Trastorno del sueño

La otra noche me acosté recordando una entrevista a Enrique Vila-Matas que no sé si fue real o me la inventé. En ella, y siempre según mi recuerdo, al escritor le preguntaban que de dónde sacaba todas las frases que en sus libros atribuye a innumerables literatos, que si eran reales o se las inventaba. Vila-Matas se reía ante aquella interpelación y admitía, a la vez, que no recordaba si se las inventaba o eran reales. Esto nunca se lo he contado a nadie, pero lo cierto es que, repasando mi vieja libreta de notas, me di cuenta de que la tenía llenas de citas de autores que no había leído y que sabía que las había sacado de las novelas de Vila-Matas, y que, incluso, en algunas ocasiones las había utilizado fuera del ámbito privado. Me encantan las citas, lo reconozco, y nunca nadie me ha dicho que una cita no pertenecía a la persona que yo decía que la había dicho porque es imposible saber todo lo que nadie ha podido decir en un momento determinado porque hoy en día nadie es Borges, y ni así, creo yo. Pensando en esto, apagué la lamparita de mi mesita de noche y me acosté. No me gusta irme a dormir dándole vueltas a la cabeza, no soporto soñar, me parece preciosamente inútil. Para mí soñar es como que te hagan creer que el número que tienes en el boleto de lotería que compraste ha sido premiado, que ves tu vida solucionada durante un corto espacio de tiempo, hasta que el bromista, riendo, confiesa y vuelves a ser pobre.

No recuerdo haber dado demasiadas vueltas en la cama, pero supongo que las di porque desperté sobre mi brazo izquierdo, sobre el cual sentía ese desagradable cosquilleo de cuando no corre apenas sangre por alguna parte de tu cuerpo. Lo peor no fue eso, para mi desgracia, pues no sólo había soñado sino que además lo recordaba perfectamente.

Iba yo de copiloto en un coche normal. El conductor, o conductora, era alguien conocido al que no veía la cara con quien hablaba de cosas superfluas. Íbamos lentamente por el carril derecho de una avenida arbolada de una ciudad que no era la mía y miraba, sin ver, por mi ventana. En un momento determinado le dije a quien llevaba el coche que parara, que tenía que comprar tabaco. Me bajé con el coche casi en marcha y anduve unos pasos hasta un quiosco que había en mitad de la acera y que acabábamos de pasar. Era un quiosco de lona, como los de antaño, con una mesa larga a modo de mostrador y expositor a la vez, donde estaban los periódicos del día. ¿Vende tabaco? Póngame un paquete de Lucky Strike. Aquel hombre levantó algo que había encima de una caja de la que sacó las cajetillas, y le dije que mejor me pusiese dos. Mientras los sacaba abrí mi cartera y cogí un billete de veinte euros para pagar, que era todo el dinero que había en mi cartera. Me puso los paquetes sobre un periódico indeterminado y le entregué el billete.

Y en ese momento, como si hubiera invocado a las ánimas benditas para que me despertasen, salí del sueño de golpe y algo azorado. Tenía la sensación de que no había sido un sueño sino un recuerdo. En mí se mantenía vívidamente la sensación de que aquel hombre me tenía que dar el cambio del billete de veinte euros y no me lo había dado. Intenté volver a dormirme y no pude. Quería volver al sueño, quería mi cambio, o ver qué pasaba, pero no lo conseguí. Otras veces sí me había ocurrido. Soñaba con algo, despertaba levemente, pensaba en ello de nuevo y, como por arte de magia, volvía a ese plano de la irrealidad. Un tiempo indeterminado después de intentarlo, decidí levantarme. Lo hice de mal humor, la verdad. Seguía nervioso y no entendía por qué, si sólo había sido un sueño. Fui al cuarto de baño a lavarme la cara y después me preparé un zumo de naranja. La sensación no se iba. Me duché, me vestí tranquilamente y pensé que, para olvidarme de todo aquel asunto, debía ir a dar una vuelta.

Ya sé que los sueños son sólo eso, que no tienen gran explicación pese a la ingente cantidad de libros y páginas de internet que tratan el tema de manera pseudocientífica, pero era curioso el hecho de que sabía que, en mi cartera, aquel día, sólo había un billete de veinte euros, y eso era precisamente lo que tenía en mi sueño. ¿Por qué no habría soñado con otra cantidad, quizá superior? ¿Por qué no soñar dormido con lo que siempre sueño despierto? O sea, con una cartera llena de billetes de cincuenta o más. Mejor no seguir con este asunto, ¿qué más da?, pensé.

Cuando fui a salir, me paré en la entrada para coger mis llaves y la dichosa cartera. Como no había amanecido aún, la entrada estaba a oscuras. Cogí mis cosas y encendí la luz en un acto que, de no haber soñado con lo que soñé, no habría tenido lugar, pero sentí la necesidad de comprobar que mis veinte euros seguían en su sitio y no se los había quedado el quiosquero aquel. Miré dentro como si creyera que se me había caído el billete, como si estuviera comprando algo y me percatase, al momento de pagar, de que no tenía dinero y no sabía qué podía haber ocurrido con el que creía que tenía. Para mi estupefacción, los veinte euros no estaban. No había nada en la billetera de mi cartera, sólo tickets de cosas que compré hacía tiempo. Pero si yo ayer no compré nada, dije en voz alta. ¿Cómo es posible? Me apreté los ojos con mi mano, escrutando mi memoria reciente, y cuando se disiparon los fosfenos casi me desmayo al ver que, en el lugar de donde había cogido mis llaves y cartera, el mueble donde suelto todo al llegar y de donde lo recojo todo cuando voy a salir y que todo el mundo tiene en la entrada de su casa, había dos paquetes de Lucky Strike, uno encima del otro. La idea de que el nerviosismo que sentía cuando me desperté, cuando el sueño estaba tan reciente, no era por ello sino por el mono, por las ganas de encenderme un cigarrillo, me hizo sentir un terror absoluto que aún no se ha disipado días después porque jamás en mi vida he sido fumador.

Fue entonces cuando recordé que me había acostado pensando en Borges, que como Vila-Matas fue un gran citador, y que escribió un ensayo titulado La flor de Coleridge: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano…entonces, ¿qué?”.

Pero claro, entonces, ¿qué? Nadie sabe cómo llegar al paraíso porque ni siquiera se puede saber si existe. Yo, en cambio, no pude hacer otra cosa que salir de mi casa con las cajetillas de tabaco en la mano en busca del quiosco para que al menos me devolvieran mi cambio.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.