Lo de aquel verano que me alquilé la casita a las afueras de Cadaqués para ver si encontraba la inspiración

La casa era  un cubo inmenso y casi perfecto. Para no haber estado habitada en años, parecía bien cuidada. Nada más llegar, me sorprendió que el muro que la rodeaba estuviera perfectamente pintado de blanco y sin ningún desconchón. La dueña me había dicho que nadie había pasado por ahí desde el verano anterior y que desconocía el estado de la casa puesto que nadie se encargaba siquiera de ir a ver si la habían desvalijado. Aún así, ya dentro, al bajar del coche, pude percibir el fresco aroma a césped recién cortado y regado. Había muchas, muchas, plantas, todas vivísimas, y no pude más que pensar que, una de dos, o bien me habían engañado para que cualquier cosa que me encontrara superara mis expectativas, o ahí había alguien, un familiar con una copia de la llave que vivía allí sin que la dueña lo supiera, yo qué sé. Tras entrar por la puerta principal, comprobé que allí no podía haber nadie, puesto que la luz estaba desactivada. No había ninguna zapatilla por medio, ni cojines fuera de lugar, platos por fregar o comida en el frigorífico. Tras todo eso, por fin, pude empezar a disfrutar de aquella idílica casa en mitad de la nada. Apenas había paredes en todo el inmueble, y por ende, tampoco había casi puertas. La planta baja constaba de una sola estancia, límpida, con un gusto maravilloso en cuanto a la decoración, sin los típicos cuadros de las casas de playa que todos hemos alquilado en algún momento de nuestras vidas, donde se reproducen mares ficticios con barquitos veleros surcando sus turquesas y tranquilas aguas, playas idílicas con casas de cal lindando con la arena, y acantilados donde las olas parecen romper pacíficamente. Subí, aún sin descargar mis cosas del coche, a la primera planta, donde había una sola habitación enorme, con una cama de dos por dos y un cuarto de baño, todo entre las mismas cuatro paredes. Lo más interesante de esa planta era que constaba exclusivamente de eso. Metros y metros cuadrados, una planta entera, para una cama, un váter, un lavabo, un bidé y una ducha, y todo ello sin desentonar. Me pareció, tal fue la impresión que me dio aquello, que el resto de la humanidad vivía en casas donde se habían cometido errores flagrantes de construcción y disposición de las estancias. Aunque para impresión, no sé si decir que desagradable, la que me produjo la pared que daba al bosque. Para ser exacto, aquello no era una pared, o sí, quién soy yo para hablar de arquitectura, sino un cristal, una ventana. Pero con ventana no me refiero a una cristalera, no. Eso era un cristal que parecía, o era, finísimo, que iba de extremo a extremo de la habitación y desde el suelo hasta el techo. Supongo que sería un capricho de libertad. Como ahí no hay quien viva, por estar en mitad de la nada, claro, se podían permitir el lujo de cagar y ducharse sin miedo a que ningún vecino pudiera descubrir ninguno de esos misterios, puesto que todo el mundo conoce su propio modus operandi, pero ya está. A veces, ni los que llevan treinta años de casados hablan de manías para con el papel higiénico y el ojo del culo o de si se mea o no en la ducha. Y para qué hacer alusión siquiera al acto sexual. Vale, acepto que la visión del bosque, a la hora de hacer de vientre, como diría mi abuela, puede provocar una gran paz interior y que se relaje tanto el esfínter que no se dé cuenta uno ni de cómo se vacía por completo el intestino grueso. Pero a la hora de follar, madre mía, recuerdo que me entraron escalofríos de pensar que en mitad del coito podía mirar sin querer hacia el bosque y encontrarme yo qué sé qué imagen dantesca de un asesino, un extraterrestre o el mismísimo hombre lobo. O algo más común, no me voy a poner sobrenatural, vale: los dos ojos brillando en la absoluta oscuridad de un zorro o cualquier otro animal de este mundo que habite el bosque, tampoco me voy a poner aquí a lo Félix Rodríguez de la Fuente,  pero que en cualquier caso, así de repente, acojonan, ¿o no?

Con un cierto desasosiego encima, pensando que acababa de llegar y ya me estaba arrepintiendo de haberme ido sin nadie allí, subí el tramo de escaleras que me llevaban a la buhardilla. Aquello era otra cosa. Cuando la vi, se me pasaron de golpe el desencanto y el enfado conmigo mismo, pues para buscar aquella casa sólo me había puesto dos requisitos: un precio asequible y kilómetros de soledad a la redonda. He de decir que, objetivamente, la casa era una maravilla, pero yo soy muy especial para todo, en el sentido negativo de la expresión. Bien, la buhardilla tenía los mismos metros que las otras plantas -la casa era un cubo-, y en ella estaba todo lo que yo necesitaba: una mesa enorme, de aspecto ligero, de esas que se pueden encontrar en Ikea, completamente blanca y a juego con todo el complejo, con su pareja de baile, o sea, una silla de escritorio también blanca, giratoria y con sus ruedas perfectamente engrasadas para desplazarse de un lado a otro de la estancia sin necesidad de ponerse de pie. Y la joya de la corona para mí: una amplia terraza con vistas al mar de la Costa Brava, a lo lejos. La enorme terraza estaba separada de la buhardilla por un ventanal de grandes dimensiones con una puerta corredera, y el escritorio estaba colocado de tal forma que el que se sentara tendría ante él la preciosa imagen de las copas de los árboles de todo el bosque que rodeaba la casa, y sólo con ponerse de pie, podía ver los miles de millones de litros cúbicos del mar mediterráneo sin gran esfuerzo.

De la civilización me separaba medio kilómetro de camino de tierra, y luego kilómetro y medio más de carretera. Estuve un mes allí, aislado, como bien sabes. Mi primera novela llevaba dos años publicada, y la editorial me presionaba para que sacara una segunda en la que metiera masones y templarios, habrase visto. En fin, llevaba ya como dos semanas a razón de paquete y medio de tabaco al día. El bañador de flores, con el que no llegué a bañarme, era mi más fiel compañero. No tenía teléfono en la casa, ni tenía ordenador siquiera. Se me tenía que ocurrir una trama histórica y yo no la terminaba de encarar. Las hojas que acababa tachando y tirando al suelo de la buhardilla me parecían ser equivalentes en número a todos los árboles de la región catalana en la que me encontraba, y yo seguía fumando y pensando que algún cactus del jardín ya podría ser peyote.

Escribía exclusivamente por la noche, que era cuando parecía que podía encadenar dos renglones seguidos. La soledad se me echaba mucho más encima cuando caía el sol y no se oía otra cosa que las cigarras rugiendo afuera en el bosque, además de alguna que otra ola rompiendo de fondo. Demasiado típico hasta para una película de miedo americana. Me sentaba y me ponía de pie constantemente. Había tomado la decisión de que por la noche, y aunque refrescara, tenía que tener el ventanal abierto porque el escritorio miraba hacia él, y si cerraba la puerta de la terraza veía toda la buhardilla a mis espaldas. Me aterraba la idea de levantar la vista de los folios y ver lo mínimo tras de mí en el reflejo, y lo mejor era mandar al carajo esa otra dimensión o mundo paralelo por mi salud mental.

La programación en la radio era lamentable, como suele ocurrir en verano. Giraba el dial del aparato en busca de una voz grave, que pareciera hablar de algo serio, hasta que encontraba algo más o menos así. Era una medida desesperada en pos de concentración. Una de las veces que salí a la terraza a envenenarme con una monodosis de nicotina y a tomar el aire puro a la vez, como si contrarrestara, observé cómo se iluminaba el mar unas cuantas veces. Había una pequeña tormenta eléctrica a varios kilómetros, un espectáculo de luz impresionante. Era como si alguien, desde el cielo, estuviera echando cables, al azar, para quien los necesitara. Pero, como siempre en esta vida, las coordenadas de la suerte eran inexactas. No creo que nadie necesitara más que yo que le cayera un rayo encima y le encendiera la bombilla.

Me volví a sentar en el escritorio, la radio de fondo, sin sueño, con el termo de café solo al lado.

“Un único caballero sabía qué activaba el mecanismo de poleas que giraba el muro que llevaba a la cripta que guardaba el secreto que la logia andaba buscando desde su fundación secreta hace dos siglos y medio.”

Toda la bazofia que salía de mi bolígrafo negro me sonaba manido. Me sentía un ser despreciable. Había logrado vivir de lo que siempre quise, pero no como habría querido. Supongo que merecía la fatiguita moral que estaba pasando. Recuerdo aquella entrevista, después de ganar aquel premio amañado que tanta alegría le dio a mi madre, en la que me preguntaron qué influencias tenía a la hora de escribir. Maldito hijo de puta más grande soy, que dije autores que ni siquiera había leído pero los cuales me hacían más interesante al nombrarlos.

El caso es que yo seguía allí, escribiendo por encargo y fumando sin parar. En la radio hablaba un señor muy serio, que fumaba continuamente, como yo. No le prestaba mucha atención, era el típico programa de las madrugadas que nadie escucha, sin temas interesantes, pero en un momento dado, el locutor preguntó:

¿De qué murió Richard Bachman?

Dijo que iba a regalar un disco de vinilo de un grupo famoso que no recuerdo bien al primero que respondiera correctamente. Me pareció una pregunta demasiado complicada para un programa de madrugada en verano. La gente está a otras cosas, no como yo, que no tengo nada mejor que hacer, no.

Seguía la tormenta eléctrica a lo lejos. Me acordé de la tramontana como si fuera una mujer abominable, pero caí en la cuenta de que de los vientos que nublan los sentidos solamente saben los marineros y los lugareños, y yo no era ni una cosa ni la otra.

Tenemos llamada. 

Alguien tenía una respuesta para la pregunta que había formulado el locutor. Estamos hablando, hay que aclararlo llegados a este punto, de una época en la que no era tan fácil como ahora acceder a cualquier información. Para saber las cosas aún había que tener una enciclopedia en casa. Pobres vendedores de enciclopedias, por cierto. Qué habrá sido de todos esos mercaderes del saber. Hoy todo está prostituido, cualquier imbécil puede saber de todo un poco.

Richard Bachman murió de cáncer, de cáncer de pseudónimo.

La respuesta era correcta, para mi asombro. Para mi asombro no porque no la supiera, sino porque respondió con las palabras exactas que me dije en mi cabeza nada más acabar, el locutor, de formular la pregunta. Para mi asombro, sobre todo, porque la voz de aquel señor se parecía demasiado a la mía. Ya sé que nadie conoce bien su voz cuando la escucha, pero yo sí conozco bien la mía de tanto que le puso mi madre aquella infame entrevista a todas las vecinas del barrio, ya que por entonces seguía viviendo en casa de mis padres.

Quise apagar la radio. La habría tirado, incluso, por la terraza de la buhardilla, pero no me habrían devuelto la fianza del alquiler. Quise apagarla, digo, porque no la apagué. Cuando iba a hacerlo, el locutor le preguntó su nombre al oyente.

Y el oyente le dijo su nombre al locutor.

No cuelgue, mi compañero ahora le toma los datos y en unos días recibirá en casa su premio.

 Ya había escuchado lo suficiente. Por la terraza ya no se veía ninguna tormenta. Me levanté de mi sitio, recogí todas mis cosas y me fui de allí tal como terminé de subirlas al coche. Lo único que olvidé en aquella casa del demonio fue aquello que me había llevado hasta allí.

Hace más de ocho años que llegué a casa. No he salido para nada, eso lo sabes tú mejor que nadie, no he ido ni a los entierros. Y tú dirás lo que quieras, me contarás cualquier pamplina sobre los misterios insondables del cerebro o me intentarás convencer de que probablemente no me encontraba lúcido cuando aquello. Pero yo no me puedo mover de aquí porque en cualquier momento me puede llegar mi disco de vinilo.


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