La casa de oxígeno

La primera vez que vi la casa de oxígeno tendría unos doce años. Habíamos salido de la jurisdicción de nuestros padres, la barriada, sin que supieran nada, montando nuestras bicicletas, en busca de aventuras increíbles. Tuvo que ser un domingo, recuerdo que era por la mañana, y los sábados era el día que solía ir con mi familia a casa de mis abuelos. En cualquier caso, íbamos toda la pandilla, que por entonces no costaba ningún trabajo reunirla, incluso sin los sistemas de comunicación de hoy en día, sin teléfonos, sin mensajes, sin redes sociales: a las once en la plazoleta. Hoy sólo mantengo amistad plena con uno de ellos, mi gran amigo José Antonio, que era al que siempre se le ocurrían los planes que conllevaban algún castigo posterior en caso de que se enteraran en casa, que era casi siempre, por cierto. Del resto, Romualdo, Manuel, Pedro, Juan Francisco I, Juan Francisco II y Hernando, sólo sé por redes sociales, o ni eso.

Por aquellos años no había tantos coches, todo era más tranquilo y seguro que ahora, pero aún así, salir de nuestro barrio estaba prohibido porque también eran los años en los que desaparecía la gente con más frecuencia y con menos finales felices. El único peligro del que estábamos especialmente avisados era el de los señores que daban caramelos con droga a la puerta del colegio con los que nunca nos topamos. Al ser domingo, el día del señor, no había clase ni, por consiguiente, posibilidad de caer en la trampa de los caramelos con droga. Éramos los dueños de las carreteras poco transitadas de nuestro pueblo, sito a pocos kilómetros de Sevilla. Parecíamos una facción light de los Ángeles del infierno, con nuestras bicicletas de colores con latas entre el cuadro y la rueda trasera para simular torpemente el ruido de las Harley Davidson de las películas. Bordeamos la parte norte de nuestro pueblo, la que daba a los amplios campos de olivos que hoy en día son urbanizaciones de casas adosadas, en dirección al oeste, hasta llegar a un pequeño bosque, que separa, aún hoy, nuestro pueblo del pueblo vecino. En ese bosque, de no más de tres hectáreas, había caminos de tierra que se perdían zigzagueantes por entre eucaliptos. Cómo no, mi amigo José Antonio se adentró el primero y, para no quedar como cobardes, lo seguimos sin pensarlo. Yendo por un camino en concreto, con cierto temor a lo desconocido, pues no se veía mucho más allá debido a la espesura, y a unos trescientos metros, nos encontramos una casa enorme frente a la que nos detuvimos. Dejamos las bicicletas sobre el albero y nos acercamos a la verja. Aquella casa no se parecía a ninguna del pueblo, ni siquiera a ninguna que hubiésemos visto nunca antes. Tampoco estábamos seguros de que aquella casa perteneciera al término municipal de Castilleja de la Cuesta, nuestra pequeña localidad.

       – ¿Quién vivirá aquí? –dijo Manuel.

       –Pues el alcalde, ¿quién si no? –contestó Pedro, un poco apartado.

No parecía que hubiera nadie en ese momento en aquella casa extraña y apartada, pero no teníamos constancia de ello, por lo que a Hernando, que después de José Antonio era el más loco de entre nosotros, se le ocurrió la idea de llamar para pedir unos vasos de agua. A principios de los noventa la gente era de otra forma, menos desconfiada, tal vez porque había pocos canales en la televisión, la gente no tenía sobredosis de información inútil y aún andábamos lejos de internet y de las infinitas leyendas urbanas que vinieron con él, y siempre que teníamos sed y estábamos apartados de casa, llamábamos a un timbre cualquiera y nos atendían amablemente. No sé si porque en el sur la gente suele ser más amable y hospitalaria, pero, casi siempre que lo hacíamos, resultaba. Ese día no resultó, por cierto. Nadie nos atendió por el porterillo, ni salió a decirnos que no arguyendo alguna excusa peregrina. Quien quiera que fuese quien estuviera en la casa se limitó a darle al botón que abría la cancela, pero, antes de intentar entrar, escuchamos unos fieros ladridos a cada segundo más cercanos. Con el miedo, recuerdo que me monté en la primera bicicleta que me encontré, que no era la mía, y salimos escopeteados de allí, dispersándonos por entre los eucaliptos, cada uno para un lado. Por suerte, ninguno de nosotros fue alcanzado por los dos mixtolobos inmensos que querían devorarnos. Sin parar de pedalear, fuimos llegando a nuestra plazoleta al cabo de quince minutos. Mi corazón aún palpitaba bajo el pecho cuando me bajé de la bicicleta. Allí estaban ya Romualdo y Manuel, muertos de miedo también, y me dijeron que Juan Francisco II se había metido ya para su casa. Al poco llegaron los demás. Yo llevaba la bicicleta de José Antonio, que llevaba, a su vez, la de Hernando, y éste llevaba la mía.

       –Por poco me cogen los perros esos, cabrones, ¿quién se ha llevado mi bicicleta?

Hernando se había caído dos veces por el camino, por suerte, cuando ya no era perseguido. Él era el más alto de todos con diferencia, por lo que mi bicicleta le venía pequeña, y más para una huida como esa. Recuerdo que nos partíamos de risa. Acabábamos de vivir una aventura al más puro estilo Los Goonies, pero en la vida real, sin fantasías. A partir de ese día, recuerdo que nuestra pandilla se fue reduciendo: sólo un año después, los únicos que quedábamos éramos José Antonio y yo. Del resto, Pedro y Hernando se mudaron con sus padres de la noche a la mañana, sin despedirse siquiera; Romualdo empezó a salir con los compañeros del equipo de fútbol en el que jugaba federado, tal vez cansado de ganar siempre que jugábamos a la pelota en la placita; Juan Francisco I conoció a una chica con la que empezó a salir y se olvidó para siempre de que tenía amigos; Juan Francisco II dejó de frecuentar la plazoleta para centrarse en sus estudios y empezó a sacar buenas notas, cumplió una serie de metas que todo el mundo sabía que iba a cumplir, pero a día de hoy se puede decir que ha fracasado en la vida; y Manuel, por último, acabó por volverse huraño, casi un hikikomori, por culpa de los videojuegos, hasta el punto de que hoy en día no sé si tiene algún amigo y se pasea, de puntillas y de un lado a otro, por el alambre de la cordura como si fuera un funámbulo. Los dos que quedamos de aquella pandilla seguimos recordando a veces aquel episodio, probablemente un poco adulterado por la tendencia sevillana a exagerar las cosas, aunque intento ser fiel a todo lo que pasó literalmente.

Ya no vivo en Castilleja de la Cuesta. Hace unos diez años que me mudé a Sevilla para estar más cerca de las librerías. Mi amigo José Antonio sigue viviendo allí, y una vez en semana me desplazo para verlo. Casi siempre solemos hablar de las mismas cosas, libros y películas, y criticamos a los mismos de siempre, aunque no los veamos ya ni por la calle y sin importarnos si fueron miembros de nuestra pandilla. El tiempo ha hecho que, los que un día fueron nuestros amigos del alma, sean hoy unos traidores absolutos, aunque no tuvieran la culpa, de forma directa, de habernos abandonado súbitamente en nuestras aventuras de adolescentes. La semana pasada le tocó a Hernando, el gigante valeroso y destartalado que, más de una vez, cuando tenía que contar varias veces seguidas en el juego del escondite, se marchaba a su casa violando la ley no escrita de ese juego maravilloso: hasta que no la quede otro no te puedes ir, salvo si te llama tu madre a gritos. Estudió una carrera de ciencias, siempre tuvo un don para las matemáticas, y sacó unas notas increíbles, por lo visto. Por aquel entonces no estábamos al tanto de su vida, pero por un amigo en común nos enteramos de que se marchó a realizar un doctorado a los Estados Unidos. Recordamos, aquel día, algunos episodios en los que habíamos hablado con él sobre lo guapa que era alguna chica del colegio –yo aún recuerdo de quién estuve enamorado durante toda la Primaria y gran parte de la Secundaria–, y de cómo nos mirábamos los que presenciábamos esos comentarios tan fuera de lugar que hacía Hernando. Para que nos entendamos, que Hernando dijera que, por ejemplo, una tal Inma de su clase estaba buenísima, era como si de repente me viene ahora una persona que no se ha leído un libro en su vida y me dice que Javier Marías es el mejor novelista vivo en habla hispana. Entiéndaseme, que la opinión de cualquiera es válida para cualquier cosa, pero si yo sé que esa persona no se ha leído a Enrique Vila-Matas, o no sabe quién es, siquiera, ese comentario no tiene ningún fundamento. Pues con Hernando pasaba algo parecido, y es que todos, aunque no tuviésemos su confirmación, sabíamos, sin necesidad de que nos lo dijera él mismo, que era homosexual. Castilleja de la Cuesta es un pueblo que hoy no tiene ni 20.000 habitantes, y por entonces tendría muchos menos, y la homosexualidad sigue siendo, por desgracia, un tema tabú. Su familia, del pueblo de toda la vida, tal vez no lo habría aceptado, pero es que Hernando, el gigante patizambo de nuestra pandilla, tenía un amaneramiento muy acentuado, aunque se esforzaba mucho por disimularlo. Aquello era algo que se comentaba, y durante mucho tiempo, cuando intentábamos referirnos a él, para contar una hazaña de las nuestras a alguien que no le ponía cara a Hernando, le dábamos, a regañadientes, el dato de “ese de dos metros que parece maricón”, y entonces, automáticamente, esa persona caía y sabía perfectamente a quién nos referíamos, aunque no fuera sólo por el dato acerca de su condición sexual sino por todos ellos juntos. Las cosas de los pueblos. Hablábamos, pues, de él, en una de nuestras tertulias, en el garaje de José Antonio, nuestro lugar fetiche de reunión desde hace más de una década, cuando me contó que unos días atrás se había cruzado con él por el pueblo.

       –¿Te lo puedes creer? Íbamos por la misma acera, y cuando pasé por su lado lo saludé, tocándole el hombro incluso pero sin pararme. Simple cortesía. ¡Pues el cabrón no volvió ni la cabeza! O sea, que sabía quién era. Si no lo supiera porque no ve un carajo se habría dado la vuelta para ver quién le había tocado, pero no. ¿Te lo puedes creer? ¡Nos criamos juntos!

Yo me partía de la risa. José Antonio siempre ha tenido toda su inquina reservada para todo aquel conocido que se hiciera el tonto para no saludarlo. Fuera quien fuera. Cuando todavía éramos vecinos, recuerdo que dejó de saludar al padre de Juan Francisco II, que vive puerta con puerta, el día que se cruzó con él en el portal y aceleró el paso cuando lo vio para no saludarlo. “¡Ni me sostuvo la puerta!”

El tema de Hernando tenía mucho jugo, y continuamos el viaje por su vida haciendo referencia a su oscuro doctorado en Estados Unidos. Una persona tan arraigada a su pueblo, a sus amigos –los que lo fueron a partir de nosotros, claro–, que decide dejarlo todo cuando nadie más hacía esas cosas, se había marchado al extranjero dejando un halo de misterio tras de sí.

       –Yo creo que se fue tan lejos para que nadie se enterara de que realmente era gay, ¿no crees? No es que tenga mucho sentido, pero piénsalo: todos sus amigos homófobos aquí, con sus novias, echando raíces, haciendo bromas de hombres, y él sin pareja y estudiando. Era todo lo contrario a ellos –teoricé yo.

       –Tiene sentido, por aquella época, y aún hoy, había mucha homosexualidad en el seno de las hermandades del pueblo, por ejemplo, pero muy en secreto. ¿Te acuerdas cuando unos monaguillos, que no debían estar en ese momento en la iglesia, descubrieron al sacristán de una de las parroquias, casado y con hijos, siendo sodomizado por un restaurador cuando creían que estaban solos allí? La que se formó, compadre. Como siempre, aquí vamos muchos años por detrás que en cualquier parte, como si una persona se definiera por su condición sexual. A nosotros eso nos ha importado siempre tres carajos, nos la suda con quién folle ahora o quién le gustara de verdad cuando decía que no sé quién estaba buenísima, nosotros éramos sus amigos. Lo que de verdad me dice a mí qué tipo de persona es, es que ni me salude cuando nos cruzamos. Esa mierda me tiene podrido.

Hernando llegó de Estados Unidos y poco se sabe de lo que allí ocurrió realmente. En sus redes sociales no hay nada de aquellos días, no hay fotos ni nadie ha contado ningún chismorreo acerca de nada. Lo que sí, a día de hoy sigue sin conocerse que tenga pareja o haya tenido algún devaneo con nadie, sea del sexo que sea. A veces se le ve hablando con los clásicos señores de sexualidad ambigua de Castilleja de la Cuesta en la plaza del pueblo que se sientan a mirar con interés disimulado a todo el que pasa por allí. O eso me contó José Antonio el otro día, según palabras de Ana, su madre.

Ana me llamó ayer. José Antonio está en coma en el gigantesco hospital de Castilleja de la Cuesta. El hospital está construido, además de fuera de contexto, justo al principio del bosque donde está la casa de oxígeno, hoy abandonada. Allí fue donde empezó para nosotros el misterio, allá por los noventa. Desde aquí se pueden ver lo que parecen hiedras que cubren gran parte de la fachada principal. Conforme fuimos creciendo, aquella historia inolvidable de aquel domingo de nuestra infancia se convirtió en la piedra angular de nuestros anhelos. Como ya no teníamos más amigos, nuestro plan, a partir de ahí, fue saber qué era lo que ocurría allí. Hacíamos operaciones especiales de espionaje cada pocos días para sacar datos concretos acerca de esa casa tan impresionante, de gran parecido a la casa Sarabhai de Le Corbusier. Las teorías acerca de ella oscilaban entre que era la casa de un pintor con agorafobia que se había apartado de todo en busca de las musas, hasta que se trataba del escondite suntuoso de Pablo Escobar, el narcotraficante más importante de la historia, del que no sabíamos ni siquiera que estaba muerto, aunque, de haberlo sabido, la teoría cobraría mucho más sentido para nosotros, tan amigos de las conspiraciones y las paranoias de ese calibre. Esta última teoría, la de Pablo Escobar, surgió una noche lluviosa que aparecimos por los alrededores del bosque y vimos cómo llegaban, uno detrás de otro, una docena de coches de alta gama. No pudimos ni acercarnos a cien metros porque en la puerta se apostaron unos fornidos hombres calvos, con aspecto de expresidiarios, que daban bastante miedo. Con los años, las misiones secretas fueron disminuyendo en número por culpa de las obligaciones profesionales de ambos. José Antonio se hizo amigo de un divulgador del misterio, convirtiéndose en colaborador en la sombra de su programa de radio y realizando la página web personal de aquel periodista que, poco a poco, ha llegado a tener una importancia sideral en los medios de comunicación españoles. Por mi parte, tuve la suerte de que me tocó un dinero más o menos importante en las quinielas y me hice escritor, si no, no sé qué habría sido de mí. Desde entonces, desde que me fui a vivir al centro de Sevilla, entre una cosa y otra, nuestros encuentros pasaron a ser semanales en lugar de casi diarios, sin medrar aquella circunstancia en nuestra estrecha relación. Fue gracias a la amistad entre José Antonio y aquel periodista e investigador del misterio que nos enteramos de que aquella casa no era de Le Corbusier ni vivía en ella ningún pintor ni era el retiro dorado de ningún narcotraficante colombiano. Como con casi todo en esta vida, la casualidad tuvo un papel importante en esta historia, ya que hizo que José Antonio se encontrara comprando en un quiosco de Castilleja de la Cuesta cuando entró en él el susodicho personaje radiofónico casi desconocido. Mi amigo y yo éramos seguidores de su programa, de los pocos que tenía por aquel entonces, y lo reconoció porque tenía en casa un ejemplar de su primer libro, en el que salía una foto suya, y lo saludó con mucha efusividad, como lo saludan hoy día pero en tiempos en los que él no se imaginaba que la vida le iba a ir tan bien como le va actualmente. Se había dejado caer por allí para visitar un dolmen en un pueblo vecino y no sabía cómo llegar hasta allí, y José Antonio, estudiante de historia en aquel momento, le propuso guiarle hasta el lugar exacto. Durante el corto trayecto en coche hablaron de muchas cosas, José Antonio le preguntó sobre casos famosos de avistamientos OVNI en la zona e intercambiaron los teléfonos antes de despedirse. Eran los tiempos en los que internet estaba despegando, y, casualidades de la vida o no, mi amigo, además de estudiante de historia, era un entendido en ordenadores y otras cosas que a mí se me escapan, y de aquel encuentro no sólo surgió una amistad entrañable, sino que hoy en día, José Antonio es el miembro mejor pagado del equipo del celebérrimo periodista. Años después, en un almuerzo informal de trabajo, José Antonio le contó la historia de la casa que habíamos investigado y de la cual aún no sabíamos nada. Iker, que así se llama este señor, curioso por naturaleza, tiró de agenda para hacer unas averiguaciones. Al poco, estábamos los dos vestidos de esmoquin dirigiéndonos en el Mercedes de mi padre a aquel lugar. No nos contó nada de lo que averiguó, simplemente nos dijo que estábamos invitados a visitar la casa de oxígeno. Supimos entonces que la casa tenía nombre propio. Hicimos todo tipo de elucubraciones, y no puedo negar que sentí más miedo que curiosidad durante las horas previas. Iba a ser una nueva aventura, como las de nuestros tiempos mozos, en donde empezó el misterio, y allí nos presentamos a la hora fijada, las diez y media de la noche. A cada lado de la cancela había dos hombres de más de metro noventa de estatura, calvos, como los de la otra vez, que no podían disimular la pinta de haber participado en la Guerra de los Balcanes a pesar de llevar trajes carísimos a medida. Uno de ellos se acercó hasta mi ventanilla, y el otro se puso a la altura de José Antonio. Les entregamos las invitaciones y accionaron la cancela que conocimos a principios de los noventa. Antes de penetrar a los terrenos de la vivienda, nos miraron las muñecas y nos hicieron un gesto para que les entregásemos nuestros relojes, a lo que no tuvimos absolutamente nada que objetar. Había un aparcacoches a los pocos metros, así que nos bajamos y le di las llaves, todo sin mediar palabra. Anduvimos unos veinte metros hasta la entrada de la casa en sí, la puerta estaba rodeada por unos nombres, desconocidos en ese momento para nosotros, forjados en hierro y oxidados por los caprichos de la intemperie, que desde lejos parecían una enredadera porque cubrían casi toda la fachada principal. Claude Lefort, Charles Bettelheim, Cornelius Castoriadis, Paul Chauchard, Jacques Herbrand, Paul Ricoeur, Emil Cioran, Edgar Morin, Michel Clouscard, Louis Althusser, Jean Beaufret, Marcel Conche, Pierre Sansot, Jacques Derrida, Alan Badiou, Jean Guitton, Mikel Dufrenne, Frantz Fanon, Jean-Pierre Faye, Paul Benacerraf, Maurice de Gandillac, René Girard, André Gorz, Félix Guattari, Giles Deleuze, Alain Guy, Pierre Hadot, Jean-Marie Domenach, Emmanuel Lévinas, Michel Henry, Gérard Lebrun, Henri Lefebvre, Michel Foucault, Hubert Damisch, Claude Lévi-Strauss, Emmanuel Mounier, Jean-François Revel. Todos eran filósofos franceses, de distintas escuelas, nacidos en la primera mitad del siglo XX y con influencia a partir de la segunda. El dueño de la casa de oxígeno era uno de ellos, y, por lo visto, había muchas pistas diseminadas por toda la casa que lo desenmascaraban, a modo de acertijo, pero supongo que era demasiado para nosotros, que ya teníamos bastante con haber tenido la suerte de entrar a aquel lugar que tanto ansiábamos conocer desde aquel domingo remoto de nuestra infancia.

Tenía toda la pinta de ser una cena de gala a la que estábamos invitados como perfectos y elegantísimos impostores, a qué, nos dijimos aquella tarde, íbamos sino a cenar. Éramos unos impostores en el sentido de que estábamos allí por la influencia de Iker Jiménez, que ya era un pez gordo en España, no por cumplir los exigentes requisitos. Por lo visto –nos enteramos a posteriori–, había que pasar por una criba de entre miles de solicitantes de todos los rincones del mundo, y había que acreditar, entre otras cosas, que en los últimos seis meses no se habían consumido drogas de ningún tipo, amén de un aval bancario de más de un millón de euros. No hubo que estar allí más de cinco minutos para darnos cuenta de que estábamos absolutamente fuera de lugar, y la verdad es que no me explico cómo pudimos entrar allí, traspasar la verja siquiera, porque ni teníamos una cantidad de dinero que se acercara a la estipulada, ni nadie nos pidió unos análisis de sangre u orina. Al final, como en todo, lo importante es que haya alguien que responda por ti, a modo de colchón, para que no te la pegues contra el suelo, y supongo que ese sería mi amigo segundo Iker.

Por dentro, la casa tenía una atmósfera asfixiante. Todo era de madera: el suelo era de parquet y las paredes y el techo, del mismo tono que el suelo, estaban recubiertos de finos listones tan brillantes que parecían recién barnizados. Estaban colocados tan perfectamente que las esquinas eran curvas, y daba la sensación de que estábamos dentro de una cesta gigante o en la bodega de un galeón. Quizá eso fue lo que hizo que, al poco de llegar allí, nos sintiéramos algo mareados. Nos llamó la atención el silencio que había en toda la casa, al que nos sumamos, por supuesto, por miedo a algo que no sabíamos muy bien qué era, algo etéreo, pero que nos tenía acogotados. Entre una cosa y otra, fuimos observando a gente dispersa por las estancias de la casa, estancias indeterminadas, pues no había muebles que las definieran. Conforme íbamos de un lado a otro de la planta baja, identificábamos lo que podía haber sido un salón, o una cocina, o un comedor, según la orientación y las dimensiones, de haber sido aquella una casa normal, la casa del alcalde, como dijo nuestro antiguo amigo Pedro. Poco a poco vimos que cada vez más de aquellos silenciosos invitados tenían una copa de champán en sus manos, pero no veíamos por ninguna parte a nadie de ningún servicio de catering portando ninguna bandeja con copas. Cuando al fin dejamos de recorrer la inmensa planta baja, decidimos que lo mejor sería colocarse en un lugar estratégico donde no pudiese aparecer nadie y asesinarnos por la espalda, desde donde pudiésemos controlar a golpe de vista la mayor superficie posible. Pese a estar alerta, no nos dimos cuenta de cómo llegó hasta nosotros un chico de unos dieciocho años, no más, con una bandeja repleta de copas como las que tenían en sus manos otros invitados. Para no desentonar, pese a que a ninguno de los dos nos gustaba el champán, cogimos una copa cada uno. Sin darnos cuenta, otra vez, aquel chico desapareció de nuestra vista. José Antonio se acercó la copa a la nariz y me miró extrañado, sin decir nada, haciéndome un gesto para que oliera yo la mía, pero yo, para no desentonar ni quedar más en evidencia, fui a darle un sorbo. Con firmeza, José Antonio me puso la mano en el antebrazo e impidió que lo hiciera, se acercó a mi oído y me dijo:

       –Loco, ¿no ves que podrían haberle echado algo a la bebida?

Sin razón alguna, pensé que mi amigo estaba en lo cierto. ¿Por qué era viable que aquello fuera verdad? ¿Quién organizaría una velada así para acabar envenenando a sus invitados? Precisamente porque no tenía sentido, porque todo aquello parecía irreal, la opción de que algo muy oscuro se escondía tras todo eso era bastante plausible. En teoría, ahí estaban reunidas muchas personalidades, si no muy importantes, con un poder adquisitivo muy por encima de la media. ¿Por qué? ¿Qué hace que una persona que lo tiene absolutamente todo se salga de su piscina infinita con vistas al mar Egeo, o de su mansión en un islote artificial en Dubái, para venir hasta aquí, a una casa escondida en un bosquecillo de un pueblo tan lamentable y que no conoce nadie? Tal vez sea precisamente eso: “El viajero que ha recorrido toda la tierra, de cinco mil millas en adelante no encuentra novedades”. Pessoa lo dice así en el Libro del desasosiego, “Si tuviese los paisajes imposibles, ¿qué me quedaría de imposible?” Y es ahí donde todo se hilvana: una experiencia en la que se conjugaban la emoción del misterio con la máxima exclusividad es de lo único que carece el que puede comprar cualquier cosa que se le antoje. A saber, la cosa es que por muy rico que fueras, había que someterse a la escrupulosa selección de los organizadores, y aún siendo millonario y, con suerte, sin ser drogadicto habitual o esporádico, podían no seleccionarte nunca –a día de hoy me sigo preguntado qué favor le debía aquel filósofo a Iker Jiménez para que nosotros estuviéramos allí–. Al final acabé bebiendo de la copa, y, para mi sorpresa, aquello no era champán –tal vez debí darme cuenta por la ausencia de espuma y burbujas, en última instancia–, sino agua. Agua tibia. Se lo dije a José Antonio, que bebió también, por si aquello había sido una equivocación, pero no, su copa también contenía agua tibia. Por respeto, o sea, por miedo, nos la acabamos terminando entera. Cuando nos volvieron a ofrecer otra, la aceptamos y seguimos bebiendo aquel agua, que era muy desagradable por su temperatura. Así hasta que bebimos cinco. Después de la quinta, en un espacio de dos horas, calculado a ojo, dejaron de aparecer de la nada los muchachos del catering y nos percatamos de que los que invitados que aún portaban una copa, o la tenían vacías, o les quedaba muy poco para terminarlas. No nos dimos cuenta, y eso que estábamos ahí para eso casi exclusivamente, pero la estancia en la que estábamos situados, se fue vaciando. Tuvo que ser de forma muy paulatina, si no, no me lo explico. Cuando quedábamos unos cinco o seis –una hora antes llegué a contar hasta diecisiete–, José Antonio, fiel a su personalidad compulsiva, como cuando éramos chicos, dio un paso al frente y me dijo que ya era hora de ver qué carajo pasaba allí, palabras textuales. Quise seguirlo, pero no pude. Me quedé en el sitio, clavado. Quise seguirlo pero me fue imposible, mi cuerpo no respondía a las órdenes de mi cerebro. Cuando me quedé solo, me entró un miedo superior. José Antonio no había vuelto, habían pasado ya demasiados minutos, no sé si incluso una hora, o más, yo qué sé, y empecé a preocuparme seriamente. De los dos, yo siempre fui el más cobarde, aunque yo prefiero utilizar el término reflexivo, y no era la primera vez que tenía que ir a buscar a José Antonio para sacarlo de alguna parte. Allí no se escuchaba ningún ruido, y, pese a ello, me costó mucho moverme del sitio. Tenía un calambre que me recorría desde los tobillos hasta el estómago, pero conseguí recorrer toda la planta baja sin cruzarme con nadie. Volví sobre mis pasos, una y otra vez, hasta que no me quedó más remedio que tomar una decisión. Me encontré de frente con la duda hasta hoy, probablemente, más importante de mi vida en ese momento. Estaba a la altura de la puerta de la casa, la misma por la que entramos, y, a la vez, a la altura de la escalera que subía a la primera planta. Salir de allí tal como vine o subir a buscar a mi amigo, esa era la cuestión. Allí parado, como suele hacerse en las disyuntivas cruciales de la vida, sopesé los pros y los contras de todo lo que podía pasar si subía aquellas escaleras hacia lo desconocido o si salía de allí y me iba a mi casa para convencerme de que aquello había sido fruto de mis ilusiones del niño que dejé atrás con el tiempo. No era la primera vez que me iba de algún sitio sin mi amigo, pero aquello era diferente. No podía saber qué era lo correcto en ese caso. Mi mejor amigo, el único que me quedaba, el único al que mantuve desde la infancia y al que le di el máximo privilegio que se le puede dar a alguien, la lealtad y la confianza, estaba en algún lugar de aquella casa y quién sabe si estaba en algún apuro. A tenor del silencio que reinaba en toda la casa, no parecía que hubiera ningún problema, tal vez podía irme de allí y esperar a que se pusiera en contacto conmigo al día siguiente, pero el misterio, el miedo, la incertidumbre…, tienen la capacidad súbita de provocar a la curiosidad, de hacer que, con las pupilas totalmente dilatadas, se avance dando palos de ciego a través de la oscuridad. Por supuesto, debía encontrarlo, acabé subiendo las escaleras muy lentamente. ¿Y si todos se habían ido? ¿Y si estaban en el jardín y me estaba perdiendo la cena que esperaba? En ese momento me di cuenta de que tenía un hambre voraz, pero pensé en ello no más de tres segundos. Estaba en mitad de la escalera de una casa extraña en la que reinaba el silencio, y como nadie me había dicho si podía tomarme la licencia de subir, me sentía como un delincuente, como un allanador. Cuando llegué al final de la escalera, me encontré con que había muy pocas diferencias entre la planta baja y aquella primera planta. El mismo color, los mismos materiales, las mismas terminaciones. No había ninguna habitación a la vista, al menos ahí, así que giré y avancé por al lado de la barandilla del borde de la escalera. Estaba a la altura de la puerta de entrada, junto al muro de los filósofos, y pensé en la impresión que me causó aquello cuando lo vi al entrar y vi que no era una enredadera seca, pero aquello me duró también poquísimo. A la derecha se extendía toda la primera planta, a imagen y semejanza del piso inferior, pero con una sutil diferencia, y es que había algunas puertas cerradas cada pocos metros, en lo que abajo eran paredes sin más. Las primeras que vi estaban cerradas a cal y canto, y como era un impostor, un falso invitado, no me atreví a abrir ninguna. Pensé que si, en vez de ser yo el que estaba ahí en ese momento, hubiera sido José Antonio, las habría abierto absolutamente todas para ver qué era lo que había tras ellas. Pero no, yo siempre he sido absolutamente incapaz de ello, así que fui caminando por las estancias para intentar descubrir si no debería haber subido hasta allí o si ese era el paso natural a seguir en aquella misteriosa casa, en aquel evento, en aquel encuentro, no sabía cómo llamar a aquello. Seguí topándome con puertas cerradas durante un minuto, aproximadamente, hasta que vi que había una que no estaba cerrada del todo sino encajada, y me acerqué a ella como quien no quiere la cosa. Pensé, mientras me aproximaba a ella, que estaba cometiendo un grave error, que si me asomaba quizás me encontraría con los anfitriones de la casa durmiendo dentro, pero ya no podía seguir vacilando. A través de la rendija vi algunos reflejos de luz, como si hubiera una televisión encendida dentro, pero no escuchaba absolutamente nada, así que lo descarté y seguí avanzando para ver si podía ver o escuchar algo. Tal vez le habían quitado la voz al aparato, quién sabe, o lo mismo no era una televisión, no podía saberlo. Cuando llegué hasta la puerta puse la oreja, y volví a sentir ese miedo superior que había sentido cuando estaba solo en la planta baja. Pensaba que, en cualquier momento, iban a aparecer los dos albanokosovares de la puerta y me iban a dar una somanta de palos, pero tampoco podía evitar hacer lo que estaba haciendo. De la habitación no salía sonido alguno, y me sentí muy tentado de abrirla lentamente y poner un ojo dentro, pero fui incapaz. Aterido de miedo, intentando no hacer ningún ruido, lo cual era muy difícil porque la madera crujía a cada paso que daba, me fui apartando, y fue entonces cuando me asusté de verdad. No había dado casi un paso en busca de otra habitación más abierta, cuando oí un extraño sonido que provenía desde el interior de aquella habitación. No pude precisar qué fue, y prometo que casi salgo corriendo de allí como alma que lleva el diablo, pero aquello se asimilaba a una inhalación desesperada. Parecía como si alguien acabara de salir de debajo del agua después de aguantar la respiración durante mucho tiempo, con la diferencia de que, y aunque lo esperé, no se escuchó ningún gorgoteo de agua, ninguna gota cayendo sobre la superficie de una bañera o una piscina o sabe Dios qué. Reconozco que me puse en lo peor, eso sí, cobardemente. Pensé que estaban estrangulando a José Antonio, que me lo iban a matar, y aún así fui incapaz de entrar de golpe en la habitación y hacerme el héroe, distraer a los atacantes o matarlos con mis propias manos. ¿Qué podía hacer? Jamás me he peleado con nadie en mi vida, ¿y si entraba y me mataban a mí también? Lo mejor en ese caso habría sido huir, pedir ayuda y salir en las noticias al día siguiente como el único superviviente de un rito satánico para multimillonarios. Ni una cosa ni la otra, tras unos segundos intentando volver a escuchar aquello, decidí seguir moviéndome en busca de José Antonio, pensando qué, de ser verdad que había oído aquello y que no era fruto de mi agitada imaginación, esa persona debía estar muerta ya. Sólo quedaba rezar por que no fuera mi amigo. Avancé por la primera planta intentando tranquilizarme, convenciéndome de que no podía tener esa mala suerte, que Iker no nos podía haber enviado hasta allí a morir, que algo debía saber de todo ese asunto. A lo mejor era un puto loco, era José Antonio el que lo conocía bien, no yo, pero creo que no era el tipo de persona que enviaría a la muerte a dos pobres chavales. Otra puerta cerrada, y otra, y otra. De repente giré la vista a mi derecha, mi recorrido estaba siendo el más lógico: a la derecha desde el muro y hasta que no tuviera más remedio de girar a la derecha otra vez, y así sucesivamente. De repente giré la vista a mi derecha, repito, y acabé por quedarme congelado como si me hubiera caído un rayo de hielo. Enfrente de mí exactamente, por fin, había una puerta abierta por completo. No soy capaz de rememorar aquello sin sentir un fuerte escalofrío, sin que se me pongan los vellos de punta. Había en aquella habitación lo que parecía ser una persona. Digo lo que parecía ser porque la conmoción que me produjo la imagen lo distorsionó todo en el camino que recorre lo que se ve hasta que llega al cerebro y se procesa correctamente. Me acerqué lentamente, paso a paso, quizás con la boca abierta, y fui distinguiendo lo que veía. Sobre una cama de hospital, colchón y sábanas de un blanco impoluto, casi brillante, una delgadísima chica con pijama, también blanco hospital, se contorsionaba de manera violenta, casi desesperada. A cada paso que daba, la imagen de aquella chica se volvía más nítida, como pesadilla inolvidable. Tenía los ojos abiertos, pero parecía no poder fijar la mirada de forma concreta. Miraba a un mismo punto indeterminado del techo, con los ojos casi vueltos, pero no parecía ver nada, era como si estuviera ante una aparición mariana, como si estuviera viendo a la Virgen. Cuando llegué al umbral de la puerta pensé que podía percatarse de mi asustada presencia, pero aunque llegué a apostarme ahí sin hacer ningún ruido, ella parecía que no iba a salir nunca del trance en el que estaba sumida. En aquella habitación del terror, lo único que había, aparte de la cama de hospital, era una televisión encendida que transmitía el mítico ruido blanco, hoy tan lejos del imaginario colectivo. Vi, para mi horror, que su nariz estaba conectada a una bombona enorme que había a la derecha de la cama por un tubo transparente, y a tenor de su estado, de la violencia de sus movimientos de poseída, aquello debía ser alguna potente droga. Salí de mi estupefacción y creí comprenderlo todo. Mi amigo José Antonio debía de estar en alguna de aquellas habitaciones en un estado similar al de aquella muchacha, y sin pensarlo empecé a correr por toda la planta abriendo violentamente cada puerta que me encontraba a mi paso. Me fui encontrando con la misma escena en todas y cada una de ellas, y en cada habitación una persona diferente, todas y cada una de las que estaban invitadas y con las que compartí la velada en las horas anteriores. Ni rastro de los trajes caros o de los vestidos de altas costura que llevaban cuando todo iba bien. Una habitación, otra, y otra, y por fin, mi amigo José Antonio, en éxtasis absoluto, haciendo los mismos movimientos imposibles que tantas veces vi en los endemoniados de las películas. No lo pensé, cualquiera habría hecho lo mismo, me acerqué hacia él, su cuerpo estaba rígido, parecía que iba a partirse como la rama de un olivo, y le arranqué el tubo transparente, le di un par de tortas y lo zarandeé con todas mis fuerzas. José Antonio no volvía en sí, seguía con los ojos estupefactos, con las pupilas dilatadas al máximo, y yo gritaba su nombre, con las lágrimas saltadas. En ese momento acabó todo. No pude verlo venir, yo estaba fuera de mis casillas intentando ver un hálito de humanidad en él, un rastro de lo que era mi amigo una o dos horas antes, cuando sentí un golpe en la cabeza. Debí caer redondo al suelo. Cuando volví en mí, estaba temblando de frío en el asiento del copiloto del coche de mi padre, las dos puertas delanteras abiertas por completo, a la entrada del bosque, al principio del camino. La boca me sabía a sangre, y sentía como si acabara de ser arrastrado por un tsunami de las vueltas que me daba la cabeza. No tenía ninguna brecha, fue lo primero que comprobé, y lo segundo que hice fue sentarme en el asiento del conductor e ir a la comisaría del pueblo.

       –Amigo, creo que lo que debería hacer es ir a dormir la mona a casa. Le apesta el aliento a alcohol. Da gracias de que no le detenga por conducir hasta aquí en su estado, así que deme las llaves del coche y llame a un taxi o váyase a casa andando si no vive muy lejos.

Aquel policía local no creyó una palabra de lo que le dije, así que me fui a casa, ciego de impotencia y seguí las indicaciones que me había dado. Cuando llegué a casa me lavé los dientes –era verdad que mi aliento apestaba, aunque no recordaba haber bebido nada–, me duché y me tendí en la cama con varios hielos cubiertos por un trapo de cocina en la cabeza mirando el teléfono, esperando una llamada. No podía saber si José Antonio estaba bien o había corrido peor suerte que yo, pero antes de llamar a su casa y alarmar a su familia, decidí que debía quedarme ahí, al menos un día entero, para ver si tenía noticias de algún tipo. Esperé dos días sin separarme de la mesita de noche, donde tenía mi teléfono, y por fin me lo contó. No fue por teléfono, como yo esperaba, sino que se presentó en mi casa en persona. Le ofrecí algo de beber, un refresco, una cerveza, pero sólo tomó un vaso de agua.

       –Espero que no sea tibia– me dijo sonriendo.

Aquella broma no me hizo ninguna gracia, por supuesto, a mí todavía me dolía la cabeza del porrazo que me dio, tal vez, uno de los dos matones gigantes. Media hora después de llegar ya había terminado de contarme qué mierda pasó aquella noche, me dijo que no me preocupara, que se encontraba mejor que nunca, que fue una de las mejores noches de su vida y que debería haber sido igual para mí, pero que, como siempre estaba con el puto miedo, me había perdido la experiencia más exclusiva e inalcanzable que podía vivir nadie en el mundo.

       –Créeme, aquello a lo que estuve enchufado era oxígeno solamente, ¿a quién puede hacerle daño eso?

Por lo visto, yo no lo sabía, el oxígeno, en cantidades superiores a las que está acostumbrado el ser humano, en ayunas, y después de una ingesta de agua tibia determinada en un tiempo máximo de dos horas, produce unos efectos en el cerebro similares al consumo de la ayahuasca.

–No puedo, te lo juro que no. No soy capaz de explicarte qué cosas vi durante el tiempo que estuve ahí. Lo que sí te digo es que aquella experiencia, entre una cosa y otra, es mucho más impresionante de lo que jamás nos podíamos haber imaginado en las infinitas veces que intentamos saber qué coño pasaba en la casa de oxígeno.

Ahora mismo estoy junto a él, solo. Su madre se ha ido a casa a darse una ducha y llenar un macuto con lo indispensable para pasar el tiempo que haga falta a su lado. Le he dicho que yo también quiero quedarme, faltaría más. Lo que no puedo decirle, ella nunca supo nada de aquel día, es que me siento muy culpable de su estado. No sé lo que vio, y ya jamás lo sabré. Perdí la oportunidad de comprender a Santa Teresa o a cualquier otro iluminado de la historia. Para mí, el misterio perdurará para siempre, y lo que jamás me podré perdonar, eso es seguro, es no haber sido yo el que iba a la vanguardia en las aventuras en bicicleta de nuestra infancia, no haber sido el más loco de mis amigos o el que más tiempo pasaba castigado por hacer las mayores gamberradas, porque así, y sólo así, el que ahora estaría perdiendo un amigo sería él, y no yo, aunque seguro que le gusta más su papel en esta historia que el mío. Ahora que no puede escucharme, o tal vez sí, ahora que todo da igual, me gustaría decirle que el verdadero misterio de nuestras vidas es lo que nos ha llevado hasta aquí, por encima de los platillos volantes que tanto buscamos sin éxito, por encima de una casa encantada o una casa de oxígeno. El verdadero misterio, amigo mío, se reduce al cúmulo de casualidades que llevaron a nuestros padres a vivir al mismo barrio y a concebirnos el mismo año, a que no se mudaran o a que no nos apuntaran a ninguna actividad extraescolar en la que tan fácil podríamos haber conocido a otros niños que pusieran distancia entre nosotros. El verdadero misterio, por encima de la sexualidad ambigua de Hernando o la pasión de Manuel por los videojuegos, del don del fútbol de Romualdo, la impasibilidad de Pedro, el apego a las novias de Juan Francisco I o a la vida anodina de Juan Francisco II,  será para siempre nuestra amistad inquebrantable, esa amistad truncada hoy, quién sabe, por el mismo elemento indispensable que nos trajo hasta aquí.

2 Comments La casa de oxígeno

  1. Jose Antonio

    Todo lo que aquí se cuenta es más real que la propia realidad.
    Pd: derecho consuetudinario perdido es llamar a una puerta para pedir un vaso de agua.

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  2. Juan Francisco I

    Después de una segunda lectura sosegada en un sótano apenas iluminado por la luz de un viejo flexo, he podido sentir como el misterio de la infancia, el recuerdo y la memoria se unían a un misterio superior, el misterio de nuestras vidas.

    Gracias por el relato, maestro.

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