Triste tradición familiar

Todo estaba dispuesto. Desde la cama, donde Cristóbal estaba recostado, oía cómo la bañera se iba llenando de agua lentamente. El grifo estaba abierto sólo a medias; parecía querer alargar aquello todo lo posible, y, mientras tanto, repasaba todo lo que le quedaba por hacer. Tenía que elegir la ropa adecuada para el momento, comerse un pastelito –su favorito– de una confitería muy famosa que había cerca de su casa y que tenía sobre la mesilla, y tomarse un diazepam. O dos. Eso también era importante. Sabía que, si no se la tomaba, le resultaría imposible afrontar aquello. Tenía, además, que escribir una nota, pero no sabía ni cómo empezarla. Le parecía tan difícil.

Por las grandes ventanas de la habitación tenía una bonita panorámica de su inmenso jardín. Veía la hierba que cuidadosamente había cortado esa mañana él mismo –quiso darse ese placer y le había dado el día libre a su jardinero– y los exóticos árboles, que nunca supo cómo se llamaban, y que poblaban todo el terreno de la casa señorial que heredó cuando su padre se mató, precisamente colgándose de uno de ellos, a la edad de cuarenta años y un día.

Pensaba irremediablemente en él, al que imaginó, en su momento, en aquella misma habitación y pensando en cosas parecidas, en un día como aquel, pensando a su vez en el suyo, que también habría de pensar en su padre cuando le llegó aquel momento al que tradicionalmente había de llegar cada uno de los primogénitos de su ilustre apellido.

Abajo sonó el teléfono, pero Cristóbal no hizo ademán de ir a cogerlo. Simplemente se limitó a escuchar la estridencia de aquellos timbrazos como quien oye cantar a un pájaro. Se incorporó y anduvo hacia el umbral del cuarto de baño para ver por dónde iba ya el agua. Miró su reloj e hizo mentalmente un cálculo, no para ver a qué hora iba estar listo del todo, sino para asegurarse de que tenía tiempo suficiente antes de que llegara su mujer con sus dos hijos, que habían ido a una tienda del centro a descambiar una camisa que le regalaron el día anterior, que había sido su cumpleaños.

Hasta eso estaba previsto. No había dejado nada a la improvisación. A la fiesta de anoche había venido toda su familia. No faltó nadie, y lo pasaron tan bien y bebieron tanto como si aquella fuera la última fiesta que iban a hacer todos juntos. Su hijo mayor se bebió su primer whisky y se fumó su primer puro, o, al menos, eso decía él, y su hija pequeña tocó una pieza para violín que había estado ensayando desde hacía un año y que hizo las delicias de todos los asistentes, especialmente de su padre. Estaba tan guapa, con su pelo rubio, sus ojos celestes, sus mejillas rosadas y a juego con su vestido, que pensó que aquella era la imagen que le gustaría que se le viniera a la mente en el momento exacto en que su corazón latiera por última vez.

Su mujer, sin embargo, no le dirigió ni una sonrisa en toda la noche. Tenía la mirada como la de un capitán que, desde el bote salvavidas, está viendo cómo se hunde irremisiblemente su barco sin él dentro. Recordando la noche anterior, Cristóbal estuvo a punto de vaciar la bañera, pero el compromiso era ya ineludible. No iba a ser él, el primero en deshonrar aquella tradición que había instaurado el abuelo del abuelo de su abuelo hacía más de doscientos años. Había que hacerlo, sin más, por muy desagradable que fuera para todos. Era parte de la historia de la familia, de la herencia, y llevaba más de media vida preparándose para ese momento, por mucho que dudara en esos últimos instantes.

Ya no podía demorarse mucho más, así que se aproximó a la bañera y, esta vez sí, abrió por completo el grifo. Volvió sobre sus pasos, recorrió su habitación hasta el fondo y entró en el vestidor. Abrió un armario, y luego otro, y otro, y otro. Decidió que debía vestirse de la forma más elegante posible, como hizo su padre, cuya imagen, aquel día, jamás pudo borrar de su mente, y dudó entre el esmoquin que llevó a la boda de su prima, la duquesa, o el frac que llevó al bautizo de la hija del rey. Mejor el esmoquin, más familiar. Quiero que me encuentren radiante, pese a todo, pensó. Lo colocó sobre la silla que había enfrente de su cama, delante del espejo del siglo xvi donde tantos antepasados ilustres se miraron antes de cada gran o pequeño acontecimiento, cada cena de gala, cada recepción, y pensó que ya le gustaría que hubiera detrás de él una trampilla, desconocida por todos, por donde poder escaparse de aquel momento tan tradicional y triste a la vez.

Volvió a entrar en el cuarto de baño para cerrar el grifo. Se echó la mano de nuevo al reloj, esta vez para quitárselo y no para consultar la hora, pues tenía que vestirse y le iba a estorbar.

Se puso los calcetines que llevaban bordado el escudo de la familia a la altura de los tobillos, y se los subió justo hasta debajo de las rodillas. Luego los pantalones, sin abrochar, luego la camisa blanca abotonada hasta arriba, sin gemelos en las muñecas –siempre le parecieron incómodos–, y cuando se la metió por dentro del pantalón, se lo abrochó y se subió la cremallera. A continuación, se puso la pajarita, que ya estaba preparada sólo para ajustarla a su cuello, y luego metió cada brazo por cada tirante, por costumbre, o más bien por tonta superstición, primero el derecho, y luego el izquierdo, y finalmente se colocó la chaqueta, cada brazo en el mismo orden. Un hombre se viste primero por los pies, dijo en voz alta.

Se acercó a la mesilla y se comió el pastelito, saboreándolo, dándose ese gusto, pensando en el agua, que había de estar hirviendo aún, y se tragó la pastilla de cinco miligramos de diazepam. Se sentó en la silla donde, hasta hacía nada, había estado colocado el esmoquin, y abrió una cajita de madera tallada donde guardaba los sobres, los sellos, el lacre con el escudo heráldico de la familia y el abrecartas, una pieza labrada por un famoso espadero hacía más de cinco siglos que había sido recientemente afilada.

Ahí sentado, pensó un momento en lo que iba a escribir, se apretó los ojos con el pulgar y el índice. Debe quedar constancia de lo mucho que quiero a…

Mientras pensaba aquello, sintió cómo se cerraba la puerta principal de la casa. Su mujer y sus hijos acababan de regresar. Oyó cómo alguien subía por las escaleras, y, por la cadencia, supo que era su esposa. No le había dado tiempo a terminar con todo, pero daba igual.

Se abrió la puerta de la habitación.

–¿Todavía estás así? –preguntó nada más verlo– El general Varela debe estar a punto de llegar con el director de la academia militar y toda su cohorte. Tu hijo está tan nervioso. Me ha dicho que apenas le quedaban unas cosas por meter en su maleta. ¿Qué es eso? ¿Estabas escribiendo la nota? No te olvides de meter el cheque en el sobre.

Y mientras decía todo eso, se desnudó, se quitó las joyas y se metió en la bañera.

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