Tomo cuatro, tomo cinco

Una, dos, tres, cuatro, cinco.

El vendedor de Enciclopedias le había pedido, por favor, que le echara mucho azúcar en el café. Cuatro o cinco cucharillas, dijo. Fernando no escatimó en el número. Eso sí, en lugar de azúcar, lo que le echó fue cianuro. Aquí tiene. ¿Usted no bebe? No, yo tomaré sólo agua. Ya llevo dos cafés esta mañana. Era mentira. El vendedor de enciclopedias, como si sospechara algo, soltó de repente la taza de café sobre la mesa del comedor. Debe quemar aún bastante. Esperaré.

Era la primera vez que se veían, pero Fernando lo había estado esperando con ansia. Cada semana, desde que su mujer se fue de casa, recibía al menos una visita de alguien que quería venderle cualquier cosa. Esta vez eran enciclopedias, pero la semana pasada vino uno que quería que asegurara su coche o su casa o incluso su vida. A ser posible todo eso a la vez; la anterior fueron unos mormones que venían desde la mismísima Utah; la anterior el de Círculo de Lectores, que traía la última novela de Miguel Delibes como novedad; y la anterior el del seguro de los muertos. De todos, ese fue el único que sacó algo más que un café y una larga conversación, pues lo que más temía Fernando últimamente era morir y no ser enterrado de manera decente.

Ya no debe quemar, apenas. ¿Sabe usted que lo ideal, igual que el zumo de naranja, que hay que tomarlo recién hecho para que no se le vayan las vitaminas, es beberse el café calentito? Fernando estaba un poco nervioso. Como para no estarlo. Eso dicen, pero a mí me gusta frío. De hecho, ¿no tendría usted un cubito de hielo? Si no es mucho pedir, claro. No quiero ser una molestia. Iré a ver, dijo Fernando. Estando en la cocina empezó a arrepentirse de lo que había hecho. Tampoco sabía si el hielo iba a producir algún efecto contrario sobre las propiedades del cianuro, ya que apenas sabía nada del tema más allá de lo que había leído en las novelas. Qué absurdo, pensó, si, de repente, un tipo que se dedica a visitar a potenciales clientes muere envenenado, ya nadie más va a tomarse un café en casa de cualquier desconocido por si acaso. Estas noticias vuelan como la pólvora. Miró en el congelador a pesar de saber que estaba completamente vacío y dijo desde allí mismo que no, que no le quedaban cubitos de hielo. El vendedor de enciclopedias no dijo nada hasta que Fernando se sentó de nuevo en su sitio. No se preocupe, acabo de tomar un sorbo y está perfecto. Fernando sintió un calambre en mitad de su pecho. Ya está, se dijo, ya está hecho. Eso sí, ¿un poco de azúcar? Está bueno, pero me gusta más dulce. Aquel señor de sonrisa eterna parecía que no acababa de estar a gusto con su café. Por supuesto. Le traigo el azucarero ahora mismo, un segundo.

Ya está, se repitió por dentro. No sabía muy bien por qué lo había hecho, no podía explicárselo. El cianuro fue el extraño regalo que le hizo su padre cuando cumplió los dieciocho. Por si te ves apurado, hijo, por si encuentras algún enemigo a lo largo de tu vida. Este será tu botón de emergencia. Fernando recordaba perfectamente cada palabra. Su padre, que era farmacéutico, murió poco después quemando su propia farmacia. Por lo visto, tenía una deuda de juego importante y quería cobrar el seguro. Mientras volvía con el azúcar se acordó de su mujer. No habían firmado papel alguno de divorcio, así que seguía estando casado con ella. ¿Por qué no lo usé aquella mañana que se fue de casa? No haber podido decirle nada, replicar sus palabras, siquiera, o sus porqués, habían dejado una huella indeleble en su orgullo. Tan locuaz como siempre creyó ser, tan hábil para la palabra exacta, y aquel día no pudo ni balbucear. Pensaba que podría haberla convencido de que se quedara con él, y más le hubiera valido hacerlo, pues había hipotecado toda su vida a ella y, sobre todo, a sus ingresos, los únicos que entraban en casa desde que se casaron.

El azucarero estaba casi vacío. El vendedor de enciclopedias se echó tantas cucharillas como pudo, y seguramente quiso más, pero, como buen vendedor, sabía que ya había importunado demasiado a su potencial cliente con sus pequeños caprichos cafeteros. Si quiere voy a por más, dijo Fernando al verlo apurarlo todo. No, no, suficiente. Con esto basta, de verdad. Y menos mal, porque no le quedaba. El azúcar era un lujo que ya no podía permitirse.

Por dónde iba. Ah, sí. Me decía que en la enciclopedia Larousse que tenían sus padres no había una entrada de Michael Collins, ¿verdad? Así es, dijo Fernando. Siempre me pregunté si en las enciclopedias que se vendían en Estados Unidos vendría, pero supongo que sí. De todas formas, no entendí jamás que en la versión española no apareciera este señor tan importante. El vendedor bebió un trago más antes de contestar. Supongo que, en caso de ser una persona importante para la humanidad, saldrá. Pero, ¿usted no lo sabe? Bueno, mi trabajo es vender, no leerla. Aun así, le digo que sí, esta edición está ampliada y actualizada hasta el año pasado. Y si no la ha leído, ¿cómo puede estar seguro? No la he leído entera, como nadie, creo yo, pero sí que la tengo y la consulto con frecuencia, soy una persona curiosa. ¿Sabe usted quién es Michael Collins? Claro que sí. Me suena muchísimo. Le suena, ya es algo. Creo que fue un astronauta, ¿no? Sí, astronauta. Ah, ya, sí sé quién es. En el colegio me lo enseñaron así: Armstrong, Aldrin y Collins. Los del primer alunizaje. ¿Y me está diciendo que en la Larousse de sus padres no aparecía? Qué raro. Eso me dije yo, qué raro. Pero si usted me dice que aparece, creo que me interesa.  ¿Tan importante es? El vendedor de enciclopedias sonreía constantemente, cosa que ponía muy nervioso a Fernando. Seguro que es una premisa aprendida en el curso de vendedores de enciclopedias, pensó. Hubo un silencio larguísimo. Medio minuto entre dos desconocidos puede llegar a ser similar a una eternidad. El vendedor de enciclopedias miraba su taza de café ya vacía, y a Fernando le pareció que se sentía incómodo. Llevaban ahí sentados más de media hora, entre una cosa y otra. ¿Podría tomar un vaso de agua? Debo irme ya, y el café me ha dejado la boca seca. Estaba muy bueno, eso sí. Todo esto lo dijo con la misma sonrisa de todo aquel rato. Claro, hombre, ahora mismo. Fernando se levantó y retiró la taza de café. Echó lo que le quedaba de la última botella de agua mineral en un vaso y, cuando volvió al comedor, se encontró al vendedor de enciclopedias oprimiendo su nariz con un pañuelo de tela. ¿Qué le ha pasado? Sobre la mesa de madera había una gota oscura, perfectamente redonda, de lo que pensó que sería sangre. ¿Se encuentra usted bien? Sí, sí, no se preocupe. Apartó el pañuelo un segundo y pudo ver un hilo de sangre oscura que se le derramaba sobre la camisa blanca y le manchaba hasta las solapas de la chaqueta. No es nada, lo siento. Las ondas de su voz chocaron con el pañuelo, que rozaba su boca y la hacían casi inaudible. ¿Le pasa a menudo? Conozco a gente a la que le ocurre con frecuencia, no sé si porque se marean, por los cambios de presión imperceptibles, no sé. Le traeré papel de cocina. No, no, no. No se preocupe, yo me tengo que ir ya, de todas formas. Siento mucho este pequeño desastre. Nada, hombre. Vamos a hacer una cosa, dijo el vendedor de enciclopedias como desde dentro de una habitación insonorizada, voy a ir a mi casa, me voy a cambiar de traje, y he pensado que, esta misma tarde, voy a volver, aunque no esté de servicio, y voy a traer conmigo el tomo correspondiente donde debe aparecer Michael Collins. Le prometo que no lo miraré hasta que llegue aquí y lo hagamos juntos. Usted me invita a otro rico café y, si no aparece, mañana mismo vengo de nuevo y le regalo mi propia enciclopedia entera. ¿Qué le parece? Fernando abrió los ojos en un claro gesto de sorpresa. No, hombre, no hace falta, de verdad. Si usted dice que debe aparecer, seguro que es así. Venga usted la semana que viene y le doy una respuesta definitiva. No, no. Ya está decidido. Me ha caído bien. Hacemos ese trato. Y, ¿qué hacemos si aparece?, dijo Fernando tras unos segundos. Si aparece, cerramos la venta esta misma tarde, ¿vale? Es usted muy bueno, lo sabe, ¿no? No es para tanto, es mi trabajo, y a veces un poco de riesgo no viene mal. ¿Qué me dice? De acuerdo. Nos vemos esta tarde. A las cinco y media, ¿le viene bien? No pienso moverme de aquí. Estoy deseando que vuelva. Aquellas palabras, a las que siguieron un intercambio de sonrisas, le produjeron un gran terror. Estoy deseando que vuelva, se repitió mentalmente. Ojalá.

Lo acompañó hasta la puerta y se quedó esperando hasta que el vendedor de enciclopedias entró en el ascensor. Fernando no pudo más que lamentarse por todo lo ocurrido, más no podía hacer ya. ¿Sería una simple mosqueta o sería fruto del cianuro? No podía saberlo. Fernando estaba sudado como si acabara de llegar de una maratón, y eso que el día estaba fresco. Apestaba. Hacía varios días que no podía ni siquiera ducharse, pues le habían cortado el agua a principios de mes, así que ni siquiera se le pasó por la cabeza. Si no fuera por la fianza, tampoco tendría dónde vivir ya. Le quedaban varios días allí y no sabía qué iba a hacer a partir del treinta. Ojalá hubiera venido este pobre hombre dentro de una semana, pensó. Sentado en la misma silla que había ocupado todo aquel rato, mirando la gota de sangre ya seca, Fernando se chupó el índice y se fue pegando a él cada granito de azúcar que había sobre la mesa para llevárselos a la boca. Aquello sería su almuerzo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.