Cuerdas

Apenas recuerdo cómo es exactamente el color blanco. Ni siquiera lo veo en los ojos de nadie. Nada queda ya de los colores vivos que un día me enseñaron en la escuela: todo se ha oscurecido. He encontrado un bolígrafo al que apenas le queda tinta, pero por mucho que me esfuerce en escribir esto, dudo que haya demasiada gente que pueda leerlo, sobre todo cuando los que vamos quedando de mi generación se acaben muriendo. En fin, otra de las muchas batallas que perdimos.

Recuerdo, intangible, a mi padre, y a tantas frases que me decía, siempre con el valor justo, en un tiempo, no mejor que ahora porque recuerde que una vez fui joven, sino que de verdad era mejor. Sin más. Rescato aquella –hoy sería una broma que nadie entendería– que decía con frecuencia: Pocas cosas más extrañas y misteriosas hay en la vida que despertarse por culpa del silencio si te apagan el televisor. Cuando por alguna razón tenía miedo –una sombra malinterpretada por el efecto de una vela encendida en una habitación casi a oscuras, un ruido incierto en la noche–, me soltaba sonriendo esa frase que venía a decir que seguro que había una explicación lógica e inofensiva para no temer nada. Pensaba, iluso de mí, que algún día heredaría aquellas frases tan simples, pero a la vez tan certeras, y que se las acabaría diciendo a mis hijos. Pero poco antes de morir –ese sí que es el misterio más indiscernible–, la electricidad desapareció de nuestras vidas y, con ella, la posibilidad de usar aquel remedio para el miedo, el mayor mal que, quién iba a imaginarlo, nos acuciaría tanto en los años venideros.

Recuerdo un día, pasado el tiempo, en que mi hijo apareció en el salón de casa con un hilo de sangre brotando de su nariz. Decía que no se había golpeado con nada. Ay, cuánto me hubiese gustado explicárselo empezando por aquella frase tan bonita. Pocas cosas más extrañas y misteriosas hay en la vida que despertarse por culpa del silencio si te apagan el televisor. En vez de eso, intenté explicarle de la manera más aséptica posible por qué podía ocurrir aquello. Lo puse un rato boca arriba y, cuando se le pasó, se fue a jugar otra vez con la arena del patio.

Allí jugó durante algunos años más, hasta que cumplió los diez, la edad a la que el Consejo de Mayores obliga a los varones a incorporarse al duro trabajo del campo. Se puede decir, ahora de verdad, que la infancia dura lo que un estornudo, pero son las circunstancias, no podemos hacer nada al respecto.

En ese patio, algún tiempo más tarde, vi la primera cuerda. Como cada mañana, nada más despertar, salí al porche trasero a comprobar si había desparecido aquel olor perenne a almizcle que nos acompaña desde que yo era un adolescente. Sin embargo, lo que encontré fue algo demasiado extraño. Froté mis ojos, de los que nunca se va el picor, para ver si estaba soñando, pero estaba más que despierto. En mitad de mi patio, de la nada, pendía una cuerda gruesa a la que no se veía inicio. Caía, directamente, de manera limpia, desde las eternas y grises nubes que pueblan todo el cielo, y no pude más que sentarme al lado de ella a esperar que pasara algo. Al cabo de un rato aparecieron mi esposa y mi hijo, a los que no les di los buenos días siquiera porque no me dio tiempo, y me llenaron de preguntas incontestables hasta que se sumieron en un absoluto silencio de resignación. Lo mismo, y único, que yo llevaba haciendo desde que la vi ahí puesta. No era capaz de imaginar qué podía significar aquello, y apenas me esforcé por encontrar una respuesta, sobre todo porque tenía que vestirme para ir a trabajar, y allí, quién sabe, alguna mente más lúcida e imaginativa, si acaso quedara una sólo, seguro que diría algo mínimamente coherente al respecto, pues no habíamos sido, mi familia y yo, los únicos elegidos para tener cerca de nosotros una cuerda. Sólo con levantar la vista por encima de la valla de madera de mi patio, en cualquier dirección, se veía cada cien, doscientos, cuatrocientos metros, otra cuerda igual que colgaba del cielo sin explicación alguna.

Las tonterías que se oyeron durante los días siguientes a esta invasión fueron innumerables. La mayoría estuvo más o menos de acuerdo en afirmar que era como una pista que, quien quiera que estuviera en el cielo, nos enviaba para salvarnos. Una especie de guía hacia donde debíamos dirigirnos para salir de este mundo en obvia extinción, pero cómo saberlo. Tal era la desesperación, que algunas personas se lo tomaron en serio e incluso intentaron subir por ellas, cayendo irremisiblemente al suelo y matándose en el acto. A raíz de esto, oí contar a alguien que un joven muy fuerte llegó a alcanzar una altura de más de cien metros, pero a saber si eso fue verdad. Aun siéndolo, la historia terminaba con aquel chico reventando su cuerpo contra suelo, así que, qué más da que lo fuese.

Hubo más teorías, como por ejemplo la de que eran fruto de la naturaleza, un mecanismo de defensa que debíamos utilizar entre todos los que quedábamos en la tierra para parar el movimiento que la hace girar y así frenar la colisión inminente con algún planeta. En fin, más tonterías. Como nadie se puso de acuerdo, y el tiempo siguió pasando pese a ellas, cada uno hizo lo que creyó más conveniente al respecto.

Yo intenté ignorarlas pese a que tenía una en mi propio patio. Intentaba que no hablásemos en casa de ellas, no sé si porque en realidad me aterraba la idea de no saber, o porque aquello venía a desmentir la frase de mi padre que tanto me gustaba. Desmentirlo a él, al fin y al cabo. No quería pararme a pensar que, si bien la muerte de la electricidad conllevó el no volver a decirla nunca, la aparición de este misterio insondable venía a matar el recuerdo de mi padre, o más bien el deseo insatisfecho de estar a su altura para con mi hijo, con quien ya casi ni hablaba de nada por no tener ni qué decirle acerca de este mundo que le ha tocado sufrir. Me hubiese gustado tanto decirle algo coherente, algo que empezara con la frase de mi padre, de manera simpática, pero era imposible que la entendiera y no me tomara por un loco. Pese a que aún era biológicamente un jovencito, no estaba ya para cuentos del pasado maravilloso que vivió su padre. Él tenía que levantarse casi al alba, igual que yo, y soportar las duras tareas de un campo que sólo da pequeños tentempiés, si es que alguien recuerda aún qué era comer por las buenas y sin hambre, comer antes de comer y porque sí, y eso lo mantenía en un constante estado taciturno.

El tiempo siguió pasando de forma penosa, como si los días fueran una piedra a nuestra espalda, y las cuerdas siguieron ahí ondeando como fantasmas inciertos. La gente empezó a usarlas para todo tipo de fines. Buenos y malos, como siempre pasa con todo. Había quien colgaba las piezas que, con muchísima suerte, cazaban en los bosques de árboles muertos. Animales raquíticos y enfermos de a saber qué cosa. Las colgaban ahí para que se desangraran y aprovechar, entonces, toda la carne que aún no habían devorado los insectos. Otros contaban historias de gente que había aparecido atadas a ellas. Maltratados, violados y muertos de hambre y sed. Ajusticiados sin motivo, en algunos casos. Y no podía dejar de pensar que teníamos todo lo que nos merecíamos y que pronto, entre una cosa y otra, ya no quedaría nadie. La nota discordante al uso salvaje de esas cuerdas, cómo no, la pusieron los niños. Inventaron juegos con ellas, juegos impensables a estas alturas, juegos preciosos. Se ataban a ellas de la cintura para balancearse o se asían de las manos para coger impulso y ver quién llegaba más lejos después de soltarse. Los niños una vez fueron la esperanza del mundo, y con estos juegos parecía que aquello les fuese dado por la naturaleza. Estaban para eso, para la alegría, para disfrutar, para pensar en todo lo bueno que viene. Qué pena que mi hijo creciera tan rápido, que no aparecieran las cuerdas cuando aún podía dedicarse a inventar juegos. Habría sido todo tan diferente.

Pese a esto, que pudiera parecer tan bonito, las cuerdas fueron mucho más utilizadas para otra cosa. No había día que no apareciera alguien ahorcado con alguna de ellas. Iba al trabajo y alguien comentaba que otro había puesto fin a su vida a las afueras del pueblo, que cerca del bosque, y más allá, el panorama era desolador, lleno de cadáveres sin identificar y que nadie descuelga. Por lo visto, aquellos que deciden que ya han tenido suficiente, que ya han visto todo y que no tienen más ganas de trabajar, de respirar el polvo, de no tener qué echarse a la boca o a las de sus hijos, caminaban durante días, incluso semanas, para alejarse de sus casas lo máximo posible y no dar un disgusto más a sus familias. A veces, cuando se observa a alguien solo, a lo lejos, caminando lentamente hacia lo incierto, con lo peligroso que resulta eso hoy, la gente se codea y se dice: Ahí va otro buscando una cuerda.

Pocas cosas más extrañas y misteriosas hay en la vida que despertarse por culpa del silencio si te apagan el televisor, ¿no? Cómo me habría gustado poder decirle eso a mi hijo. Tal vez así, ya no podré saberlo, no hubiese tenido que soportar la pena de que me dijeran que lo vieron lejos, muy lejos, caminando solo hacia algún lugar donde nunca nadie podría reconocer su cadáver.

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