El primero que se suelte de las manos

Le faltaban cosas, pero lo más visible era que no tenía cabeza. Cuando encontraron su cuerpo, nadie podía imaginarse que se había ahorcado en aquellos árboles tan altos, pero ese es el final de la historia.

Los siseos, los ojos clavados en la nuca, el escalofrío absurdo, todo eso ya ocurría en el bosque. Que allí habitaba lo otro, lo más imposible, lo siempre temido, también se sabía de siempre. Aquel lugar, a todas horas oscuro, guardaba secretos que todos querían evitar, pero cuando empezó a extenderse el rumor de que estaba encantado de verdad, fue cuando apareció aquella niña en el lago.

Muchos decían haberla visto: una falda de cuadros rojos y blancos, una blusa amarilla, el pelo negro a la altura de los hombros. Daba igual el día y la hora, la estación del año. Siempre igual, siempre allí. Aquellos que cruzaban el bosque para ir a trabajar, los que mejor lo conocían de tanto atravesarlo, contaban que, por mucho que evitaran los caminos que conducían hasta el lago, siempre acababan allí. No podían explicarlo. Decían que la niña estaba siempre en el mismo punto exacto, los pies acariciando el agua y los ojos fijos en esta, que, desde que empezaron las apariciones, estaba teñida de negra. Unos decían que susurraba una cancioncilla triste, otros, que se peinaba el pelo con sus dedos mientras sonreía mirando hacia el agua oscura como si se viera reflejada en ella, pero en lo que todos coincidían era en que, nada más alejarse del lugar, comenzaban a ver animales extraños, híbridos entre aves y mamíferos, conejos con pico, zorros alados y cubiertos de plumas, y que tenían que echar a correr porque el único animal aparentemente correcto, el único del mundo que conocían, era un jabalí hembra de inmensos colmillos que parecía estar buscando a quien le había arrebatado sus crías.

Por eso, por el respeto que todos cogieron al bosque, nadie fue capaz de ir a buscar al pequeño Gregorio cuando desapareció. Sus padres quisieron organizar batidas, pero ni siquiera ellos solos se adentraron en su busca. Lo único que les quedó fue decirle a todo el que cada mañana lo cruzaba que, si veía a un niño solo y desorientado, hiciera el favor de traerlo hasta el pueblo. Durante un tiempo, aquellas personas advertidas pasaron muchas veces por debajo del cuerpo colgado de Gregorio, pero el miedo a la niña era tal, que nadie levantaba la barbilla del pecho hasta saberse a salvo.

Cuando aquellos padres dejaron de albergar esperanza alguna, fueron otros los niños que desaparecieron, todos al mismo tiempo. Tampoco nadie se atrevió a salir a buscarlos. Ni siquiera todos los padres juntos. Los siseos se multiplicaron, los ojos clavados en la nuca estaban, ahora también, por toda la espalda, y el escalofrío dejó de ser absurdo, pues todos sabían quiénes eran los que lo causaban.

El día antes de que apareciera el cuerpo sin cabeza de Gregorio, un hombre que volvía de atravesar el bosque, juraba y perjuraba haber visto a los niños desaparecidos. Contó que estaban como jugando, cogidos de las manos y dando vueltas alrededor de un árbol mientras cantaban una canción. ¿Oíste qué cantaban?, le preguntaron.

–Lo único que pude distinguir fue algo así como: el primero que se suelte de las manos será colgado del árbol, será colgado del árbol.

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