Esto no es como la malaria

Y en esta habitación de aquí se encuentra una vieja amiga mía, psicóloga de profesión, que un día recibió una extraña visita. No puede verla nadie, se encuentra aislada, quizá para siempre. No se sabe qué es lo que tiene con exactitud. Bueno, sí. Se sabe que tiene esquizofrenia paranoide, pero me atrevería a decir que su caso es único en el mundo. De hecho, tanto es así, que hasta que no se hagan estudios a través de otros pacientes que tengan exactamente lo mismo, se comparen, y se obtengan resultados, lo mejor es no mantener, siquiera, contacto visual por si acaso. No se debe ni hablar con ella. Las comidas, como podéis ver, se la pasan por esa rendija de la puerta, junto al suelo, como en las prisiones de máxima seguridad, y esto, ya de por sí, es un riesgo demasiado grande. Estar aquí ahora también, de hecho. Y me dirán que, para una enfermedad mental como la que tiene, esto es absolutamente innecesario, pero ahora, mientras nos alejamos de su habitación, les iré contando y entenderán por qué todas estas medidas de prevención.

 

Una noche, recibí un correo electrónico suyo en el que me pedía ayuda como psiquiatra. Estimado amigo Ernesto Cabezas, empezaba diciendo. No era la primera vez. Igual que para algunas cosas la Policía Local avisa a la Guardia Civil, los psicólogos recurren a nosotros para que nos hagamos cargo de determinado tipo de situaciones. Me contaba, muy asustada, que llevaba unos días tratando a un extraño paciente llamado Fernando. Decía que, a principios de esa semana, acudió, como siempre, a la consulta de la Fundación Virgen de los Reyes, donde trataba a pacientes que no se podían permitir acudir a un psicólogo privado, o bien que no sabían si su caso precisaba de atención psicológica como tal. Muchas personas no acuden al psicólogo porque no saben si les pasa algo, y mucho menos al psiquiatra, qué os voy a contar. El mayor problema de cualquier persona es no saber asumir que tiene un problema que tratar, y entre que se deciden y no, acaban por desarrollar dolencias mentales graves. Pues bien, aquella mañana que llegó ella allí, estando en el despacho asignado, entró Fernando.

No lo vio llegar, ni fue avisada, porque allí no tienen a nadie que acompañe al paciente a donde tiene que ir, simplemente le indican desde recepción quién le va a atender y por dónde se llega. Según me dijo, ella estaba rellenando unos informes atrasados y sintió cómo alguien entraba y se colocaba junto a la ventana. Buenos días, dijo ella. Buenos días. Levantó la vista del escritorio y vio la silueta de aquella persona. Estaba a contraluz. ¿Me dice su nombre? Al principio le costaba oírlo. Le dijo que le daba mucha vergüenza hablar de lo que había pasado, que no le gustaba hablar con nadie que no fuera de su total confianza. Ella le dijo que lo entendía, pero que si no sabía por qué estaba allí, no podía empezar a ayudarlo. Se mantuvo callado unos minutos, y ella, mientras, hacía lo que hacemos todos cuando el paciente no colabora demasiado: pensar en otros, en los que sabes que están por venir ese día. En su caso, me dijo, pensaba en dos pacientes que tenía por la tarde en su consulta, un chico bulímico y una joven que intentó suicidarse hacía tiempo y que pensaba que volvía a las andadas según las últimas sesiones. Estaba bastante estresada, y hubiera querido faltar a su cita de por las mañanas en aquella asociación sin ánimo de lucro, pero su profesionalidad siempre había sido intachable, además de que le encantaba ayudar, sobre todo, a los más necesitados.

Mi mejor amigo ya no me ve, dijo, por fin, Fernando. Ella le preguntó que quién era su mejor amigo y si sabía por qué había ocurrido aquello, pero él volvió a sumirse en el más absoluto de los silencios. Al cabo de unos minutos, los que ella sabía que debía dejarle para que se fuese soltando, le preguntó si quería volver al día siguiente, a lo que él respondió que sí, marchándose de allí tal y como había venido, en silencio y sin hacer ningún ruido con sus pisadas. Pasó por al lado de la mesa y se esfumó rápidamente. Su día siguió según lo previsto, sin sobresaltos, intentando hacer su trabajo de manera diligente y volvió allí a primera hora de la mañana.

 

Amaneció nublado, me dijo, así que tuvo que encender la luz del despacho cuando llegó Fernando, pues tampoco podía verlo bien. Fue para nada, el chico se pasó la hora entera dándole la espalda, mirando por la ventana. Esta vez sí habló un poco más, guiado por ella, y se remontó al día en que su amigo y él se conocieron. Estaba yo en el recreo, dijo, y vi cómo unos chicos le tiraban el bocadillo al suelo y le pegaban varios puñetazos en el estómago. Cuando se levantó, aparecí ante él y le hablé. A partir de ese día, empezamos a ser amigos. Era un chico solitario, creo que yo era su único amigo, y poco a poco pasé de acompañarlo en los recreos, a ir con él hasta casa cuando acababan las clases, o a quedar por las tardes para hacer cualquier cosa como tirarles piedras a los patos del parque o ver a las niñas del voleibol mientras entrenaban, lo normal. Me contó que, en ese momento, volvió a callarse y acabó por irse de nuevo. Estaba intrigada, era un muchacho que no tendría ni dieciocho años, y quería ayudarlo de verdad. Se le veía angustiado por aquello que no terminaba de soltar.

 

Al día siguiente apareció de nuevo, como siempre, casi sin que ella se percatara, y aquel fue el primer día que vio sus facciones. Sólo me dijo eso, que le vio la cara, pero nunca me detalló qué aspecto tenía, cosa que, en realidad, yo no veía necesaria por entonces. Ese fue el día que me escribió, el día clave de todo. Empezó la sesión diciéndole que, si quería, podía contarle qué había pasado y así avanzar juntos para superarlo. El tal Fernando le dijo que el principio del fin llegó una tarde que los padres de su amigo tuvieron que salir para algo urgente y le dejaron a cargo de su hermana de dos años. Aparecí por su casa, como siempre, dijo, y lo convencí para ir a la tienda a comprar refrescos y patatas. Él no quería dejar a su hermana sola, más por miedo al castigo que a que le pasara algo, pero le dije que iba a ser un momento y que sus padres jamás se enterarían. El problema fue que, volviendo debimos entretenernos más de la cuenta porque vimos el coche de sus padres aparcado en la puerta. Lo castigaron sin salir de casa durante tres meses. Ella le preguntó si ese fue el motivo por el que dejaron de verse, pero él le dijo que no, que él aparecía en su casa siempre que le apetecía. Cada vez más. Yo me colaba por la ventana de su cuarto cuando él se suponía que estaba allí encerrado haciendo los deberes, y pasábamos las tardes haciendo de las nuestras, aunque fuera entre esas cuatro paredes. ¿Entonces? Bueno, continuó Fernando, digamos que el aburrimiento nos llevó a hacer ciertas gamberradas que no gustaron mucho a sus padres. Ellos sabían de mi existencia porque él les habló de mí desde el principio, eran unos padres muy preocupados por su hijo, pero, a partir del día en que dejamos sola a su hermana, no querían saber nada más de mí, pues pensaban que yo era una mala influencia. Ella le dijo que era una reacción normal, que los padres suelen actuar así porque no les importa tanto quiénes sean los amigos de sus hijos sino si hacen buenas acciones junto a él. Les preocupa que estudien, que no se metan en líos, y si al aparecer tú en su vida ocurrió todo lo contrario, era una reacción lógica. Ya lo sé, continuó, el problema es que yo también soy muy solitario. Me centro solamente en una persona y se lo entrego todo. Para ella, por fin, parecía que el problema latente salía a la luz. Parecía, porque Fernando le siguió contando lo que pasó. Una tarde que estábamos muy aburridos, mientras sus padres pensaban que él dormía la siesta, le dije que me apetecía hacer algo más atrevido. En los últimos días casi no habíamos hecho nada más que hablar y hablar, y él tuvo la idea de ir al mueble bar y coger una botella de ron. Me dijo que nunca había probado el alcohol, y que a su padre le encantaba beber todas las noches. Le había oído decir que cuando bebe se le olvidan todos los problemas, y él, en esos momentos, tenía muchos, pues no podía salir de casa nada más que para ir al colegio. Justo antes de la cena, su padre fue a echarse una copa, como de costumbre, y vio que le faltaba su botella, por lo que empezó a gritar desde abajo. Oímos cómo subía las escaleras y me escondí debajo de la cama. Cuando abrió la puerta se encontró a mi amigo completamente borracho, y le dio una paliza tremenda. No pude hacer nada más que oír los golpes que le propinaba. En cuanto lo sacó de la habitación, casi a rastras, desaparecí. Supongo, interrumpió ella, que fue ahí, ¿no? Fernando se echó las manos a la cara y asintió. Le pidieron explicaciones por todo y tuvo que contarles que me seguía viendo. Que cada día iba a su casa y que lo del alcohol fue idea mía, cosa que no era cierta. Cuando por fin lo mandaron a la cama, volví a aparecer, y fue cuando me contó que sus padres iban a ir al instituto al día siguiente para decirle al director que me prohibiera estar con él en clase o en el recreo. Y hasta hoy, ¿no?, le preguntó la doctora. Casi, dijo él. Cuando sus padres hablaron con el director, este no sabía nada de mí. Le preguntaron a su tutora y les dijo que en su clase no había ningún Fernando. Que a él siempre se le veía solo, en actitud extraña, y que la orientadora del instituto estaba observándolo y que quería reunirse con él. Todo esto me lo dijo el último día que lo vi. ¿Te colabas en el recreo del instituto, entonces?, le preguntó ella. Pero él siguió hablando. Ese mismo día, me contó que tenía cita con un tal doctor Cabezas, y a partir entonces, no ha vuelto a verme. Lo intenté, le juro que lo intenté, pero se acabó, por eso estoy aquí con usted.

 

Cuando me escribió el correo, me adjuntó, además, las grabaciones de cada sesión, por si me quedaba alguna duda. Me dijo que estaba aterrorizada, que cuando se dio cuenta de todo y fue a oírlas se quedó en shock. Por favor, ayúdame, dime que tú sí escuchas su voz, no sólo la mía. Esto no puede ser. Tengo miedo de que vuelva mañana, de que venga a mi casa conmigo en mi coche. Doctor, tú lo sabes igual que yo: esto no es como la malaria.

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