Fotofobia

A Ernesto no le gusta recordar aquello. Era una mala época en todos los sentidos. El sol vigoréxico de aquel agosto de 2010 se puso de acuerdo con el septiembre más cruel de su etapa universitaria para sentarlo a la fuerza en su pupitre gastado, lo cual le convenía bastante. Sus padres se acababan de ir de vacaciones a la playa, y, durante ese tiempo, se convirtió en una especie de ermitaño que solamente interrumpía sus obligadas horas de estudio para dormir ocho benditas horas, interrumpidas, a su vez, por el despertador del móvil, que le avisaba, desagradablemente, de que tenía que ir a darle clases de sintaxis a dos adolescentes.

Su rutina era siempre la misma: despertador, dos horas poco remuneradas de clases particulares, vuelta a casa, ducha, bebida energética, Teoría de la Literatura, Gramática Histórica. Mente en blanco. Quevedo vs Góngora, Métrica Española, Literatura Comparada. Música. Paseo de media hora con su perra. Puerta cerrada. Pestillos echados. Luz, luz, luz y luz. Sueño. Y vuelta a empezar.

Los días cuadriculados, como siempre se dijo que no serían, pasaban lentamente.

–¿Estás comiendo bien?

Sólo respondía a una llamada al día: la de sus padres. A doscientos kilómetros de lo que Ernesto llamaba su cueva, se doraban al sol mientras él se quemaba con la bombilla de su flexo. Su respuesta siempre era una afirmación automática, pero la verdad es que, en esa época, empezó a saltarse comidas hasta verse hoy convertido en un ser escuálido, con mal color de tez y que siempre parece cansado.

Despertador, dos horas poco remuneradas de clases particulares, vuelta a casa, ducha, bebida energética, Teoría de la Literatura, Gramática Histórica. Mente en blanco. Quevedo vs Góngora, Métrica Española, Literatura Comparada, música. Paseo de media hora con su perra. Puerta cerrada. Pestillos echados. Luz, luz, luz y luz. Sueño. Y vuelta a empezar.

No le daba tiempo siquiera a pensar en el miedo que siempre había tenido a todo en cuanto no había nadie más en casa. Con la mente colapsada de datos era imposible pararse a dibujar sombras en el techo, cosa que, estando solo, podía llegar a convertirse en algo terrorífico. Así se vive mucho más tranquilo, pensaba. Cuando uno se encuentra exhausto, se duerme de un tirón: no cruje la cómoda, ni cae la canica en el piso de arriba donde hace tantos años que el vecino dejó de ser un niño.

Despertador, dos horas poco remuneradas de clases particulares, vuelta a casa, ducha, bebida energética, Teoría de la Literatura, Gramática Histórica. Mente en blanco. Quevedo vs Góngora, Métrica Española, Literatura Comparada, música. Paseo de media hora con su perra. Puerta cerrada. Pestillos echados. Luz, luz, luz y luz. Sueño. Y vuelta a empezar.

El verano a veces da respiros, literalmente, lo cual se agradece, sobre todo para dormir. Y eso fue lo que ocurrió la cuarta noche. Menos vueltas en la cama y, por lo tanto, más descanso y menos tiempo para darle vueltas a todo lo que pasa por la cabeza, a lo que estaba por venir en cuestión de semanas, a lo que las noches de insomnio infunden.

Aquella, sin embargo, creyó soñar algo extraño: su perra ladraba a lo lejos, fuera de plano, como en otro lugar de la casa. Al cabo de unos segundos, decidía acercarse hacia el sonido para llegar a ella y calmarla, y, poco a poco, el ladrido se fue haciendo más intenso en su cabeza. Seguía sin verla, pero sabía que era ella, pues podría reconocer su ladrido entre mil perros diferentes. De repente, cayó en la cuenta de que no estaba soñando: su perra ladraba en la vida real. Estaba a su lado y con las patas delanteras apoyadas sobre el colchón, casi tocándolo. Pensó que se había quedado dormido, que su móvil no había sonado y que su buena amiga debía tener hambre. ¿O habrían llamado a la puerta? Ella sólo ladraba con esa intensidad cuando llamaban al timbre o cuando entraba en casa algún extraño. Fuera lo que fuese, se lamentó de haberse despertado de esa forma tan desagradable.

–Ya vale, Laika, ¿qué te pasa? –le dijo frotándose los ojos y alargando su brazo a tientas para acariciarle la cabeza.

Entonces se percató de que la luz de su habitación, extrañamente, estaba encendida. Pensó que podría habérsela dejado así sin querer. Podría, pero no estaba tan seguro de que aquello pudiera pasarle a él, que casi parecía tener un Trastorno Obsesivo Compulsivo de tanto como se aseguraba de que todo estuviese como debía estar, sobre todo estando solo como estaba. No se había entretenido en leer para coger el sueño. No lo recordaba, al menos, y no había ningún libro sobre la cama que hiciera indicar aquello. Mejor no pensarlo, se dijo, pero cuando apagó la luz de su habitación para volverse a dormir, se dio cuenta de que había otra encendida, concretamente la del pasillo, que era la siguiente en su casa. Su perra había dejado de ladrar para entonces. Parecía haber cumplido la misión de avisarlo de algo. Pero, ¿el qué? Volvió a encender la luz de su cuarto para sentirse más seguro y se asomó tímidamente al pasillo. Las puertas del resto de habitaciones, a las que se accedía desde el largo corredor, estaban correctamente cerradas, tal y como las había dejado el día que se fueron sus padres, y, pese a lo sorprendente de la situación –pues podía haberse dejado encendida la de su habitación sin darse cuenta, pero, ¿también esa? –, se percató de que la luz de la cocina, justo al otro extremo del pasillo, también lo estaba.

Ahí ya se asustó: aquello era imposible. Eran las tres de la mañana, sus padres no iban a volver de la playa de repente a esas horas, y, de hacerlo, lo habrían avisado para evitarle el susto o una situación incómoda.

Decidió, pues, coger su vieja raqueta de tenis y seguir el camino de luz que, desde su habitación, parecía indicarle por dónde ir.

–Mato al que sea –se decía mientras andaba lentamente intentando no hacer ruido.

Afinó el oído por si escuchaba cualquier cosa. Su perra se puso detrás de él, dejando su papel de protectora y mostrando así el miedo que también sentía. Cruzó el pasillo hasta la cocina, y, cuando llegó al umbral de la puerta vio que la luz de la entrada también estaba encendida. Se sintió paralizado, le pitaban los oídos de la presión del momento, y no oyó ni un ruido ni vio nada que no debiera estar ahí ni a nadie con quien matarse.

Unos interminables segundos después, retomó el control de su cuerpo y avanzó con paso decidido, aunque alerta, hacia la entrada. Una vez allí, volvió a sentir un miedo atroz sólo de pensar en girar la cabeza hacia la derecha, donde estaba el salón, por si también encontraba que las luces estaban encendidas. Pero no: el salón se encontraba en penumbra. Se acercó a la puerta de la calle y tocó los pestillos, que estaban perfectamente cerrados y apretados, como para asegurarse de que no era una alucinación hipnagógica o hipnopómpica.

Cuando sus dedos dejaron de hacer las pertinentes pruebas de seguridad, sintió bajar por la espalda un tremendo escalofrío al pensar que le estaba dando la espalda a toda su casa. Que, de haber alguien allí, podría estar justo detrás de él –al fondo de la cocina, en la puerta del pasillo, tal vez–, mirándolo fijamente –quién sabe si sonriéndole incluso–, y el momento de darse la vuelta se le hizo eterno, pues estaba seguro de que todo acabaría ahí, que no le daría tiempo a abrir la puerta y marcharse corriendo. Y cuando al fin terminó el giro de ciento ochenta grados, lo que vieron sus ojos fue todo tal y como debía estar. Nada revuelto, siquiera.

En un gesto contrario a la naturaleza humana del miedo, Ernesto apagó todas las luces y se encerró en su cuarto también con la luz apagada. El resto de la noche la pasó en vela intentando escuchar a ciegas cualquier ruido, buscando cualquier excusa para salir a liarse a raquetazos o, en definitiva, una razón para aquella situación de locos que le tocó vivir.

A la mañana siguiente, suspendió las clases que tenía que impartir, y en septiembre también suspendió todo por no presentarse.

Perdió todo. Hasta las luces.

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