Alúa

Compraste todos los miedos y por eso estás aquí, frente al espejo, mirando tu rostro incrédulo. ¿Qué preguntas a estos ojos muertos? No puedes hacer nada al respecto más que esperar a que pase otra cosa similar y te acabes por volver loco. Y eso, en el mejor de los casos. Es lo que te queda. Vives solo desde hace ocho años, y sólo hablas con los repartidores de la compra, con el que te trae las pizzas o las hamburguesas, con el que viene a revisar el gas. Y ni siquiera puedes decir que hablas con ellos, pues intercambiáis poquísimas palabras, la mayoría de cortesía. Hola, buenas noches, gracias, adiós. ¿Qué más puedes hacer? Juras que tú no fuiste. Quisiste comerte esa lata de anchoas antes de acostarte, pero te dijiste que mejor no, que era la última y te apetecería comerla al día siguiente, a mediodía. Por la mañana, y ante tu absoluto asombro, esa lata estaba vacía, en el cubo de basura, chorreando aceite en el fondo de la bolsa de plástico que debía estar impoluta porque la bajaste, como siempre, de madrugada. Sabes que pudo ser un error, que, de las ganas (¿quién puede saberlo?), te despertaste sonámbulo y te la comiste alevosamente. Mejor no pensar en ello, ¿recuerdas? ¿Recuerdas que eso fue lo que te dijiste? Pero al día siguiente hubo otro error incomprensible, quizá mayor que aquel. Tú, que no recuerdas la última vez que te pasó lo que te encontraste en el váter, que probablemente tengas un trastorno obsesivo compulsivo (¿quién puede saberlo, si hace tantísimo que no vas al médico con tal de no encontrarte con nadie?), de repente te despiertas, vas al baño y la tapa está levantada. ¿Cuándo te pasó eso por última vez? Ni siquiera vivías aquí. Recuerda. Recuerda cómo apestaba a orina de viejo enfermo. Recuerda que viste esa orina. Recuerda su color anaranjado. Con la de litros de agua que bebes al día. ¿Cuándo fue la última vez que tu meado no fue transparente? Pero no hiciste nada al respecto. ¿Qué podías hacer? ¿Eh? ¿Qué? Tiraste de la cisterna y bajaste la tapa. La vida sigue, por muy deprimente que sea.

Luego hiciste lo de siempre, seguir tu rutina de enfermo. Eso es lo que eres. Si no, ¿cómo explicarlo? ¿Cómo explicarías a alguien ajeno a esta historia que, al día siguiente de que tu novia te dijera que estaba embarazada, la abandonaste sin decirle nada? ¿Cómo podrías explicar que te compraste un apartamento enfrente del que compartíais para ver cómo le iba la vida después de tu marcha? Ni siquiera sabes cómo se llama tu hijo, ni cómo es su voz, ni cómo aprendió a montar en bicicleta. Es tan absurdo, y a la vez tan triste, que no sé qué coño haces aquí parado frente al espejo. Corre, corre a la ventana. Coge los prismáticos y busca a tu hijo. Espíalo mientras juega con sus amigos a la pelota. Ya debe llevar un buen rato ahí abajo, en la plazoleta. Ah, y no olvides mirar de vez en cuando a la ventana de la que un día fue tu casa, vaya a ser que te pierdas a Lucía mientras hace la comida o está sentada frente al televisor o leyendo un libro que jamás podrás saber cuál es a no ser que lo deje, en la posición adecuada, sobre la mesita de la terraza. Eso es lo que llevas haciendo los últimos ocho años de tu vida. Te odias. Yo sé que te odias. Pero no por lo que hiciste o por el dolor que causaste, sino porque te resulta insoportable la idea de no controlar que algún día se muden a un lugar que nunca podrás saber. ¿Qué harás entonces? Ah, ya, prefieres no pensar ahora en ello. Piensa mejor en el episodio de esta noche. La tercera consecutiva en la que te pasa algo que escapa a tu comprensión. Tampoco quieres pensar en ello, yo lo sé, pero es inevitable. No recuerdas ya con qué soñaba, no hubo tiempo de pararse a recrear el sueño mentalmente. Te despertaste de golpe porque la puerta de tu casa se cerró de un portazo. Lo oíste perfectamente. Dudaste, pero no hubo más remedio que ir encendiendo las luces, una a una, hasta llegar a la entrada. No había nadie. El corazón estaba a punto de estallarte. ¿Habrá sido un sueño? Ya está. Eso te dijiste: ha sido un sueño. Los oídos te pitaban, la sangre recorría tus venas principales a gran velocidad, y cuando te convenciste de que había sido eso, una pesadilla, escuchaste, sobre tu cabeza, el sonido de las campanitas de la puerta titilando. Aún puedes oírlas en tu recuerdo. ¿Había alguien en casa? Lo peor es eso, que no. Revisaste todas las habitaciones, todos los armarios, y no había nadie ahí. Ojalá, ¿verdad? ¿Qué habrías hecho, en ese caso? Te lo digo yo: nada. Morir a manos del ladrón, si lo fuese. No podías hacer nada. ¿Montar un escándalo? Imposible. ¿Quién atiende a la llamada de auxilio de un fantasma?

En ese momento quisiste ser una persona de carne y hueso, con amigos como los que tenías hace ocho años. Hoy eso es imposible, ya hace mucho que te dieron por muerto. Ya está, asúmelo, no tienes nada más que tus rutinas, y acaban de desmoronarse por completo. Tienes que hacer algo. Parece que en tu casa hay un intruso que vive una vida paralela a la tuya, más real, si cabe, porque sale y entra cuando quiere, porque hace lo que le apetece sin preocuparse en manías absurdas de loco. Porque, seguramente, piensa que el intruso eres tú, y querrá aplastarte como si fueras una alúa que ha aparecido en su casa arrastrada por la resaca de las lluvias. ¿Acaso no te pareces a esos insectos? Piensa en tu vida entera. Lo único que tuviste ya no te pertenece, no eres más que nada. Una alúa que no tiene capacidad de influir en el mundo más que para dar repugnancia y ser aplastada. Corre, sal del cuarto de baño y vete a la ventana. Hazlo tú. No esperes a que vuelva quien vive aquí y te vea. Míralas, ahí están, pegadas al dorso del cristal. Ve con ellas, intenta volar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.