Big

Hace unos años conocí a Pit Moor, un policía retirado de Nueva Jersey que venía todos los años de vacaciones a Formentera. Durante los meses del verano, este señor y yo éramos vecinos en un extremo solitario de la isla a donde no llegaban apenas los turistas. Yo iba allí a escribir tranquilo, y él a olvidarlo todo. La última vez que lo vi me dijo que nuestra amistad se había fraguado en la ausencia de preguntas, pues él no me atosigaba con que le contara qué estaba escribiendo ni yo le pregunté jamás qué era aquello que quería olvidar. Claro, amigo, le dije, si te pregunto por ello tendrías que recordarlo, y eso es lo que no quieres. Él me enseñó a pescar, yo le enseñé a cortar jamón, y juntos bebíamos cada noche hasta que se acababa la gasolina que alimentaba el motor que nos proporcionaba luz y agua caliente en las dos casitas pintorescas de aquel rincón del mediterráneo.

Una noche me dijo que su película favorita era Big. ¿La conoces?, me dijo. Claro que sí, me encanta esa película. Tom Hanks es uno de mis actores favoritos. Pues, ¿sabes qué? Esa película está basada en un hecho real. Venga ya, Pit, creo que has bebido demasiado. Se agarró la cruz de oro de la cadena que llevaba en el pecho y la besó. Te lo juro, esa puta película es una historia que pasó de verdad. La viví en primera persona, de hecho. Decidí darle una oportunidad para que se explicase, pues, a pesar de mostrarme radicalmente escéptico, me parecía que el relato al menos merecería la pena. Me has dicho que te encanta esa película, ¿no? No hace falta que te refresque la memoria, entonces. Aquí la suelen pasar mucho por televisión, gusta mucho en España.

Pensaba yo que la historia, de ser real, sólo podía ser en un único caso, y es que el protagonista, en lugar de tener doce años, tuviera dieciséis o diecisiete y estuviera muy desarrollado físicamente. Tanto, que pareciera un chico de veinticinco. Sólo así me explicaba yo que pudiera haber ocurrido algo parecido en la realidad, pero me equivocaba. La película no era ninguna exageración para hacer la historia más bonita, entrañable, mágica… Lo que pasó, según mi amigo Pit, fue lo que se ve en el film. O al menos, la parte más o menos agradable, porque, a partir del final de la película, la cosa se complica bastante. O sea, le interrumpí, ¿me estás diciendo que la máquina de Zoltar existe, o existió? Tengo por costumbre no reírme de ninguna historia que me cuentan, sobre todo porque me dedico a ello, pero en ese momento casi me parto de la risa. A Pit se le trababan ya las erres en la boca, parecían enganchadas entre sus dientes, y la historia era, sin más, imposible. Hay alguien, nadie lo ha visto nunca, me decía, que se dedica a ir a ferias de todo el mundo, sobre todo en poblaciones medianas, ni muy grandes, ni muy pequeñas, y coloca allí la máquina. Y, oye, a quien le ayude a ver realizados sus deseos, pues qué bien, ¿no?

Según Pit, la parte más fantasiosa de la película, la de una máquina con un genio de aspecto tenebroso en su interior que se dedicaba a hacer realidad cualquier deseo que le pidieras, era absolutamente real, por inverosímil, si no imposible, que pudiera parecer. De hecho, la parte de la historia que se cuenta en la película, es de la que menos constancia se tiene. Esa es la parte que contó la acusada, cuyo nombre en la película era el suyo real, Susan Lawrence. Lo demás se pudo constatar.

Mientras Pit iba a por otra botella de coñac y volvía torpemente hasta la parte trasera de mi casita, yo hice una recapitulación a partir de lo que recordaba de la película. Te ha costado llegar de nuevo, ¿no?, le dije a Pit, que se sentaba en su sitio y se echaba otra copa. Oye, Pit, ¿no te parece que la historia es un poco violenta? Pit soltó una carcajada. Pero si no sabes nada, amigo. Claro que lo es, pero sobre todo en la parte que no conoces de ella. Bueno, continué yo, me refiero a que estaba haciendo memoria, y la escena final, sobre todo cómo reacciona ella, es un poco extraña. Pienso que yo me sentiría horrorizado de saber que mi novia, que parece de mi edad, en realidad tiene doce años. Joder, Pit, que se acostó con él y no monta ningún drama cuando ya sabe que todo eso es verdad. No le entra nada por el cuerpo a pesar de que debe saber que ha cometido un delito, y de los graves.

En ese momento se apagó la luz. El motor de gasolina hizo un ruido al que estábamos más que acostumbrados, y, por un momento, nos quedamos en silencio. Pit se movió en su asiento, palpó sus bolsillos y sacó su mechero zippo, con el que encendió un cigarrillo y, de paso, la vela que había encima de la mesa, dispuesta para momentos como ese. No puedo fumar si no veo el humo, dijo. ¿Quieres que te siga contando? Hablas de un delito grave, pero no sabes hasta dónde llega la historia. Es que sé, a raíz de algunas noticias que nos llegan desde allí, que a veces se dan casos de profesoras de instituto que mantienen relaciones sexuales con algún alumno y que acaban en prisión, con condenas muy altas, por cierto. Ya, bueno, es que es una aberración, ¿aquí no pasa? Tiré de memoria, pero no recordaba un caso como el que le acababa de contar. Bueno, aquí es peor, aquí ocurre con profesores y alumnas. Me parece que es más desagradable, incluso, le dije. Esos asuntos tienen otro nombre, amigo, y allí también ocurren, cómo no. Pero volviendo a Susan Lawrence, que, por cierto, sigue en la cárcel a día de hoy, lo que pasó supera con creces cualquiera de esos que acabas de referir. Venga, pues no te hagas más de rogar, cuéntame qué coño pasó, estoy en ascuas.

En la escena final, supongo que la recuerdas, Josh camina cuesta abajo y de repente es un niño, ¿no? Susan se queda sonriendo en su coche. Es una sonrisa tierna que parece decir “oh, qué historia más entrañable acabo de vivir, ha sido bonito mientras duró”, o algo así. Y se acaba. Se escucha la voz de la madre de Josh gritando de alegría porque su hijito ha vuelto y Susan se marcha, sin más. Peliculón. Pues bien, en la vida real, Susan conduce de vuelta a la ciudad, pero no va a su casa. ¿Va a desayunar? Es temprano, ¿por qué no? Pues tampoco va a ninguna cafetería a tomarse un café mientras piensa en lo que acaba de pasar. Se va directamente al lugar donde esta Zoltar y pide un deseo. Supongo que sabes qué es lo que pide, ¿no?

Venga ya, Pit. Acepto que es una película y que, como tal, lo mágico puede suceder, pero no me vengas con eso. Es rizar el rizo demasiado. ¿Me quieres decir que, al día siguiente, ella se convierte en una niña? Será mejor que dejemos la charla para mañana, has bebido demasiado, ya.

Había una parte de mí que me decía que debía quedarme allí sentado. Pese a que la historia parecía un delirio de policía retirado, no dejaba de ser interesante, y la temperatura era agradabilísima, con el rugir de las olas rompiendo de fondo. Bueno, Pit, es suficiente, yo me voy a dormir. Mañana por la noche lo intentas de nuevo, si quieres, pero para entonces ya se te habrá olvidado todo, así que a ver qué te inventas.

Cogí mi vaso y me levanté de la silla. Pit miraba al infinito, a un punto indeterminado entre el mar y el cielo estrellado. Mañana me iré de aquí y no volveré nunca más. Estamos a mitad de agosto, Pit, ¿qué estás diciendo? Tengo que volver a casa, y el año que viene iré a otra parte del mundo a olvidarlo todo. ¿Qué dices, viejo? Yo venía aquí a olvidar, ¿recuerdas?

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