Breve reseña de un libro único

Hace diez años llegó a mis manos el libro que tengo ahora delante de mí. Mi amigo Julián, que regentaba una librería de viejo en el centro de la ciudad, se murió de pena cuando las nuevas tecnologías empezaron a devorar su sector sin ninguna compasión, y como no tenía familia, y yo era, además, su mejor y más fiel cliente, me legó todos y cada uno de los libros usados que atesoraba en su pequeño local. De la noche a la mañana, además de una inmensa tristeza, me dejó, para mí solo, más de mil quinientos volúmenes de toda clase y condición. Había libros infantiles de antes de que yo naciera, ediciones antiquísimas de clásicos españoles y extranjeros, amén de multitud de revistas hoy imposibles de encontrar en ninguna parte. Mi mujer no me echó de casa porque siempre ha dicho que soy un enfermo al que hay que cuidar. Y es verdad, sufro un mal menor que tiene hasta nombre: bibliofilia.

Hoy, una década después de que muriera mi querido amigo, aún no he sido capaz de hacer inventario, y, la verdad, no sé, a ciencia cierta, ni lo que tengo. “Miles de euros tienes ahí, Juanito”, me dice mi mujer cada vez que me lo pregunto, para mí mismo, en voz alta. Y la verdad es que no le falta razón. Pero a mí eso no me importa. Sé que es incalculable, y eso, para mí, es más que suficiente.

Una de las razones por las que no he podido clasificar toda mi biblioteca fue que me topé con un libro extrañísimo del que jamás había oído hablar. En la caja en donde lo encontré, había muchos libros de la misma colección, extrañísimos, que llamaron mi atención por encima de todo: Biblioteca de Visionarios Heterodoxos y Marginados. Este compendio de libros raros, por lo que he podido averiguar a través de los años, se editó entre la segunda mitad de la década de los setenta y la primera de los ochenta, y a pesar de lo llamativo de sus portadas y sus títulos, no gozaron de gran popularidad entonces. Hoy sí, hoy son una joya todos y cada uno de ellos, y los bibliófilos como yo los andan persiguiendo por internet o por viejas librerías como la que tenía mi Julián, al que le doy las gracias, donde quiera que esté, por tan inconmensurable regalo. Títulos como Defensa de la contemplación, de Miguel de Molinos, Santoral extravagante o La profecía, de Ana Martínez Arancón, Los cuervos de San Vicente, de Miguel José Hagerty, Los sueños de la razón, de Valentín de Foronda, o Del anticristo, de Ramón Alba, son algunos de ellos. Todos de temática bastante diversa, aunque subyace en ellos lo extraño, que es algo que los abarca y los recoge y que, por cierto, son bastante interesantes a mi juicio. Eso sí, para el público en general son un poco complicados, de difícil digestión y escaso entretenimiento. Se puede decir que son curiosos, pero no mucho más, no son recomendables.

El libro en cuestión, el que llamó mi atención, se llama La granja olvidada del leproso arcipreste de Alcalá de Guadaíra, de Fray Hernán de las Heras. Y tal vez porque era el que tenía el título más atractivo, el que prometía más, o porque la acción discurría en un pueblo cercano a Sevilla, de donde soy originario, decidí que tenía que empezarlo el primero, a ver qué tal.

Antes de empezarlo, cómo no, reparé en su siniestra portada. En ella, salen representadas una serie de criaturas, con atributos animalescos, alrededor de un Satanás con sonrisa malévola que parece dirigirlos como si de una orquesta se tratara. Nada revelador, pensé yo, así que empecé con la lectura.

El tal Fray Hernán de las Heras, además del narrador, es el protagonista de la historia, y, nada más comenzar, advierte de que no se trata de una historia inventada, sino el relato de lo que le aconteció en una parada, obligada por una tormenta de granizo, de camino a Santiponce, concretamente al monasterio de San Isidoro del Campo, desde el de San Bartolomé de Lupiana, en Guadalajara, donde hacía su vida monacal.

He de decir, llegados a este punto, que no he podido encontrar información alguna acerca del monje, y mucho menos del arcipreste, del que no se menciona su nombre en toda la obra. Consulté en su momento archivos históricos de Alcalá de Guadaíra, incluso, pero ni rastro de ningún arcipreste aquejado de lepra. ¿Sería una obra, en verdad, anónima y completamente inventada? Los datos, por cierto, de la localización son bastante vagos. “Una granja a las afueras del pueblo”, dice en el libro, pero, ¿dónde? ¿A cuánta distancia? Nunca lo sabremos.

El caso es que el monje iba a San Isidoro del Campo a instalarse allí. Hacía poco que su orden había ocupado el monasterio, que pertenecía a los cistercienses, e iba a ostentar el cargo de historiador del mismo. A pocos kilómetros de llegar, de la nada surgieron unas nubes grises que cubrieron el cielo y lo obligaron a refugiarse en el primer lugar que encontró. “Aquello, una vez tuve ocasión de presenciarlo, hubo de ser una señal de Dios, que con mis propios ojos quiso que lo viese”, dice en el libro. Golpeó con fuerza la puerta de madera varias veces, pero nadie le abrió. Insistió, según él, “con la idea de ocupar piadosamente aquel refugio de hallarse desamparado y sin moradores”. Dio la vuelta a toda la casa para ver por dónde podía entrar, pero las ventanas estaban tapadas con varios listones de madera cada una. Llamó una última vez. “Por caridad. Abran a este humilde siervo de Dios”, dijo, y por fin escuchó un ruido levísimo que provenía del interior. Tras un instante, alguien se dirigió a él. “¿Quién va?”, dijo una voz cascada. “Fray Hernán de las Heras. Hermano de la orden de San Jerónimo”, y la puerta se entreabrió ante él. A poca altura sobre el suelo, pudo ver media cara de lo que creyó que era un niño asomándose, y se dirigió a él tratándolo como tal. Se volvió a presentar y se abrió la puerta del todo, dejándole paso, y se vio en mitad de una estancia que estaba casi a oscuras. Del fondo surgió un hombre mayor, apoyado sobre un bastón, que se presentó como el arcipreste de Alcalá de Guadaíra en funciones, pues la diócesis estaba a punto de nombrar un sustituto debido a su enfermedad. “¿Qué tiene?”, le preguntó. “Menos mal que eres un hombre de Dios y conoces muchas oraciones, porque tengo la lepra, y si no rezas todo lo que sabes, que debería ser mucho, no creo que te salves de ser contagiado”. Fray Hernán de las Heras se asustó mucho, la lepra era un estigma, mucho más que hoy, pero el miedo se convirtió en terror cuando la vista se le hizo a aquella oscuridad.

Una vez leí una entrevista a un director de cine que se dedicaba a hacer películas de fantasmas y monstruos varios, al que le preguntaron la diferencia entre el miedo y el terror. “El miedo es lo que sientes cuando estás solo en casa y escuchas un ruido extraño que proviene de la cocina, y el terror es cuando vas a ver qué ha podido ser ese ruido y te encuentras que está llena de zombis”. Pues bien, eso, casi exactamente, es lo que sintió el monje en ese momento. “Aquella estancia sombría estaba llena de seres que parecían haber salido de las mismísimas calderas del infierno. Alrededor del que decía ser el arcipreste, había toda una caterva de monstruos que jamás había visto en mi vida, ni en mis peores pesadillas, y, cuando quise darme cuenta, ya era demasiado tarde para batirme en retirada, pues algunas de esas bestias estaban a mi espalda, curioseando, y taponando la única salida”.                                                  En ese momento, Fray Hernán de las Heras sufrió un desmayo repentino del que se repuso, según le dijo el arcipreste al volver en sí, dos días después. Le preguntó si, aquella estampa que presenció nada más llegar, había sido una alucinación fruto del cansancio, ya que se encontraba tumbado sobre el suelo de aquella misma estancia, pero no había nadie más allí. “Por aquí no suele venir nadie, ya te habrás dado cuenta del porqué”, le dijo el arcipreste, que se dispuso a explicarle qué era lo que había visto. “Estos son mis amigos –continuó–, yo los cuido, me hago cargo de ellos a cambio de que me echen una mano para con nuestra subsistencia. Aunque en breve dejaré de ser arcipreste, la llamada de Dios la sentí en su momento, y eso es para siempre, tú lo sabes bien, así que he convertido esta granja olvidada en un asilo para los que, como yo, son unos apestados”.

Fray Hernán de las Heras no podía pasar sus palabras por ningún filtro de delicadeza o mano izquierda, y se refirió a ellos, casi a gritos, como lo que le parecieron desde un principio: “Pero son monstruos, ¿no? ¿Cómo puedes vivir con monstruos?”                                                                                                                                                                                          En ese momento apareció uno de ellos con unos trapos y una olla con agua hirviendo, y el monje se tapó hasta los ojos con la manta que cubría su cuerpo. “No son monstruos, hermano. Son personas como tú y como yo, sólo que son un poco diferentes. ¿Acaso no lo somos todos?”

Una vez repuesto de la terrorífica impresión, como si de un perro que ve por primera vez a alguien que no es su dueño se tratara, Fray Hernán de las Heras va cogiendo confianza y perdiendo el miedo. El arcipreste va haciendo pasar a todos y cada uno de sus amigos diferentes para presentarlos, y ante el monje van surgiendo las extrañas figuras de lo que hace nada pensaba que eran seres infernales. Empieza ahí una parte preciosa del libro, pues poco a poco va cogiéndoles cariño, sabiendo más de todos ellos y de sus peculiaridades, y lo refleja todo en sus páginas.    Por ejemplo, aquel que le abrió la puerta y que creyó que era un niño no era tal. Tenía veintiséis años y sufría un tipo de enanismo peculiar. No tenía una cabeza descompensada con respecto al cuerpo como otros enanos que había visto anteriormente en ferias o pidiendo por las calles. Estaba perfectamente compensado, de ahí que pensara que se trataba de alguien de corta edad. Escribe, también, que “su voz parecía haber dejado de desarrollarse a la edad de tres años, pues tenía un timbre tan estridente como si de un niño se tratara”. El que apareció con la olla de agua caliente, y que tanto asustó al monje, por las características que este describió de él, padecía, probablemente, cretinismo, pero en aquel entonces no había nombre para aquella enfermedad. “Su lengua era muy gorda, debía de llenarle toda la boca, no podía recogerla por completo; el pelo de su cabeza crecía de manera muy frágil, su cráneo estaba abombado, y su cara, más pequeña de lo normal, tenía unas facciones tristes, con los párpados caídos, y no reflejaba, en absoluto, ningún atisbo de inteligencia”.

Fray Hernán de las Heras pasó de querer marcharse a toda prisa de aquel lugar, a quedarse durante semanas y retrasar su llegada al monasterio de Santiponce. Dice así: “Encontré en la granja un lugar maravilloso donde llevar a cabo la misión de ayudar a los más necesitados. ¿No es eso, a fin de cuentas, lo que querría el altísimo de mí? Ayudé en la siembra y la recogida de hortalizas, ordeñé a la vaca, recogí huevos del gallinero, cociné para todos ellos, y más que enseñar todo lo que sabía, aprendí grandes lecciones que jamás pensé que podía aprender”.                        También dice que contó historias al calor de la chimenea, que trató individualmente a todos ellos, mediando en pequeñas discusiones y haciéndolos reír a veces.                                                                                                                    Había allí, según sus palabras, “una persona doble, con cuatro brazos, cuatro piernas y dos cabezas, todo repetido, hasta la apariencia, que iban obligadamente juntos hasta a hacer de vientre”. También había un pequeño hombrecillo que “parecía una oruga”, pues no tenía brazos y, en vez de piernas, tenía dos pequeños muñones articulados con los que se movía a gran velocidad. Otro de los habitantes de la granja era un “gigante escuálido que no pesaba ni treinta kilos, era todo huesos”. Y, por último, al que más cariño cogió de todos ellos, que era “un hombre pájaro”, pues tenía una minúscula cabecita sin pelo y una nariz de pico que le hacía parecerse a un gorrión recién nacido. “No hablaba nunca, era el más tímido de todos, pero su inteligencia, a efectos prácticos, parecía superior a la de casi todos allí”. Con él, dice Fray Hernán de las Heras, era con quien pasaba más tiempo, puesto que “su silencio de monasterio” lo convertía en el más solitario de la granja.

Pasados los días, sin muchas aventuras, pero con muchas enseñanzas adquiridas, partió con gran pena hacia su destino. El arcipreste le preparó algo de comida para el camino y le entregó un cántaro lleno de agua, pues era casi verano y el calor ya se notaba hasta en el ánimo. “No vuelvas –le dijo al monje–. Tú has sido la única excepción en nuestra vida. Quien aquí viene no sale más de este humilde trozo de tierra, pues todos nosotros fuimos encomendados por Dios al olvido”.

Fray Hernán de las Heras se marchó para no volver, pero en alma, según dice en el capítulo final del libro, se quedó allí para siempre. Estas reflexiones nos dejan a este monje como uno de los primeros activistas por los derechos individuales de quienes, según él, “han nacido con capacidades diferentes”, por encima de cualquier circunstancia o condición, y deja por escrito, y a modo casi de manifiesto, una historia, además, de gran valor estético y moral. Valga la última frase del libro como ejemplo de todo esto: “Aquellos que juzgan a los demás como monstruos, sin aventurarse a conocer siquiera qué les pasa, sólo por su aspecto, son los que deberían ser tratados como tales, pues es en su interior donde se halla el verdadero valor de las personas”.

El problema de todo esto que aquí cuento es que es posible que nadie más que yo tenga este libro. No está en ninguna parte. Lo he buscado, personalmente y por internet, y no existe en ninguna librería. He consultado en bibliotecas importantes de toda España y en ninguna está. Nadie sabe nada de esto, ni de este hombre. Incluso, me personé en la Biblioteca Nacional, puesto que, de cada libro que se edita en España, deben enviarse allí dos ejemplares, obligatoriamente, para que quede constancia de su existencia, pero me dijeron que se encontraban perdidos los dos. Ni rastro. No existen más obras de Fray Hernán de las Heras, tampoco. Y aunque parezca que todo esto me lo estoy inventando, invito al lector a que concierte una cita conmigo si quiere ver con sus propios ojos el libro, pues, como comprenderá, debido a su valor, por ser el único que, a priori, existe, no me puedo arriesgar a sacarlo de mi casa. Queda a su juicio creerlo. Sirvan estas palabras para el recuerdo y homenaje, a la granja olvidada del arcipreste de Alcalá de Guadaíra, a Fray Hernán de las Heras y, sobre todo, a la enseñanza que destila su libro. De haber existido, claro.

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