La pelota no se mancha

Aún resuenan las bufonescas palabras de un beodo Fernando Arrabal en un programa de televisión de hace más de medio siglo: “El milenarismo va a llegar”. Hoy no queda dispositivo donde poder ver aquello, que fue considerado por muchos como un esperpento, pero ha llegado a nuestros días de la misma forma como se transmitían, en la Edad Media, los cantares de gesta: por el boca a boca. Luego, estos pasaron a los libros, pero cuando la literatura desapareció también, no quedó más remedio que volver a la oralidad. Así, tanto Fernando Arrabal, como los grandes ídolos de finales del siglo pasado, han llegado a nuestros días. Sólo los más viejos recuerdan su cara, si eso, y ni hablar de sus obras. Unos dicen que hacía teatro, otros que poesía, pero nadie, al menos en este rincón del mundo donde yo vivo, recuerda nada más allá de su famosa frase, que resuena casi como un chiste pagano, porque, para que llegue el milenarismo que todo el mundo espera de verdad hoy, faltan aún más de novecientos años.

Para alguien nacido en los años ochenta del siglo pasado que se despierte en este mismo momento, después de treinta años en coma, esto le sonará como a historia de ciencia ficción, pero es que eso, precisamente, es lo que le ha pasado al mundo.

El planeta colapsó, como se venía avisando, por múltiples factores como el exceso de población o el agotamiento de los recursos energéticos. La religión, muy en horas bajas por entonces, se desmoronó, y, de manera unánime, los dioses y dogmas cambiaron radicalmente. Pasaron de adorar a Dios, a Alá o a Yahvé, de seguir las enseñanzas de Buda o a los múltiples dioses hindúes, por nombrar a los mayoritarios, a seguir a aquellas deidades que conocieron, a los que habían visto encarnados. La fe, basada en creer lo que las escrituras sagradas decían, decayó en pos de la corriente cientificista del ver para creer. ¿Cómo iba el pueblo a seguir a pies juntillas una historia desapasionada ya de unas personas o entes que llevaban cientos, si no miles, de años jugando al escondite con los creyentes?

Fue así como, en el epílogo del siglo veinte, en el año 1998 del antiguo calendario cristiano, nació la religión monoteísta más seguida de todos los tiempos: la Iglesia Maradoniana.

Al principio fue casi una broma de unos argentinos fanáticos de un tal Diego Armando Maradona, El Astro Argentino, El Pelusa, El que Acaricia La Pelota, El Barrilete Cósmico, El Dios del Fútbol. En todo el mundo, la noticia de la aparición de esta nueva religión monoteísta produjo asombro y risa a partes iguales, pero poco a poco fue sumando adeptos. ¿Cómo, si no por los fanáticos, se cimentaron todas las religiones antiguas? La ventaja, en este caso, es que, por entonces, quien más y quien menos no sólo sabía quién era Diego Armando Maradona, sino que lo había visto realizar milagro tras milagro en vida. O si no, en vídeo, que era la forma que tenían entonces para verlo todo a través de un televisor. Todo el mundo, no sólo unos pocos afortunados de un rincón del planeta, sabía quién era Maradona desde que este cumpliera los quince años y debutara en un partido de fútbol. Habían visto sus gestas, las habían vivido. No había nadie que no supiera que él solo había derrotado a cuantos enemigos se habían puesto por delante. Lo vieron levantar la Copa del Mundo en el año ochenta y seis, lo vieron ganar partidos imposibles, salvar escollos complicadísimos, enfrentarse a las potencias más absolutas y vencerlas casi sin despeinarse, y, cómo no, aquello acabó por mantenerse en pie cuando todo lo demás cayó alrededor. Conforme pasaban los años, y pese a su retiro futbolístico, la Iglesia Maradoniana era la única que no sólo no perdía adeptos, sino que los ganaba. Daba igual que una persona siguiera con fervor los partidos de un equipo concreto donde no hubiese jugado él, en su retina estaba la excelencia del Diego, la inalcanzable divinidad a la que todos, cuales santos, ansiaban acercarse de pensamiento y obra. Cabe decir que, aunque todo se desmoronó, el fútbol ha sido lo único que se ha mantenido hasta nuestros días, y aunque no goza del poder totalitario de principios de este siglo, según el viejo calendario cristiano, ha conseguido volver a sus inicios puros de una manera que ya hubiesen querido para sí las demás religiones, que fueron denostadas por todo lo contrario, por el avance salvaje de la humanidad.

Así las cosas, cómo no, el tiempo hizo que surgieran otros dioses, menos seguidos y adorados, eso sí, y otras religiones tales como el Zinadismo, el Segundo Cristianismo de Todos los Santos o el Messianismo, la segunda religión en cuanto a seguidores, y que se sustenta bajo la Doctrina de Messi, otro argentino que apareció para dominar la tierra como el último gran dios. Pero nada, vino a ser como el Quijote de Avellaneda[i] del fútbol, un apócrifo que no le llegaba ni a la suela de las botas al verdadero Astro Argentino, El Pelusa, El que Acaricia La Pelota, El Barrilete Cósmico, El Dios del Fútbol.

El problema de toda esa caterva minoritaria de religiones, fue que, a lo que ellos llamaron dioses, fueron personas normales, demasiado perfectas y divinas, a la vieja usanza. Tanto Messi, como Zidane, como Cristiano Ronaldo, fueron dignos del tiempo que vivieron, fueron intocables, incólumes. Maradona –ay, Maradona– pecó. Bajó del cielo, de lo más alto, en donde habitaba, desde donde miraba al resto de los mortales, para sentir en sus carnes lo que era el barro. Pasó de tenerlo todo a no tener nada. Descendió al infierno de un mal antiguo llamado las drogas, se relacionó con el crimen organizado, frecuentó la mala vida. Y, aun así, pese a todo, siguió siendo lo que era: un Dios. Y si bien los dioses antiguos perdonaban todo a los creyentes, que les rendían cuentas por casi nada, el Diego, El Astro Argentino, El Pelusa, El Barrilete Cósmico, El Dios del Fútbol, recorrió el camino inverso y pidió perdón por todos sus pecados, ganándose, por siempre, la adoración mundial. Y eso que hubo, desde las más altas instancias de la sociedad de entonces, muchas voces que recriminaron sus actos, pero el pueblo lo quiso tal cual, pues él sabía cuál era su culpa, y la llevó cargando sobre sus espaldas hasta que subió a los cielos. Ahí puede que empezara todo, porque, como bien dijo, la pelota no se mancha. Al final, más tarde o más temprano, el pueblo se lo perdonó todo. ¿O acaso una madre deja de querer a su hijo porque lo metan en la cárcel? Daba igual lo que Maradona hubiese hecho, pues lo que nos acabó legando, a la vista está, ha tenido un peso mucho mayor.

Hoy, en todos los campos yermos donde antaño hubo cosechas, en todo lo que fueron plazas, ahora descampados inmundos llenos de escombros, en todas partes, un niño juega a darle patadas a una pelota hecha de viejos harapos, calcetines raídos o páginas de antiguas escrituras sagradas, al son de las viejas historias cantadas de las gestas del dios absoluto y verdadero, Diego Armando Maradona, de quien se espera su segunda venida a la tierra con la frase del ínclito Fernando Arrabal: “El milenarismo va a llegar”.


[i] Don Quijote de la Mancha, escrita por Miguel de Cervantes, fue la obra literaria más importante de la historia hasta el fin de la literatura. Su primera parte tuvo tanto éxito que un impostor, del que sólo se sabe que se apellidaba Avellaneda, aunque eso ni siquiera quedó claro, escribió una continuación para sacar rédito de esta, propiciando la reacción por parte del autor original para realizar una genial segunda parte. En la actualidad no queda rastro de esta obra más allá de la anécdota, y sólo se hace referencia a ella como muletilla a la hora de referirse a un hecho impostado.

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