, que lo han dejado tirado, pobrecito. ¿Tirado? Cuando estamos cerca se viene para nosotros, yo creía que nos iba a preguntar por una calle cuando me plantó el ramo en los brazos, ¡qué cosa más bonita! La verdad que me gustó mucho eso, no te voy a mentir. Y ya lo otro me dejó a cuadros. Me dice mi Domingo: mira eso, ¿es nuevo? Y miro y, ay, qué cosa más bonita, por Dios, ay, ay, ay, ay». Cuando llegamos a este punto yo estoy completamente quebrado. Domingo y Pepa se miran como sólo se pueden mirar quienes han visto venir ya todo y aun así se siguen queriendo. Cómo iba yo a imaginar, cuando vi la pintada por primera vez, que ante mis ojos tenía toda una vida. Ellos me contaron, de mil formas diferentes, lo mucho que se habían querido siempre. Y cuando digo siempre, quiero decir también para siempre, me lo dejaron muy claro. «Yo es que le digo a la Pepa que qué más da el tiempo, si nosotros seguimos siendo los mismos. Lo único, que nos cansamos antes, tenemos alguna arruga, algún achaque, pero seguimos siendo los chiquillos que se conocieron en el colegio hace ya más de setenta años y hemos llegado hasta aquí casi sin darnos cuenta. Yo había visto que esto era lo que hacían los niños y las niñas de hoy en día, que algunos se declaran su amor así, pintando sus nombres en la pared. Nosotros seremos ya viejos, pero nuestro amor sigue siendo puro como entonces, se mantiene con la misma energía. Nuestro amor, ¿verdad, Pepa? Nuestro amor siempre será joven».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.