Familia Rugani

Benito se echa a llorar de repente, y por fin, mientras prueba, al azar, posibles contraseñas para entrar en el ordenador de su hija. Si no sé ni su estatura, ni su peso, dice echándose las manos a la cara, cómo voy a saber esto. No es un decir, su hija ha desaparecido y necesita esa información para empezar a hacer los carteles. El peso, la estatura y la contraseña del único ordenador de la casa. Sólo una década antes, cuando su hija tenía cinco años, seguro que sabía exactamente todo aquello, pero entonces, ¿quién se iba a poner en un supuesto así? ¿Quién iba a saber que tenía que llevar la cuenta por si acaso ocurría eso?

María Dolores Martínez Vela – Desaparece el 4/3/2014 en Sevilla – Edad 15 años – 1’60 aprox. de estatura – 45 kg aprox. de peso – Viste pantalón vaquero, sudadera negra y zapatillas oscuras.

Esperanza, la madre, le pide el favor a la mejor amiga de su hija. En cinco minutos lo tiene hecho. Justo encima de la información, como si el asunto no fuera con ella misma, María Dolores sonríe en una foto extraña para su familia, pero no para sus amigos y conocidos en las Redes Sociales. Si no cojo esta, dice la amiga, cuando aparezca se enfada conmigo, es la que tiene puesta en todos sus perfiles.

Existe la posibilidad de que su hija aparezca por casa el domingo por la tarde. O incluso el lunes. Ni se imaginan la de casos que terminan así. ¿Tenía algún novio o un amigo especial? Ya sabe, alguien con quien pudiera haber salido de fiesta y con el que se haya podido entretener más de la cuenta. Las niñas desarrollan más rápido que los niños, por mucho que tenga la edad que tiene, ya es casi una mujer, no hay que subestimar eso. El agente de policía que recoge la denuncia apuñalada con cada palabra que suelta por la boca. Mi hija no es así, dice Esperanza al borde del grito, mi hija no es así. Ni siquiera ha dormido nunca fuera de casa. Nunca. Por Dios, que tiene quince años. ¡Quince! Pero señora, yo sólo hago mi trabajo, le contesta, estas son las preguntas que tengo que hacerles. Deben saber que para todo hay una primera vez, ustedes también han sido críos. No se preocupen que tenemos un protocolo especial para estos casos y voy a ponerlo en marcha de inmediato. Vayan a casa, hagan carteles con su foto y empapelen el barrio entero, la ciudad, si pueden. Y luego descansen. Sobre todo, descansen, y no se despeguen del teléfono.

Papá, lo siento, perdóname, soy tonta, no lo volveré a hacer. Nunca más, de verdad. Benito imagina que su hija entra en casa y le dice eso. Mira el reloj y se dice que ahora cuando den las en punto, bueno a y diez, a y diez escucharé la puerta del bloque y las llaves entrando en la cerradura. Bueno a y veinticinco. Seguro que a y veinticinco. A esa hora comprueba su teléfono móvil. Lo hace constantemente. Desbloquea y vuelve a bloquear. Desbloquea y entra en Ajustes – Opciones de pantalla – Reposo – 30 segundos – 45 segundos – 1 minuto – 2 minutos – 5 minutos – 10 minutos – Nunca. Y pulsa esa opción. Luego pulsa el botón lateral, el del sonido, y comprueba que sigue al máximo, que no se ha bajado solo. Esperanza, dice, Esperanza, bueno nada. No, dime. No, era una tontería. Esperanza no insiste, Benito no sabía si estaban al día con el seguro de los muertos.

Llega el lunes, pero no María Dolores. Llega todo el mundo, que ya se ha enterado. Los vecinos, los amigos, todos. Llegan los periodistas y el caso sale en la prensa, en los telediarios y en algunos programas de debate. Su foto da la vuelta al país. La gente siente mucho cuando ocurren estas cosas. Se llenan de buenos deseos para la familia afectada, y de cuidados para las suyas. Se habla en los bares, en las peluquerías, en los autobuses. Algunos taxistas, con hijas de la misma edad, pegan el cartel en las lunas laterales de los asientos traseros y comentan el caso con todo el que se sube. Nadie sabe nada.

Si al menos tuviésemos una pista de dónde está, de que está bien; o si le ha pasado algo, que alguien nos lo diga, sólo queremos descansar, dice Benito en un programa especial de una televisión local en el cuarto aniversario de la desaparición de su hija. Mira, dice Esperanza en el mismo programa, la habitación está tal y como estaba el día que se fue, con sus peluches en la cama, sus pósteres en las paredes. Salen imágenes de la casa entera, humilde, como ellos, y puede observarse que se ha convertido en un museo a la memoria de su hija. Las cámaras siguen al padre por el barrio. ¿Cómo es un día normal para ti, desde aquello?, le pregunta el reportero. ¿Normal?, dice asombrado, y explica cosas normales, pero que están muy lejos de ser las cosas que realmente suele hacer, porque normal, lo que se dice vida normal, dejó de ser una opción, una actitud, aquel viernes por la tarde. Lo que no cuenta es lo que suele hacer, en realidad. Ni siquiera se lo ha contado nunca a Esperanza, con quien apenas habla ya. Me voy, vale, hasta luego, eso se dicen el uno al otro todos los días. No le cuenta que huye de las calles del barrio porque no soporta las miradas de pena de la gente. No soporta las preguntas, ya hace tiempo que no. No puede soportar ser el centro de atención en el estanco o la panadería, no lo soporta. Tranquilo, Benito, tú tranquilo, que de esta salimos, le dicen. ¿Salir? ¿De dónde? ¿Quién eres? Pero Benito dice que ojalá, que muchas gracias. Las preguntas son mentales. No le cuenta a Esperanza que cuando huye se mete en el cementerio, ella no podría soportar eso, pero Benito necesita estar solo, pasear en silencio, y qué mejor que allí. No le cuenta –cómo iba a hacerlo– que desde hace un tiempo incluso pone flores a una tumba, una en concreto. Pensaría que se ha vuelto loco, pero él lo necesita. Benito pasea por el cementerio, qué bonito sitio para venir, aunque estés muerto, piensa, y lee lápidas, algunas de más de un siglo. Pasea por el cementerio y, un día, encuentra un panteón que le parece curioso. Familia Rugani, pone. Familia Rugani, se dice, ¿serán italianos? Se acerca, el panteón no parece antiguo, al contrario, como otros que hay cerca. Qué caro debe ser esto, se dice casi en la cancela. La luz entra, colorida, por una vidriera donde está representado el Sagrado Corazón de Jesús, y observa que, pese a que hay espacio para seis tumbas, sólo hay una lápida. No se habrán muerto aún, piensa, pero lee la inscripción: Gianluca Rugani – Monsoreto, Reggio Calabria 24/8/1893 – Sevilla 2/11/1974. Le extraña. Lleva más de cuarenta años muerto, ¿y su familia sigue viva? No hay flores en el pequeño altar de dentro, se le antoja imposible. Benito se va del cementerio ese día pensando en la familia Rugani. Si este hombre pagó esto, lo hizo pensando en su mujer y sus hijos. Pensando en seguir juntos, después de todo y para siempre. Como en vida, pero hasta el infinito. Morir es irse de casa para siempre, piensa, como mi María Dolores, aunque no lo sepamos todo. Benito se imagina como Gianluca Rugani, por eso decide ir a verlo cada día. A él le pone las flores, tiene que hablar con una tumba, por fin. Sabe que él lo entiende, Gianluca sabe lo que es la muerte, sabe qué se siente cuando lo dejas resuelto, cuando lo propicias absolutamente todo para ser feliz con los tuyos, en un sitio parecido a un hogar, con amor, pero no viene nadie, nunca, ni de visita.

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