A esta es

A paso de mudá no hay azotea de la que me lluevan los pétalos, pensé esa madrugá, de aquella primavera, en la que la pasión volvió a rozarme los respiraderos de mi sagrado corazón. Tenía yo el ánimo vestido de esparto y ruan, y no había esperanza, siquiera, de marchas que levantaran vítores y ovaciones a mi paso por la carrera oficial. Iba en hora, como siempre. Llevaba en silencio, y a la vez, la cruz de guía y la de penitente, y era, además, el capataz de mi propio paso. Tuve, de repente, la sensación de que, a pocos metros de mi cortejo, había que pararse de manera obligatoria. El nerviosismo se apoderó de mí. Conforme me fui acercando, tramo a tramo, a la confluencia de la calle Cuna con Orfila, lo que en principio pensaba yo que sería una bulla, sin más, acabó siendo como si Pepe el perejil estuviera, ahí mismo, esperándome para cantarme una saeta. Eras tú, entre toda esa gente con vasos en la mano, mirándome fijamente desde antes de que me diera cuenta de tu santa presencia. Me santigüé mentalmente y fingí no haberte visto, pero te acercaste a mí a paso ligero, como si se hubiese puesto a llover de repente, y me dijiste unas cosas, usando unas palabras tan formales, que sentí que me estaban pidiendo la venia. Y fue entonces cuando tuve que quitarme mi uniforme de armao y dejarme llevar como si fuera el Cristo de la Caridad de Santa Marta, suspendido en el sudario de tantas noches de pesadilla acordándome de ti. A esta es, me dije, consciente de que era la última oportunidad que se nos presentaba. O acabábamos nuestra estación de penitencia en la Santa Iglesia Catedral, o nos quemábamos como se quemó la virgen del Patrocinio: no había más opciones.

–¿Qué has estado haciendo en este último año que no nos hemos visto ni de casualidad?

Que qué he estado haciendo, dice, pensé. Me hubiera encantado que supieras que el día que te fuiste empezó un quinario en el que toda la gente que me quería vino a mi casa a rezar por que llegara pronto el día en que saliera; que preparé cada mañana una misa y no consagré el vino antes de tomarlo y las hostias me las di en vez de comérmelas; que, cada vez que me arriaba con todo mi peso sobre la cama, no había cuadrilla de costaleros que fuera capaz de hacer una levantá conmigo; que cuando me acordaba de ti sentía como una lanzada en el pecho; que brotó sangre de mis muñecas, como si fueran estigmas; que subí las escaleras de mi casa, cada tarde, como si estuviera de camino al Gólgota, sabiendo que arriba me esperaba la cruz de volver a visualizar, en cada metro cuadrado, lo que no hacía tanto había sido el vivo reflejo de la pasión; que cambié el libro de reglas de mi vida, optando por el silencio en donde antes sonaban cornetas y tambores, y recogimiento en vez de festejo; que me froté tanto la frente, pensando qué pude hacer mal, que acabó por salirme una cruz de ceniza; que la paz fue contigo, pero conmigo fue la melancolía de los Domingos de Resurrección; que todo, absolutamente todo lo que se mecía como un palio, pasó a tambalearse. Pero en vez de eso te dije:

–Bueno, lo típico, no sé. Y tú, ¿qué? –pero, en realidad, no quería saberlo.

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