Perihelio

Isaac sabía perfectamente que otros ya lo habían visto. Lo sabía de sobra. Había decidido no intoxicarse con información alguna al respecto, por eso decidió, un mes antes, ni ver la televisión, ni escuchar la radio. Tampoco compró el periódico, pero si no lo había hecho nunca antes, por qué lo iba a hacer ahora. Por eso, tal vez, y por ser finales de julio en un pueblo a las afueras de Sevilla, aquel cielo encapotado que, a un día del acontecimiento, tenía sobre su cabeza, le cogió completamente por sorpresa. Llevaba una semana con todo preparado, no podía dejar nada a la improvisación, pues se había pasado la vida entera mirando el calendario, ansiando la llegada, no sólo del 28 de julio de 2061 en cuestión, sino, sobre todo, del cometa Halley. Concretamente, llevaba esperando 63 años. Los que van desde 1998, cuando su profesor de Conocimiento del Medio le habló por primera vez de él, hasta aquella misma tarde. Tenía diez años entonces, y acababa de recibir una mala noticia: había nacido dos años después de la última vez que el cometa se dejó caer por la tierra. ¿Se puede tener más mala suerte? Algo tan especial, no como un año bisiesto, o un eclipse, que ocurren cada poco tiempo, aquello ocurría cada 75 años aproximadamente. Ni más ni menos. ¿Cómo se prepara uno para una espera tan larga?

Aquel día que supo de la existencia del cometa, cuando llegó a casa, les preguntó a sus padres si vieron pasar el de 1986, pero le dijeron que no, que eso nunca les interesó y que no era para tanto. Su abuelo Moisés, sin embargo, tenía una historia curiosa al respecto: había nacido en 1910, exactamente dos meses antes del perihelio del cometa Halley, y, por lo tanto, había tenido la suerte de estar vivo para cuando volvió. Aquello terminó de convencer a Isaac de que el único objetivo de su vida, a partir de entonces, sería llegar a avistar la próxima llegada del más famoso de entre todos los cometas.

Era inevitable aquel repaso mental que estaba haciendo a través de los años. De cómo se dedicó a un trabajo que no fuese ni muy estresante ni muy físico, que le permitiera ganar dinero para vivir y en el que no hubiera ningún potencial peligro de muerte o lesiones más o menos graves. Cuidó su alimentación como si fuera un deportista de élite, jamás fumó, ni bebió, ni se sacó el carnet de conducir, ni se montó en un autobús, y menos en un avión. Todo lo que necesitaba estaba cerca de su casa, en su mismo pueblo, del cual no salió nunca para nada.

Hoy no le queda nadie de su familia. No se casó nunca, estuvo a otras cosas, siempre. Vivió con sus padres hasta que fueron muriendo de manera natural, y cuando se quedó solo, siguió esperando al cometa en su casa. Siempre fue ese su plan. Las únicas personas que sabían a qué se dedicaba eran sus vecinos de toda la vida, los que lo vieron crecer y los que fueron quedando y creciendo también a la vez que él. Siempre que se cruzaba con alguno, en la panadería, a la puerta de casa, le preguntaban, casi de forma socarrona, si faltaba mucho para que viniera el cometa, a lo que él contestaba siempre con los años, los meses y los días exactos. Era como si le preguntaras a un trabajador cualquiera que cuántas horas le quedaban para acabar el turno, o cuántos años para jubilarse. Miraba su reloj y decía naturalmente: diecinueve años, tres meses y veintitrés días.

La noche anterior al ansiado perihelio del cometa Halley se le fue echando encima. Desde su patio, sobre la plataforma que construyó cuando faltaba solo un año, miraba hacia el punto exacto del cielo donde empezaría a ser visible. Seguía cubierto. Mañana estará despejado, se dijo, más que por convicción, a modo casi de plegaria, y dudó si consultar, por fin, la previsión meteorológica del telediario. Se fue a la cama y se acostó, aunque, como era de esperar, no durmió ni un segundo.

Rumió, mientras daba vueltas sobre sí mismo en su cama de 1’90 de toda la vida, todo lo que tenía que hacer a lo largo del día. Iba a prepararse su comida favorita, patatas fritas con huevo. De postre tomaría helado de vainilla. ¿Un gofre quizá? Si le quedara hueco en el estómago, sí, no era aquella la última cena del preso al que le espera la muerte en la silla eléctrica. Pensando en esa imagen, la del condenado a morir, pensó: y luego, ¿qué? He esperado toda mi vida este momento, sólo he pensado en ello, en esta larga carrera, pero la vida seguirá. ¿Qué voy a hacer después? ¿De qué voy a vivir?

Y amaneció. Sintió eso, al menos, pues, aunque tenía los ojos cerrados, notó una leve luz tras sus párpados. Levantó la persiana despacio, con miedo, por supuesto, y ahí seguían las nubes. La nube, más bien. Parecía la misma de ayer, coloreando el cielo de gris. Se duchó y salió a comprar el pan. A la vuelta, se topó con el vecino. Tenía su edad, había ido con él al colegio, estaba el día en que dieron el tema del Sistema Solar, el día clave en la vida de Isaac. Estaba en la puerta de su casa recibiendo a su hija y sus nietas. ¿Qué? ¿Cuánto falta?, le dijo dándole una palmada en el hombro. Es broma, sé que es hoy. Por fin, ¿no? Isaac sonrió sin más, y mientras entraba en casa escuchó que le decía que a ver si se iban las nubes, que vaya fastidio, que su plan era hacer una barbacoa y demás cosas que ya no llegó a oír.

Durante toda la tarde, escuchó cómo en la casa del vecino se sucedían entradas y salidas de gente. Oyó incluso una canción de cumpleaños, aplausos, pero no se inmutó.

Llegó la noche y el cielo seguía cubierto, ahora de color rosado. Seguía la amenaza de lluvia no consumada, como desde el día anterior. Isaac no comió nada, tenía el estómago cerrado como el cielo. Ya no había ruidos en la casa de al lado, pero no se había percatado de ello, absorto como estaba. De repente sonó el timbre, era su vecino. Bueno, ¿qué? ¿Ha pasado?, le preguntó.

Sí, dijo él, mi vida es lo que se ha pasado.

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